Historias de Cádiz

El derribo del convento de Candelaria en Cádiz

  • Resolución del Ayuntamiento republicano de Cádiz presidido por Fermín Salvochea, en marzo de 1873

  • Plazo de 48 horas para que las monjas abandonaran el edificio religioso

Plaza de Candelaria a finales del siglo XIX cuando aún no tenía la estatua de Castelar en el centro.

Plaza de Candelaria a finales del siglo XIX cuando aún no tenía la estatua de Castelar en el centro. / Archivo

En marzo de 1873 la ciudad de Cádiz viviría unas tristes jornadas con la expulsión de las monjas del convento situado en la plaza de la Candelaria y el posterior derribo del edificio y la iglesia del mismo nombre. Un derribo completamente injustificado y producto de la incultura, el sectarismo y la política antirreligiosa emprendida por aquellos años.

El convento pertenecía a las agustinas calzadas y la iglesia era una de las más esbeltas y hermosas de nuestra ciudad. Ocupaban gran parte de la actual plaza de Candelaria, estando su puerta principal situada frente a la casa natal de Emilio Castelar. La tradición gaditana relataba que durante el saqueo de los ingleses la imagen de la Virgen que presidía dicho templo fue arrojada al fuego. Un vecino logró rescatar la imagen de las llamas y lanzarla a un cercano pozo para que no quedara destruida. Diez años más tarde, un chiquillo cayó al pozo y al ser rescatado relató que una hermosa señora le había sostenido para que no se ahogara. Los presentes bajaron al pozo y encontraron la imagen de la Virgen de la Candelaria en perfectas condiciones.

El 22 de marzo de 1873, recién proclamada la Primera República, Fermín Salvochea fue elegido alcalde de Cádiz. Tres días más tarde el Ayuntamiento ordenaba el derribo de la iglesia y convento de Candelaria, en el plazo improrrogable de 48 horas. Para ello se basaba en un informe del arquitecto que señalaba las malas condiciones del edificio.

El obispo de Cádiz, Fray Félix, estaba de visita pastoral en Algeciras y al frente de la diócesis se encontraba el gobernador eclesiástico, Sebastián Herrero, un sacerdote de enorme preparación jurídica y que años más tarde sería elegido cardenal. Herrero hizo ver al Ayuntamiento que el informe del arquitecto municipal solamente se refería a una pequeña parte del convento, cercana a la calle Santiago y completamente deshabitada. No obstante, el gobernador eclesiástico ofreció comenzar de inmediato las obras de reparación del edificio con los obreros que fueran necesarios e insistiendo en que la iglesia y la mayor parte del convento, como señalaba el arquitecto municipal, solamente necesitaban obras de mantenimiento.

Al día siguiente, cuando faltaban apenas unas horas para el desalojo, algunas señoras de la Junta de Damas y de la Asociación de Hijas de la Inmaculada decidieron acudir al domicilio de Fermín Salvochea, en la plaza de San Agustín 4, para pedirle que desistiera del derribo. Las señoras ofrecieron costear cualquier reparación que fuera necesaria para conservar Candelaria. Salvochea les hizo ver que la decisión era del Ayuntamiento y que solo esa Corporación podía dejar sin efecto la orden.

Estas señoras, seguidas por otras quinientas mujeres según la prensa local, marcharon en manifestación hacia el Ayuntamiento para pedir que se paralizara el derribo. Las manifestantes penetraron en las Casas Consistoriales, donde la confusión fue enorme. Finalmente se les comunicó que la decisión municipal del derribo era firme e inapelable. Las señoras abandonaron el Ayuntamiento dando voces de “Viva la Religión”.

En efecto, esa misma noche la Corporación confirmaba la orden de derribo del convento e iglesia de la Candelaria y así se comunicó al Obispado.

A las ocho y media de la mañana del día siguiente, 27 de marzo, tuvo lugar la celebración de la última misa en Candelaria. La iglesia estaba completamente llena de fieles, mientras cientos de curiosos aguardaban en las inmediaciones. A la una del mediodía se llevó a cabo el traslado del Santísimo a la cercana iglesia de las monjas de la Piedad, en la actual calle Montañés. De ello se encargó el capellán del convento, Bosichy, acompañado de numerosos sacerdotes y fieles de ambos sexos.

La salida de las monjas, 21 en total, estaba prevista para esa misma tarde, pero antes hubo una manifestación de mujeres de signo contrario a las del día anterior. Organizada por el círculo femenino Mariana Pineda y con banderas tricolor recorrieron las calles de Cádiz al grito de “Abajo los conventos”. La banda de música del Hospicio abría la manifestación. Las mujeres pasaron por Candelaria cantando el famoso “trágala” y gritando “Abajo Candelaria”. En el Ayuntamiento fueron recibidas por el alcalde, Fermín Salvochea, que se vio obligado a salir al balcón principal para saludar a las manifestantes.

Interior del convento de las Descalzas, en la calle Montañés. Interior del convento de las Descalzas, en la calle Montañés.

Interior del convento de las Descalzas, en la calle Montañés. / Jesús Marín

La salida de las monjas tuvo lugar a las nueve de la noche. En la puerta de la sacristía fueron colocados varios carruajes para distraer a los curiosos, mientras las religiosas salían a pie rodeadas de señoras piadosas para ocultarlas de la curiosidad pública. Fueron conducidas al cercano convento de las Descalzas e ingresadas en su Clausura. Aunque en principio iban a ser llevadas a un convento de su orden en Medina Sidonia, las 21 monjas de Candelaria fueron llevadas posteriormente a una casa de la actual calle Manuel Rancés, que les sirvió de convento.

El derribo de Candelaria comenzó de inmediato. Al quedar vacío hubo intentos de robos y saqueos, pero Salvochea ordenó cerrar todas las puertas y permitió que los objetos religiosos y de valor fueran trasladados a otras iglesias y conventos de nuestra ciudad. Las sepulturas de las monjas también fueron llevadas al cementerio del convento de las Descalzas.

El Viernes Santo de ese mismo año era derribada la cúpula de la iglesia y finalizaba el derribo. El solar serviría durante algunos años para acoger el Circo Teatro Gaditano, hasta que en 1884 el alcalde José Ramón de Santa Cruz urbanizó la plaza y la dotó de un espléndido jardín.

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