Las claves de una serenidad
Perfiles
Constante, paciente, discreta y creyente, sabe enfrentarse con las inevitables dificultades sin dejarse vencer por el miedo o la pereza
PARA interpretar con exactitud las calidades humanas y las destrezas clínicas de la doctora Amparo Mogollo no necesitamos disponer de un tiempo excesivamente dilatado ni siquiera examinar con detención sus tareas profesionales. Si adoptamos la distancia justa y la perspectiva adecuada, llegamos a la conclusión de que es una mujer sensible que guarda con discreción muchos de sus valores, preserva con firmeza su vida privada y defiende con fortaleza sus profundas convicciones. Si, además, nos acercamos y le prestamos atención, percibiremos fácilmente la intensidad de los mensajes que transmite con su aguda mirada y con su expresión levemente sorprendida. Es detallista, tierna y sincera con ella misma y con los demás.
Pero es en el fondo de su conciencia donde ella alimenta sus ilusiones de vivir, donde perfila con detalle sus proyectos, donde pelea con tenacidad para lograr alcanzar sus metas familiares y para desarrollar sus tareas profesionales. Entregada a sus delicados quehaceres cotidianos de la atención de los pacientes, ella está abierta al futuro y afronta la vida como una aventura intelectual, como un compromiso humano y como un servicio generoso que, día a día, va llenando de contenidos nuevos. Amparo, luchadora de la vida, es una mujer inteligente que está convencida de que el camino biográfico ha de trazarlo cada uno; está persuadida de que la senda del bienestar personal no nos la pueden abrir los demás, sino que hemos de roturarla y recorrerla personalmente palmo a palmo.
Huyendo de la fácil complacencia, se ha centrado en los núcleos radicales de la existencia humana: en el amor, en la reflexión, en el trabajo y en el servicio. Inquieta y esforzada, va en contra del rutinario conformismo. Clara y enemiga de las ambigüedades, defiende su verdad y su libertad. Constante, paciente, discreta y creyente, es una mujer de fidelidades, que sabe enfrentarse con las inevitables dificultades, sin dejarse vencer por el miedo o por la pereza, por las presiones o por los vetos.
Es posible que aquí radique su decisión de entregarse a la especialidad de los cuidados paliativos, una profesión que tiene como fin atenuar los dolores del cuerpo, mitigar los sufrimientos del espíritu de los enfermos terminales y suavizar las angustiosos interrogantes de las familias que los acompañan.
Sus palabras, quedas y recatadas, constituyen unos apuntes de esa vida que ella ha ido construyendo tras sumergirse en sí misma y tras confiar en las personas que, de verdad, la respetan y la quieren. Gracias a su constancia, a su tenacidad y a su paciencia, ha sido capaz de recorrer los empinados caminos profesionales que le han conducido a su libertad y a su bienestar, sin necesidad de acudir a los halagos hipócritas y vacíos. Por eso ha seguido creciendo con naturalidad, con calma y con seriedad, al ritmo de sus aspiraciones personales, de las exigencias familiares y de los retos profesionales.
Ahí reside, a mi juicio, la clave de esa serenidad que irradia y que tan extraña nos resulta en un mundo de competitividad -más que de competencia-, de ambiciones -más que aspiraciones- de polémicas -más que de debates-. Por eso ella, quizás, se siente tan a gusto desarrollando su trabajo y, por eso, disfruta tan intensamente cuando, aplicando los remedios técnicos y humanos, logra serenar los ánimos y abrir ventanas de esperanza.
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