1939: apoteósica despedida en Cádiz a 40.000 voluntarios italianos
Los soldados enviados por la Italia fascista para luchar junto a Franco fueron repatriados desde la ciudad hace ahora 80 años, recién acabada la Guerra Civil, en diez trasatlánticos
¡Gaditanos! Esta tarde partirán los “heroicos legionarios” italianos que han combatido “contra el marxismo enemigo de la civilización”. Desde las primeras páginas de la prensa, el alcalde de Cádiz, Juan de Dios Molina, llamaba a la población a despedirlos. “¡Que todo el mundo en un solo sentimiento de gratitud esté presente en los muelles! Que todo el comercio, la industria y todas las actividades cesen en las horas de la tarde para contribuir al merecido homenaje”.
Era el 31 de mayo de 1939. Únicamente habían transcurrido dos meses desde el fin de la guerra, que para los vencedores aún no era la Guerra Civil “entre hermanos”, como llegaron a decir después, sino la Guerra de Liberación, una “sagrada empresa redentora” que había sido “útil” e “indispensable” para salvar a España. La ciudad de Cádiz vestía de gala, cuentan las crónicas. Unos 40.000 soldados enviados por la Italia fascista retornaban a su país tras combatir junto a los sublevados contra la República. A todo lo largo del muelle lucían emblemas de la Falange y del Fascio italiano. En los muros de la Fábrica de Tabacos, un monumental escudo imperial; y cubriendo toda la fachada, en grandes letras: Duce y Franco.
La llamada del alcalde tuvo el éxito esperado. El público acudió en oleadas a los muelles. A la capital llegaron numerosas familias forasteras para gozar del inenarrable espectáculo. Atronadores vítores a Franco, al Duce, a España y a Italia interrumpieron los discursos del ministro Serrano Suñer y del general Queipo de Llano. Ni en sus peores pesadillas pudo atisbar entonces Juan de Dios Molina que 80 años después, cuando fuese recordado aquel acontecimiento, la ciudad tendría un alcalde que celebraba con el puño en alto su victoria en unas elecciones municipales. Agradecida a Mussolini y a Hitler, la dictadura franquista echaba a andar y el regreso de la democracia quedaba demasiado lejos; en 1939 era un horizonte impensable.
Los soldados voluntarios italianos habían comenzado a llegar días antes a la provincia de Cádiz. El 27 de mayo ya estaban concentrados en El Puerto de Santa María, en San Fernando y en Puerto Real. Unos doscientos oficiales se alojaban en el hotel Playa y en algunas casas de la capital ofrecidas por vecinos que respondieron a un llamamiento del alcalde. La prensa informaba sobre otro adiós apoteósico: en Vigo, la multitud vitoreaba a Franco y a Hitler al despedir a los soldados alemanes de la Legión Cóndor.
Los barcos italianos comenzaron a llegar al puerto el domingo, 28 de mayo. Eran nueve trasatlánticos que transportarían a los legionarios y también armas y material de guerra. El primero que atracó fue el Toscana. Después, el Piamonte, el Sicilia y el Liguria. Al día siguiente arribaron el Calabria, el Lombardía y el resto. Los llamamientos a la población para una despedida grandiosa se sucedían: gaditanos, aquellos que vinieron para luchar a nuestro lado “contra la barbarie moscovita y el crimen judío-masónico” retornan a su patria; en estos momentos gloriosos cumple agasajarles.
La prensa publicaba también en esos días otras peticiones. El puerto esperaba el 30 de mayo a unos 300 turistas alemanes en el trasatlántico Usambara y un cronista solicitaba a las autoridades competentes medidas para evitar una escena habitual: la chiquillería molestaba continuamente a los turistas que paseaban por la ciudad. Es un espectáculo bochornoso, se lamentaba, que “habla bien poco en pro de la bien probada cultura del pueblo de Cádiz”.
El embarque de los soldados empezó el día 30, amenizado por bandas de música. Se llevaban como recuerdo folletos con el último parte de guerra y una “alocución del Caudillo”. El general Gambara, jefe de las fuerzas legionarias, ya se encontraba en la ciudad. Al día siguiente llegó el crucero italiano Duque de Aosta, en el que viajarían a Italia Gambara y el ministro de Gobernación español, Serrano Suñer. Ambos compartirían tribuna el 31 de mayo con el general Queipo de Llano en el puerto engalanado.
Queipo y Gambara almorzaron en Jerez, en el domicilio de los señores Domecq. Ya en el puerto, rodeados de destacadas autoridades y de “todo lo que es vida y significación de la capital”, le hablaron a un público enardecido. “Italia ha conquistado España por el amor, que es la forma más fácil de conquistar al pueblo español”, dijo Queipo de Llano. Luego, Gambara y Serrano Suñer se fundieron en un abrazo y entonces echaron al vuelo las campanas de todas las iglesias y sonaron las sirenas de todos los barcos. Operadores de Fox Movietone recogían con sus cámaras “el bellísimo panorama”.
