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Cádiz

Todos los días eran lunes

  • Giordano García fue durante cerca de 40 años vigía de la Torre Tavira, el último de este oficio

Sube de una tacada los 173 escalones que hay desde la planta baja hasta la azotea de la Torre Tavira. Habla sin parar durante todo el trayecto, mientras que los que le seguimos comenzamos a notar el mal de altura a partir del escalón número 100. Señala cada rincón y recuerda lo que había cuando él era el 'dueño' de la casa. Mira a su mujer que, a duras penas, asiente. Llega a la azotea y no le amilana la lluvia que va cayendo, cada vez con más intensidad. En una esquina estaba una pequeña caseta en la que se encerraba los días de más frío, recuerda, y que estuvo a punto de volar por los aires aquella jornada en el que un tornado hizo temblar la ciudad. Le pido que se haga ya las fotos, que nos estamos mojando.

Giordano tiene 81 años. Durante 36 años estuvo trabajando como vigía en la Torre Tavira. Fue el último de una 'profesión' que se extendió durante más de dos siglos. El último vigía. Invitado por Diario de Cádiz acude al edificio del número 10 de la calle de Marqués del Real Tesoro, que no pisaba desde hacía más de veinte años, cuando dejó, obligado, su trabajo de toda la vida. Ahora saluda a Belén González, gerente de la renovada Torre, convertida con éxito desde hace dos décadas en la Cámara Oscura.

Giordano no es italiano, aunque su nombre pueda llamar a equívoco. Nació en Sanlúcar de Barrameda en 1934. Fue su padrino el que se le antojó, y consiguió, que el niño se llamase Giordano Bruno, al que le siguen dos apellidos muy españoles, García Ibáñez. Su padre trabajaba en una bodega de la localidad aunque él, tras hacer el servicio militar en Sevilla y San Fernando, comenzó a trabajar en una panadería. Apenas unos años más tarde, y al quedarse sin empleo decide venirse a Cádiz donde, tras un corto periodo de tiempo con un contratista de obras, encuentra trabaja en la Torre Tavira, ese edificio alto que veía todos los días cuando salía de la casa de su hermana, donde reside, en la misma calle Del Real Tesoro.

La Torre Tavira, construida en la zona más alta del casco antiguo de la ciudad, servía de base para el vigía que debía notificar cada jornada la entrada y salida de barcos a los muelles y astilleros de la capital. Allí llegó gracias a su cuñado, que trabajaba para los Prácticos del puerto, encargados de la gestión de este servicio. No obstante, y eso lo descubrió tal vez demasiado tarde, su sueldo, muy reducido, corría a cargo de los consignatarios del muelle ya que le asignaron el turno de mañana. Allí permaneció 36 años... sin ningún tipo de contrato.

Que hacía el turno de mañana es un decir. Su turno era de sol a sol. "Llegaba a las siete de la mañana y allí estaba hasta las ocho o nueve de la noche. Pero en verano incluso había días en los que estaba unas horas antes en la Torre". Doce horas en los que no se movía, pendiente siempre de los barcos.

"A las ocho de la mañana me encargaba de dar el primer parte a la Comandancia. El día antes, me habían mandado toda la lista de los barcos que estaban previsto que llegasen al puerto, con todas sus horas, así como los que iban a salir. Más tarde, también se informaba del movimiento en la factoría de astilleros. A medida que llegaban yo los iba apuntando e informaba de ello telefónicamente. Aunque tuviese una hora de llegada, tenía que estar siempre atento porque el barco o lo mismo se adelantaba como que se podía retrasar. El trabajo de vigía era tranquilo, sí, pero a la vez era una tensión continua".

Utilizando un gran catalejo, que hoy se guarda en una vitrina en una de las plantas de la Torre Tavira, Giordano oteaba el horizonte en busca de un nuevo navío. También se apañaba con dos prismáticos, uno de 20x50 y otro de 7x50, ambos comprados por él mismo.

"Cuando divisaba el barco, llamaba a los prácticos. "Ya está entrado", les comunicaba. "De acuerdo, vamos para allá", me decían". También utilizaba la señalización mediante la bandera de la Torre. Toda la información la trasladaba a una libreta para después pasarlo a limpio en los históricos libros de registro de la Torre Tavira. Esta mecánica la mantuvo casi al final, harto ya de tanta burocracia.

