Las coplas de febrero se pusieron el bañador
uEl Carnaval de Verano regresó con éxito a unas calles repletas de turistas con gran impacto en la hostelería
Anoche en Cádiz había público para todo. Para el Carranza y el castillo de San Sebastián. Para La Candelaria y El Pópulo. Y para las coplas, también. Ambientazo en el centro de la ciudad con muchos turistas nacionales disfrutando del Carnaval de Verano. Los bares, llenos. La temperatura, ideal. Qué más se puede pedir.
Más allá de las diez cantaban los primeros grupos. Fuera de El Pópulo, pues el viejo barrio estaba ocupado por el Mercado Andalusí. Ante el Ayuntamiento, 'Las primas canallas de la jueza Alaya', con sus tipos tuneados, lucían más fresquitas que en febrero. "Más bien las primas canalla se van a la playa", decía una de ellas. Adaptación a agosto: llevaban una nevera de corcho. Habían actualizado una letra para hacer referencia al alcalde, El Kichi. Muy cerca, frente a la confitería de El Pópulo, actuaba la Antología del Tormento. El público coreaba "cuando domine el mundo voy a poner en la presidencia, a la Cristina Pedroche que es un ejemplo de transparencia". El liviano traje de la voluminosa presentadora tenía más sentido ayer que el 31 de diciembre frente a la Puerta del Sol. Por los aledaños se dejaban ver los componentes de la chirigota de la peña Mencantajeré. Ante el edificio Amaya se preparaba la antología de los 'reverdes', que este año fueron 'El pequeño Nicolás y sus dos seguridad'.
Ya en la calle Ruiz de Bustamante, tres componentes de la antología juvenil 'Una docena de dulces', de Carlitos Pérez, afinaban sus voces. "Hemos tirado los tres palante. Los demás no podían venir", apuntaba uno de ellos. Se hacían llamar 'Los tres de Cristiano Silvano'. En la calle Cristóbal Colón estaba el grupo de Manolín Gálvez con sus coplas de siempre. Contentos por la "buena respuesta" del público se encontraban ante la oficina del BBVA, en la calle San Francisco, los componentes de 'Los Kim Jong Ke', en una versión gaditana del dictador norcoreano. Pocos metros más allá, en la plaza de San Agustín, su cuartel general, comenzaba a cantar, poco antes de las once, una de las chirigotas referentes del carnaval callejero. Antonio Alonso explicaba el porqué del tipo, el último que sacaron a la calle en 2014 -este año descansaron-, 'Son de Guatifó'. Suavito, como mandan los cánones, se presentaban los músicos de una isla donde se vive feliz. "Si queréis venir, venéis", invitaban con ritmo. Volverán en 2016 con 'Guatifakis. ¡Qué tragedia, Helena!'.
Las coplas llegaban hasta Sacramento casi en la esquina con Columela. Y el atasco se producía en la calle Compañía, donde era casi imposible pasar entre los puestos de top-manta y las agrupaciones que allí actuaban. Entre ellas la chirigota de Puerto Real 'Los Peñafieles', justo enfrente de la cuchillería de Serafín. Más adelante, en la puerta de la zapatería Payma, otra antología. En este caso la del cuarteto de Miguel Ángel Real, que recordaban cuplés de 'Los Eureka', entre ellos uno dedicado a la ligera ropa de las chicas, incluyendo el tanga.
A diferencia de hace tres años, en la última edición del Carnaval de Verano antes de exiliarse a tierras puertoreraleñas, en la plaza de la Catedral, debido a los numerosos puestos del Mercado Andalusí, era casi imposible cantar. Sólo encontró su hueco la Antología de Los Moñys, presta a interpretar, delante del Bar Terraza, un pasodoble de la chirigota 'Los arañitas'.
Las primas de la jueza Alaya habían dejado, al filo de las once y media, su hueco al grupo de El Canijo. No podía ser más actual su tipo: 'Los ahumaos de El Faro'. Cocineros con la cara tiznada tras el incendio acaecido el jueves en el afamado restaurante. A esa hora cantaban cuplés de su chirigota de este año, 'Los clásicos del teatro'. El público les acompañaba en el "hay que meterla", después de reírse con una historia de un palo de selfie.
Antes de la medianoche había agrupaciones sin arrancar. Tenían tiempo. Hasta las cuatro de la madrugada podían estar abiertos los bares. Era fiesta local. Una gran fiesta. El Carnaval callejero vivía así un dulce regreso del exilio.
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