A los soldados italianos también les fue entregada, como recuerdo, una medalla de cobre. En el anverso, explica un cronista, figura un guerrero a caballo que pisa una serpiente judía y los emblemas soviéticos. El caballo lo sujeta por la brida el Ángel de la Victoria, con una corona de laurel y la inscripción “18 de julio de 1936”. En el reverso campean los emblemas de “los tres Estados totalitarios”: España, Italia y Alemania. Es decir, el yugo y las flechas y los que simbolizan el fascismo italiano y el nacionalsocialismo alemán. Además, la inscripción: “Voluntarios de guerra por la libertad y unidad de España”.
Serrano Suñer pernoctó el 31 de mayo en el hotel Atlántico. El 1 de junio pasó toda la mañana en sus habitaciones, trabajando. Entre otras visitas recibió la del presidente de la Asociación de la Prensa Diaria de Cádiz, Francisco Gómez, “quien se ofreció a sus órdenes”, ya que el ministro ostentaba la jefatura de los Servicios de Prensa del Estado.
Serrano se dio un paseo por Cádiz y elogió la ciudad antes de embarcar en el Duque de Aosta, que zarpó por la tarde convoyado por los destructores Granieri y Carabinieri camino de Roma. Allí le esperaba Mussolini para presidir con él un desfile de los voluntarios italianos y de unos 3.000 soldados españoles que los acompañaron.
En los días siguientes, Cádiz se preparó de nuevo para otra despedida. Era la tercera a los italianos. En octubre de 1938, la ciudad había dicho adiós por primera vez a 10.000 soldados. Franco los retiró como gesto ante la marcha de los voluntarios de las Brigadas Internacionales que acudieron en ayuda de la República. Ahora se iban unos 1.500 aviadores italianos que también habían combatido en la guerra. De nuevo el alcalde, Juan de Dios Molina, llamó a la población a despedir a los “bravos” voluntarios que, decía, se sacrificaron “en la Santa Cruzada contra el peligro bolchevique”.
Los aviadores llegaron la mañana del 10 de junio en un tren especial desde Sevilla y caminaron hacia el muelle para embarcar en el trasatlántico Duilio. En cabeza, de uniforme, jefes y oficiales; detrás, de paisano, el resto. Antes de partir fueron obsequiados por el Ayuntamiento con una comida en el hotel Atlántico. Arroz a la española, helado Suprema, café, tabacos y licores. A los postres, el general Llanderas tomó la palabra para elogiarlos y explicar que vinieron a España a evitar “la implantación del comunismo mediante la ayuda de toda la hez internacional”.
Por la tarde llegaron al puerto los generales Monti y Kindelán y el coronel Buruaga para presidir el acto de la despedida. Las crónicas relatan que concurrieron numerosas personas y que se veían por los muelles “encantadores grupos de chicas gaditanas” que acudieron a rendir fervoroso homenaje de admiración a “los que con las victoriosas alas españolas contribuyeron con ejemplar bizarría y heroísmo a terminar con la lacra del comunismo y a lograr la más amplia de las victorias”.
Al día siguiente, un artículo de Javier de Miranda ensalzó las proezas de los aviadores italianos y también arremetió contra las Brigadas Internacionales. Los italianos asombraron a Europa, decía, fueron ejemplo para todo el mundo y se pusieron frente a toda una legión de mercenarios extranjeros. “Cádiz, esencia de patriotismo, se ha asomado a sus balcones para dar el adiós a estos hombres que se batieron cien veces contra la chusma internacional”.
"Con martellamento diluito nel tempo"
Los aviadores italianos, héroes para los vencedores de la Guerra Civil, dejaron huella. Una, muy sonada, en marzo de 1938. La orden de Mussolini al jefe de la Aviación Legionaria llegó en un telegrama: “Iniziare da estanotte azione violenta su Barcelona con martellamento diluito nel tempo” (con martilleo espaciado en el tiempo). Es decir, machacar la ciudad pero poco a poco, relatan Josep Maria Solé y Joan Villarroya en España en llamas. La técnica empleada en Barcelona impresionó profundamente. Fue terrorífico. Era algo nuevo, nunca probado sobre la población civil, escribió el historiador Ferdinando Pedriali. 16, 17 y 18 de marzo. Tres días de bombardeos: 876 muertos (118 eran niños).
Fueron trece ataques aéreos. Uno el día 16, seis el 17 y otros seis el 18. "La aviación italiana", relatan Solé y Villarroya, "en vez de poner en práctica la táctica tradicional de concentrar todos los aparatos disponibles y lanzar todas las bombas posibles en un lugar y en un momento determinados, para incrementar el efecto desmoralizador con la violencia del ataque, organizó bombardeos en cadena ininterrumpida, de modo que los sistemas de alarma y de aviso a la población quedaron trastocados". Cuando sonaban las sirenas, la gente ya no sabía si anunciaban el final de una incursión o el comienzo de otra. Además, los aviadores no se limitaron a bombardear las zonas ferroviarias y portuarias. Se cebaron en los barrios residenciales y en el denso casco antiguo de Barcelona.
Aunque son más conocidos los efectos de los bombardeos de la Legión Cóndor (por los de Madrid en noviembre del 36 y el de Guernica en abril de 1937) Solé y Villarroya explican que la mayoría de los ataques aéreos que afectaron a núcleos urbanos y que causaron un mayor número de víctimas civiles fueron los realizados por la aviación italiana.
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