Coronavirus en Cádiz a través de los almacenes Coronavirus en Cádiz: La despensa del barrio

Joaquín y José Luis Chulián posan en el establecimiento Ultramarinos Sopranis con la estantería llena de productos.

Joaquín y José Luis Chulián posan en el establecimiento Ultramarinos Sopranis con la estantería llena de productos. / Jesús Marín

Hubo un momento en el que para comprar todo lo necesario para la despensa de la casa se iba a cualquiera de los almacenes del barrio. A unos se les llamaba almacenes, a otros ultramarinos y muchos cayeron bajo la generalidad del chicuco, denominación que tenían los cántabros que llegaban a Cádiz y que abrían este tipo de tiendas en las que algunos incluso vivían y dormían. Eran otros tiempos.

A principios de los 80 llegaron las grandes superficies y las cadenas de supermercados que de un plumazo se llevaron por delante un montón de almacenes. Eso cambió nuestra manera de consumir y, por lo tanto, en los barrios sólo sobrevivieron los que fueron capaces de adaptarse a los nuevos tiempos y ofrecer la gama de productos para el desavío con otros de calidad que fueran complicados de encontrar en los supermercados. Se convirtieron en los reyes del desavío, en el goteo de artículos para los que no merece la pena el desplazamiento. Muchos de ellos también lo hicieron poniendo una pequeña barra con la que servir a los parroquianos.

Daniel Rodríguez, empleado del Almacén Veedor. Daniel Rodríguez, empleado del Almacén Veedor.

Daniel Rodríguez, empleado del Almacén Veedor. / Jesús Marín

Después de sobrevivir a todo aquello, ahora a los almacenes les toca superar una prueba aún más dura, el coronavirus y la falta de clientes en la calle. Es una actividad de las llamadas esenciales por el Gobierno y, por eso, han de tener abiertos sus establecimientos de venta de productos al público, aunque todos han tenido que cerrar la parte que dedican al bar, que es ahora la que les reporta un mayor volumen de negocio.

“La gente no para de llevarse harina y repostería por un tubo”. Los hermanos Joaquín y José Chulián regentan desde hace 40 años el Ultramarinos Sopranis. Con esa frase resumen muchos de los memes que hemos recibido durante estas semanas de confinamiento sobre el engorde que va a tener una buena parte de la población: “Algunos no van a poder ni pasar por la puerta”, dice con arte José Luis.

En este establecimiento las estanterías están repletas de toda clase de artículos y en su escaparate tienen carteles con toda clase de productos, como los chicharrones, mientras que en la marquesina deja a las claras que es casi un supermercado en pequeñito porque ahí dentro se puede encontrar desde droguería y productos de limpieza, a congelados, licores y panadería entre otras muchas cosas. Un parroquiano fuera hace campaña de marketing y dice que en el Ultramarinos Sopranis puede encontrar de todo y mejor que en cualquier supermercado.

María Jesús Molero, propietaria de Alimentación Molero's. María Jesús Molero, propietaria de Alimentación Molero's.

María Jesús Molero, propietaria de Alimentación Molero's. / Jesús Marín

Lejos han quedado los tiempos en el que el barrio estaba la fabrica de tabacos, había un Piojito en La Merced o incluso se despachaban alimentos a los barcos del muelle. Pero han resistido y en este ejercicio hay una especie de heroicidad que sirve también para ser una parte de los que guardan la esencia del barrio.

Los hermanos Chulián despachan ahora protegidos, Joaquín con unos guantes y José Luis también con mascarilla. Una pequeña mesa impide el acceso al interior y desde fuera atienden a los clientes que les llegan. “En esta semanas hemos perdido en torno a un 50 o un 60% de las ventas”. La mayoría de lo que sacan es, además de los productos de repostería, “mucho pan y también congelados, La fiebre del papel higiénico sólo duró los primeros días. Es algo que no entendí por qué se produjo eso”.

A pesar de tener una barra de bar, los hermanos Chulián aseguran que el volumen del negocio está repartido por partes iguales. No obstante, reconocen que ahora es el sota, caballo y rey “porque al no poder entrar dentro, no se les puede antojar nada de lo que ven. Vienen a lo que van a comprar, se lo llevan y punto”.

José María Alba, tras el mostrador de Alimentación Dora. José María Alba, tras el mostrador de Alimentación Dora.

