Manuel Pecino | Comerciante “Antes había más cariño, confianza y solidaridad entre la gente”

  • Manuel Pecino, el histórico comerciante gaditano, se jubila tras más de 60 años trabajando en el negocio familiar de frutos secos que comenzaron su abuela y su padre

Manuel Pecino en el puesto que ha regentado hasta hace unos días. Manuel Pecino en el puesto que ha regentado hasta hace unos días.

Manuel Pecino en el puesto que ha regentado hasta hace unos días. / Lourdes de Vicente

–Manuel Pecino, comerciante mítico de Cádiz, se jubila tras llevar toda la vida al frente de su puesto de frutos secos. ¿Cómo lleva este cambio?

–Lo llevo bien, tenía ganas de parar ya. Tengo 68 años y estaba muy cansado de pasar tantas horas allí, pero la vida fuera del puesto se ve rara, es completamente distinta. Ahora hay que adaptarse a lo que queda de pensión. No sé cómo será todo a partir de ahora.

–Pecino siempre ha sido un negocio familiar que lleva varias décadas en Cádiz. ¿Cómo fueron sus inicios?

–Primero fue mi abuela, luego mi padre y después yo. Mi abuela empezó con el estraperlo. Iba a Jerez en tren y compraba productos como carbón o pan que luego vendía aquí en Cádiz. Eso sería en la década de los años 30. Mi padre la acompañaba y en unos de esos viajes mi madre conoció a mi padre, se casaron y siguieron con el negocio.

–Entonces no siempre se han dedicado a los frutos secos.

–Aquí hemos vendido de todo: galletas, aceitunas, frutos secos, pavos vivos... Frente por frente de donde está el puesto se vendían antiguamente los pavos vivos. Las castañas no se vendían como ahora, en espuertas, si no en el suelo. Se daba la vuelta a los sacos para que no se cayeran, se ponían unas pilas para pesar y las cogíamos del suelo para pesarlas. Del estraperlo pasamos al fútbol, vendiendo frutos secos dentro del estadio.

Luego, en la Plaza de Abastos, mi padre no pudo coger un puesto de los nuevos y tuvimos que tirarnos a la carretera y dedicarnos al transporte con un camión que compró él a plazos. Íbamos a Sevilla, comprábamos fruta y frutos secos y lo vendíamos dentro del Mercado y fuera a los mayoristas.

También vendíamos de manera ambulante por Chiclana, San Fernando... Recuerdo que llenábamos el camión con aceitunas y para que viniera la gente le dábamos con un palo a la máquina de las aceitunas y empezábamos a gritar: “¡El de las aceitunas!” Y la gente nos rodeaba con sus latas para comprar aceitunas. Yo me he buscado la vida desde chico.

–Pecino siempre ha formado parte del paisaje de la Plaza.

–Sí, nuestra familia siempre ha estado en la Plaza. Pero hemos hecho otras muchas cosas. Vendíamos en el suelo enfrente de donde está ahora el negocio, pero el puesto siempre ha estado en el mismo lugar, solo que antes era más grande porque teníamos un almacén casi igual de grande que el puesto.

–¿Qué cambios ve usted en el ambiente que hay ahora en el Mercado y sus alrededores y el de hace 30 o 40 años?

–La Plaza ha cambiado bastante a menos, antes se vendía mucho más. El ambiente, la gente, no tiene nada que ver. Antes en Tosantos traías un camión entero de nueces y castañas con 500 o 1.000 kilos y se vendía. Ahora con 100 o 200 kilos, como mucho, sobraba.

Recuerdo que la persona a la que yo le compraba me mandó una vez un trailer con nueces y esa fue la letra más grande que he tenido en mi vida. En mi casa está aún: 3.500.000 millones de pesetas en nueces. Yo no había visto tres millones en mi vida y cuando mandó cobrar tuve que devolver la letra porque no tenía para pagarle. Luego vino y le pagué en mano, porque al final se vendía, por mucho que fuera.

Me acuerdo que tuve que guardar esas nueces en una nave de la Zona Franca. Me las trajo en agosto y las iba llevando poco a poco, hasta que se vendió todo.

–¿Y cómo eran las técnicas de venta?

–Se vendía chillando: ¡Las castañas, las nueces, señora! La gente venía y respondía, se vendía cinco o seis veces más que ahora. Era una época distinta. Antes cerraba el puesto solo con un toldo y no pasaba nada. Ahora hay que ponerle baraja y más cosas y, aún así, no estás tranquilo. Había más confianza, más cariño y solidaridad entre la gente. Hoy no te puedes fiar de nadie.

–Pero supongo que para ser buen vendedor hay que valer y hay que saber ganarse a la gente.

–A mí me conocen en todos lados, son muchos años de negocio. Yo salía del colegio con seis o siete años y me iba al puesto. Me fui a la mili, y como no tenía oficio ni beneficio más allá de vender en la Plaza, me saqué los carnés de conducir de primera y primera especial, aunque al final, gracias a Dios, no me hizo falta.Los de la Plaza somos buenos vendedores, pero no tenemos nada más.

Fíjate como era la cosa que cuando el dueño de El Faro cogía la barra en el Falla, me llamaba a mí y me pagaba más porque despachaba más rápido que cualquiera y vendía más que nadie.

