La fiebre que asoló Cádiz: los estragos de la epidemia de 1800
Historia
Fue uno de los peores brotes epidémicos que ha vivido la ciudad, con 50.000 casos y 10.000 muertos
Los gaditanos han estado acostumbrados a lidiar con epidemias a lo largo de los siglos. Durante la Edad Media y la Moderna hicieron frente a varios brotes de peste y múltiples enfermedades que diezmaron la población. No obstante, a lo largo del siglo XVIII, cuando la ciudad vivía su edad de oro por ser uno de los nodos comerciales más importante del mundo, estos males se fueron aminorando. Algunos episodios ocurrieron en 1705, 1730, 1733, 1744, 1753 y 1764. Desde entonces la ciudad vivió con relativa calma en lo que respecta a las epidemias, pero ese glorioso periodo que vivió Cádiz durante el Setecientos se comenzó a truncar en 1796. Aquel año España declaró la guerra a Gran Bretaña y automáticamente la Royal Navy tuvo como objetivo prioritario sitiar y bloquear toda la bahía gaditana. Los efectos fueron nefastos, pues, además del duro ataque de 1797, el tráfico comercial se vio muy limitado en los años siguientes.
Durante el verano y el otoño de 1800 explotó en Cádiz uno de los peores brotes epidémicos que ha vivido la ciudad. La fiebre amarilla –causante de temperaturas altas, escalofríos, cefalea, vómitos, ictericia e insuficiencia hepática– afectó a miles de gaditanos en apenas pocos días y, partir de ahí, el mal se propagó rápidamente a toda la Andalucía Baja, especialmente a Isla de León, Puerto Real, El Puerto de Santa María, Jerez de la Frontera y Sevilla. Los médicos de la época se esforzaron por recopilar datos y las cifras resultantes fueron escalofriantes. El número total de enfermos llegó a los 50.000, y de ellos fallecieron más de 10.000. Estas cifras eran muy significativas, pues teniendo en cuenta que el censo de 1797 contabilizó 71.000 habitantes en la urbe, y descontadas las 20.000 personas que huyeron, según indicaron algunas fuentes del concejo, significa que prácticamente toda la población contrajo este mal. El drama se agudizó aún más cuando se pudo comprobar que la fiebre se cebó especialmente con los jóvenes, sobre todo con los varones de entre 20 y 40 años –fue el grupo de edad que conformó la mitad de los fallecidos–.
La fiebre amarilla de 1800 asoló, paralizó y aterrorizó la ciudad de Cádiz. Todo comenzó en los primeros días de agosto en el barrio de Santa María, concretamente en la calle Sopranis, donde algunas familias declararon tener altas fiebres y malestar general. Una parte de los parientes fallecieron, pero apenas se dio importancia al asunto –en definitiva, por aquel entonces las enfermedades mostraban síntomas muy parecidos y no era sencillo localizar el mal–. Transcurridos unos días, y viendo que los casos comenzaban a propagarse, el miedo y el pánico se extendió por la ciudad. A mediados de mes la situación era caótica; aunque se prohibió salir de Cádiz, una gran parte de la población –especialmente las familias adineradas y poderosas– huyeron buscando un refugio en las casas de verano de Isla de León, Chiclana o Puerto Real.
El 18 de agosto, cuando el número de muertes se había multiplicado exponencialmente, se comprendió que la enfermedad era imparable. Ese mismo día el cabildo del ayuntamiento y la junta de Sanidad se reunieron de urgencia para buscar soluciones y proponer medidas de contención. Los teatros cerraron y las comedias y bailes fueron prohibidos; se decretó el vertido diario de agua desde las casas para limpiar el ambiente; las ventas ambulantes se limitaron; se hicieron hogueras de maderas aromáticas y se dieron cañonazos con pólvora, azufre y alquitrán “para purificar el aire”; las calles eran rociadas con vinagre para desinfectar; las misas se celebraban con las puertas abiertas para ventilar el aire; y se limpiaron en profundidad los muelles de la ciudad.
Durante todo agosto y la primera mitad de septiembre la incidencia siguió creciendo. Cuando se alcanzó el pico de la enfermedad, el número diario de fallecidos rozaba los 300. No obstante, a partir de entonces los casos comenzaron a disminuir y la enfermedad mostró signos de aminoramiento. A finales de diciembre de 1800 las autoridades declararon –con mucha prudencia– que la fiebre amarilla había sido extinguida en Cádiz, aunque el miedo siguió entre la población superviviente.
Más allá de los datos y la cronología, el drama de la enfermedad se vivió dentro de las familias. Los muertos nunca llegaron a tener un funeral y los cuerpos eran trasladados de noche a extramuros de la ciudad –a la altura de San José–, en donde se habilitó una fosa especial en la que se metieron todos los cuerpos a una profundidad mayor de lo habitual y fueron cubiertos de cal viva. Además, los bienes, ropas, muebles y demás enseres de los fallecidos debían quemarse en hoguera pública y proceder al cierre y cuarentena de los aposentos.
Las autoridades locales habilitaron boticas –lo que serían las actuales farmacias– en cada barrio, se repartieron limosnas extraordinarias entre los más pobres y se abrieron casas de comida para ofrecer caldos, guisos con carne y frutas frescas entre los enfermos. Los hospitales de la ciudad –el de Mujeres, el de Viudas, Fragela, San Juan de Dios y el Hospital Real– estaban repletos de moribundos que apenas tenían dinero para subsistir. Esto provocó que se abriera un hospital provisional en extramuros, donde se trasladaron los enfermos más graves y, de este modo, evitar que la fiebre se expandiera.
Además de intentar mitigar los efectos de la enfermedad, se hizo un enorme esfuerzo por controlar la psicosis colectiva a través de varias medidas de dudosa utilidad. Nada más empezar la epidemia se sacó en procesión a Jesús Nazareno, evento al que acudió la población en masa. El cabildo catedralicio hizo rogativas diarias, se multiplicaron las plegarias y los rezos e, incluso, se habilitó un servicio extraordinario de confesores y curas para administrar los sacramentos a todas aquellas familias que lo necesitaran urgentemente. Pero quizá la medida más significativa fue que el ayuntamiento prohibió las ‘campanas de muertos’, pues debido al alto número de fallecidos hubiera provocado un replicar ininterrumpido de los campanarios de la ciudad.
Durante aquellos meses tan duros, la ciudad estuvo totalmente paralizada. La huida de muchos funcionarios colapsó las oficinas de correos y el propio ayuntamiento apenas tenía empleados para dar respuesta a las necesidades más inmediatas. Además, el dinero líquido que por aquel entonces tenía la ciudad era mínimo, de modo que hubo que pedir a los vecinos más pudientes –los grandes comerciantes del Consulado– una donación extraordinaria. En el transcurso del brote se gastaron 11.340 reales de vellón en cal viva para descomponer los cadáveres, 40.963 en los empleados del cementerio, 48.649 en carros, enterradores y cargadores, así como 65.535 para médicos y boticas. La cuenta final ascendió a 296.523 reales de vellón.
A comienzos de 1801 los efectos de la fiebre amarilla ya eran residuales en Cádiz, pero las autoridades y los vecinos siguieron enormemente preocupados. Por desgracia, en los años siguientes la ciudad tuvo que hacer frente a varios brotes de esta misma fiebre –1804, 1811, 1813 y 1819–, tifus –1810– y viruela –1812–.
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