José María Alba, tras el mostrador de Alimentación Dora. / Jesús Marín

Reconocen que algún cliente de los habituales intentó los primeros días que se le sirviera en la barra del bar a modo clandestino, pero en eso han sido tajantes y se llevaron la negativa por respuesta.

Ahora aguantan el tirón con unas mañanas con algo de movimiento pero unas tardes “que son lamentables”.

Lejos de allí, en el barrio del Mentidero en la confluencia entre las calles Bendición de Dios y Enrique de las Marinas, Gabriel Aparicio despacha detrás del mostrador de Alimentación Dos Hermanos. En el suelo unas tiras de pegatinas amarillas indican la barrera hasta donde se puede acercar el cliente. Una mujer entra en una especie de trastienda donde tiene muchos artículos que se pueden coger.

Gabriel Aparicio, propietario de Alimentación Dos Hermanos. Gabriel Aparicio, propietario de Alimentación Dos Hermanos.

Gabriel Aparicio, propietario de Alimentación Dos Hermanos. / Jesús Marín

En este ejercicio de supervivencia Gabriel Aparicio recita de carrerilla el número de mayoristas por los que se desplaza hasta Jerez para conseguir los productos a un mejor precio para ser competitivo.

Aparicio asegura que está notando mucho la bajada de actividad en las calles: “Ahora no hay colegios y por aquí delante pasaban todos los días muchas personas”. Al igual que en Sopranis, está vendiendo mucha harina y levadura a lo que se une también todo tipo de pasatiempos como pipas y chucherías. “El chorreo sigue entrando”.Los almaceneros son hombres de frases lapidarias. Los periodistas que entramos en el establecimiento miramos el lugar donde tiene todos los productos de limpieza y droguería y Gabriel Aparicio lo dice claro: “El Mercadona tiene las estanterías vacías pero yo no”, a modo de reclamo publicitario.

Desde el año 1956 está abierto este establecimiento y él es la segunda generación que lo lleva adelante. Si hay algo que ha caracterizado de toda la vida a los almacenes es el fiado. Antiguamente había muchas familias que se iban llevando los productos a casa sin pagar nada y cuando llegaba el primer día del mes y se recibía el sueldo en casa, se liquidaba todo. En la tienda hay un cartel bien visible que dice que no se fía, pero Aparicio enseña una lista en un papel con muchos números escritos a boli de la gente que debe: “Pero sólo fío a la gente que es cliente habitual”. Los que no son de confianza, “cuando llega la hora de pagar evitan pasar por aquí”. Bromea que “la gente va al Día, pero cuando ya no tiene dinero, viene aquí”. A mal tiempo, buena cara.

Daniel Rodríguez es empleado de Alimentación Veedor. Uniformado y con unos guantes está detrás del mostrador de un establecimiento que supo adaptarse a los tiempos pero en el que el bar fue ganándole poco a poco la partida al almacén. Rodríguez charla escoltado por varias patas de jamones y paletillas, una de las señas de identidad de este establecimiento.

Porque la gente vive confinada pero de vez en cuando trata de evadirse pegándose un buen homenaje gastronómico. Rodríguez afirma que, en mucha menor medida, pero el jamón sigue teniendo salida. Aún así, el nivel de negocio ha descendido una barbaridad. Como muestra, se ve que en un establecimiento que desde que abriera sus puertas en 1976 siempre ha tenido varios empleados, ahora para atender lo que llega sólo está el propio Daniel Rodríguez.

Uno de los que han notado más el cierre de la parte del bar es Alimentación Molero’s, que al bar que ha tenido toda la vida, se le ha unido una terraza en la plaza de San Agustín desde hace algunos años. Una de sus propietarias, María José Molero, afirma que “el bar ya era la mayor fuente de ingresos porque el almacén ha quedado sobre todo para el desavío”. Por ello estas semanas no han sido nada fáciles y están planteando hacer un Erte.

Por el sitio en el que está también se convertía en el punto de desayuno para algunas oficinas cercanas “pero ahora no le podemos ni llevar el café”. Así que ahora mismo lo que vende sobre todo son bebidas y pan.

Entre las calles Desamparados y Puerto Chico se encuentra la tradicional Alimentación Dora, que ahora regenta José María Alba. También con la parte del bar cerrada, asegura que ha perdido un 60% de las ventas desde que está el estado de alarma “porque no hay afluencia de público por las calles”.

Alba afirma que los fines de semana repuntan algo las ventas y añade que lo que sí está notando en los mayoristas es que empiezan a escasear los productos desinfectantes. De momento a todos les toca aguantar el tirón una vez más.

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