–Imagino entonces que para sus clientes será raro acercarse al puesto y no verle allí.

–Tengo muchísimos clientes habituales que siguen viniendo y como yo me acerque al puesto, vende el doble. Los nuevos propietarios me han pedido dejar el nombre y yo les he dejado. Se van a aprovechar de mi fama (ríe).

Al final estableces una relación de cariño con tus clientes. Había un cliente que yo esperaba hasta última hora la noche de Reyes. Mis hijos hasta se peleaban conmigo, era un cliente que siempre venía tarde pero al que yo le guardaba todos los años las chucherías y las chocolatinas.

–Tosantos y Reyes serían las fechas en las que más se vendía.

–Así es, cuando más se vendía era en Tosantos, Navidad y Reyes. En los Reyes se hacía cola fuera del puesto. Mientras viva me acordaré de una anécdota y es que ahí nos daban las dos o tres de la madrugada trabajando. Un vecino de San Fernando fue a comprar los caramelos a los niños y no encontró nada abierto allí. El pobre hombre, agobiado, no sabía qué hacer y ya veía la que se le iba a venir encima, hasta que un amigo le dijo: “Vente conmigo que yo sé de un puesto en Cádiz que está abierto todavía”. Y así fue, llegó a la una de la mañana y se llevo para San Fernando las chucherías.

Antes en las fiestas teníamos tres o cuatro trabajadores más la familia que siempre venía a echar una mano. Era increíble, yo no me esperaba vender tanto. Ahora ponía menos de la mitad que antes y me sobraba.

–Entonces la bajada en las ventas para usted fue bastante notable. ¿Cuándo cree que comenzó?

–Desde que subieron el IVA y con el euro nos dieron un sablazo muy grande. Tu ibas a la Plaza con 5.000 pesetas y te sobraba. Ahora con 50 euros llenas medio canasto. Yo iba a cargar camiones enteros de melones y sandías a Mercasevilla, hasta tres veces al día, y se vendía todo. Un camión de melones, ¿quién tiene ahora dinero para comprar eso?

Yo antes abría a las siete de la mañana y ahora lo hacía a las diez y hasta pasadas las doce no vendía nada. Por la tarde la Plaza está nula, no viene nadie. Las ventas han bajado un 80% o 90%.

–¿Cómo le afectaron a usted las obras en el Mercado de Abastos?

–Fue la peor época para mi negocio, peor incluso que cuando se quemó el puesto. Lo poquito que había ahorrado me lo comí en la obra y la plaza provisional me perjudicó porque estaba arriba de la carpa y por mucho Pecino que fuera la gente no pasaba y no vendía ni para pagarle al trabajador. Me quedé sin dinero y tuve que hacerle un hipoteca al local, que aún estoy pagando.

–Esos incendios de su puesto crearon gran alarma entre los gaditanos.

–Dos veces se quemó. La primera fue en 1992, cuando se destruyó por completo, no pude salvar nada. Fue una ruina total porque no tenía seguro a todo riesgo, así que me quedé sin nada. Fue el año en el que Kinder empezó a comercializarse en España y yo invertí mucho dinero en esos productos, pero me quedé sin nada.Además, en el almacén tenía un montón de artículos que traía de Gibraltar, como los caramelos Werther’s y chocolates. Todo se quemó.

Nunca supimos a qué fue debido, pero solo un mes y pico después ya estábamos funcionando de nuevo. Recuerdo que la gente empezó a decir que nos iba a ayudar después del incendio, para que pudiéramos salir adelante, pero cuando fui a mirar la cuenta allí no había nada. El segundo fuego fue por un cortocircuito pero entonces ya nos indemnizó el seguro.

–Con una experiencia tan amplia, usted habrá sido un innovador en muchos aspectos de su negocio.

–Yo siempre he cuidado muchos mis artículos. Tenía el almacén y pagaba 300 euros de luz por el aire acondicionado y por una cámara, porque el fruto seco necesita que no le dé el calor para que se conserve y sepa igual. En el primer puesto los vecinos se quejaban del aire acondicionado que yo tenía para las nueces, porque se pican y salen gusanos si no están a la temperatura adecuada. Cuando empecé apenas se veían aires, pero uno aprende de los fallos.

–Y ahora, ¿qué va a hacer con su tiempo libre?

–Me voy a apuntar al Imserso, voy a empezar a viajar. Nunca he tenido un mes de vacaciones. Cuando trabajaba con mi padre le decía que me dejara los fines de semana libres, pero un mes no he tenido en mi vida. Mi mujer ha criado a mis tres hijos sola. Yo no sé lo que es llevarlos al colegio o ir a una reunión, ella lo llevaba todo para adelante.

–¿Y no le entra pena cuando pasa por el puesto?

–Paso todos los días, pero tengo ganas ya de descansar. Es mucha tela, 60 años sin parar, tengo 68 y creo que he trabajado bastante. Mi mujer se venía a veces con mi padre y conmigo en el coche cuando íbamos por mercancía para verme un ratito.

A veces no iba a casa ni para comer, me traían el almuerzo al puesto. La siesta no sabía lo que era, pero ahora sí, ahora me estoy aprovechando.

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