Visto lo poco que cobraba y que a los compañeros del turno de noche sí se les hacía el correspondiente contrato laboral, Giordano intentó en varias ocasiones cambiar el horario. "Ya te pondremos", le decían, pero nada. Cuando se eliminó el puesto de vigía, había trabajado durante 36 años sin contrato. Se quedó en la calle. Aún se lamenta de ello su mujer, "lo dejaron tirado", comenta, y tuvo que buscar otros trabajos en el mercado de abastos y en el muelle para aguantar hasta su jubilación.

Lo cierto es que las condiciones de trabajo no hubiesen pasado hoy los más mínimos controles laborales. No solo tenía una jornada laboral de doce horas, sino que, por si fuera poco, tenía que trabajar los siete días a la semana. "Para mi todos los días eran lunes. Si quería tener una jornada libre o necesitaba alguna hora para un tema personal, tenía que pagar con mi dinero a un sustituto. Raramente veía a mi familia. Mis hijos tampoco venían mucho por aquí, sobre todo por cuestiones de seguridad. Sí estaban aquí en las Fiestas Típicas (como se denominaban los carnavales) para ver la cabalgata. Yo me asomaba a la ventana y miraba a mi mujer con los prismáticos y le silbaba. Lo cierto es que me conocía mejor la ciudad desde las alturas que cuando paseaba por las calles", comenta mientras su mujer sonríe.

Las largas jornadas, además del control de los barcos, las pasaba jugando a las cartas con los amigos que le visitaban. Comía allí con el costo que se traía de casa. "¡No sabes lo que eran esos domingos en los que no estaba prevista la entrada de ningún barco!, sobre todo en los últimos años cuando el muelle comenzó a quedarse casi vacío. Y como los domingos, los fines de años o la Semana Santa, aunque en este caso tenía un balcón privilegiado para ver las cofradías que pasaban por aquí".

También le gustaba observar la torre campanario del convento de Santa María, "la más bonita de todas", aunque tenía para elegir pues desde esta atalaya se ven todas las torres miradores de la ciudad y todas sus iglesias.

Con este ambiente, tal vez hasta agradecía Giordano los días de temporal, salvo cuando el tiempo picaba fuerte. "Recuerdo un día en el que llegaron a caer hasta dos rayos en el edificio. Empezó a tronar y hasta el teléfono echó candela. Intentaban llamarme para ver si me había pasado algo, pero la línea estaba quemada hasta la calle. O aquella jornada con un tornado incluido. Yo miraba por la venta a la Bahía y me fijaba cómo iba formándose una nube cada vez más negra y de pronto, saliendo del mar se veía un remolino. Esta ventana entera (señala) se partió y la caseta que estaba en la azotea estuvo a punto de salir volando".

El edificio, en todo caso, estaba en buenas condiciones, aunque desde 1778 se dedicaba a puesto de vigía de la ciudad. Durante su larga etapa en el mismo se arregló en alguna ocasión. En una de éstas, cuando se rehabilitaba para darle un uso ciudadano, se vio obligado a utilizar los andamios instalados para acceder a las plantas superiores ya que había eliminado las viejas escaleras.

Entre los amigos que eran habituales estaba el escritor Fernando Quiñones. "Aparecía por aquí todas las semanas, muchas veces acompañado por un grupo de amigos a los que le enseñaba la Torre. Se limitaba a mirar la ciudad desde las alturas", para después dejar plasmada su vivencia en su obra Vueltas sin fechas.

En los buenos tiempos del muelle, especialmente los años sesenta y setenta, la entrada y salida de los barcos era continua. "Había muchísimos barcos, hasta el punto que el puerto se quedaba pequeño. Había ocasiones en las que algunos buques tenían que esperar hueco en plena Bahía. Después, poco a poco se quedaron vacíos. Todo eso y la modernización de los sistemas de comunicación provocaron el final de este puesto. Cuando me fui, la cosa ya estaba fatal".

Le pregunto si echa de menos este trabajo o si, por el contrario, no aguanta ni ver los barcos en el muelle. "¡Acabé hartos de ellos!", y se ríe. Tanto que no había pisado la Torre Tavira desde que dejó su trabajo. "No sabía como había quedado, aunque seguía trabajando mientras que el Ayuntamiento la arreglaba (en tiempos del alcalde Carlos Díaz)". Aunque no le cansan los 173 escalones, pues en sus tiempos eran 70 "de maderas y más altos", también reconoce que al edificio le vendría bien contar con un ascensor para facilitar la subida.

Antes de marcharse Belén González Dorado le invita a una nueva visita, a él y a su familia, para poder ver con tranquilidad el funcionamiento de la Cámara Oscura.

Él apunta su invitación. Volverá entonces a "su" Torre.

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