San Carlos, patrón de los almaceneros
informe/ el comercio tradicional 3 Negocios de siempre
En un barrio carente de comercios, los ultramarinos de toda la vida mantienen el tipo en mitad de la crisis y con la ventaja de no tener muy cerca un supermercado
En una esquina de Cádiz donde prácticamente no hay comercios y hasta el supermercado más cercano hay, en muchos casos, una 'tiraíta', reinan los ultramarinos de guardia. Los magnates del desavío para una clientela avejentada que incluso recibe en su propia casa los 'mandaos', dentro de lo que se conoce como trato directo y cercano con el cliente, una de las armas de estos establecimientos en la guerra contra las grandes superficies. Los almaceneros del barrio de San Carlos son los galos irreductibles en una aldea que colinda con el mar, enfrentados al imperio capitalista, que hace las veces de Roma en esta comparación. Cuatro tenderos que todavía aguantan la crisis bajo una premisa común: echar en el almacén más horas que la puerta.
Lo que no le da el bar, se lo da el almacén. Y en medio, una expendiduría de tabacos. Leonardo Barea, al frente de la Mantequería San Carlos, agradece la "fidelidad" de las personas mayores que acuden a un ultramarinos que oferta especialidades, lo que en el moderno argot de la cocina se llaman 'delicatessen', que son las mismas que se ponen de tapas en el bar. "En precios no podemos competir con los grandes, sólo nos quedan los productos de calidad. Hasta aconsejamos vinos", apunta. El servicio a domicilio es "sin límite de gasto". Porque si a una persona mayor "que le cuesta bajar las escaleras" se le olvida un litro de leche "se lo llevamos a casa".
Cuarenta años lleva tras el mostrador en la esquina de las calles Fermín Salvochea y Manuel Rancés este nativo de Algodonales que fue chicuco en sus comienzos y que sigue echando las mismas horas que entonces. Y está viviendo una crisis de las gordas. Al menos no hay un supermercado que le haga competencia en los alrededores. "Quizás no lo han puesto ya porque este barrio no es de paso, está en una esquina", argumenta Leonardo.
Un poco más arriba, casi en la esquina con Isabel la Católica, todo un clásico entre los ultramarinos de la ciudad: La Tienda Honda. Rosa Merino cogió hace diez años el testigo de su padre, Francisco, que se llevó cuarenta años tras el mostrador y ahora sigue echando un cable. "Mi padre me dice que no ha vivido una época tan mala como ésta. Los meses que llevamos de 2013 han sido los peores", reconoce Rosa antes de asegurar que en la Tienda Honda "vendemos el 50 por ciento menos que antes de estallar la crisis". Y admite que las personas mayores del barrio no han perdido el hábito de comprar en las tiendas de toda la vida, pero "compran menos porque ya son matrimonios cuyos hijos se marcharon. El consumo ha cambiado en este sentido".
Según se aleja uno del centro, aunque permaneciendo en San Carlos, la actividad comercial decrece aún más. Pero existen aún ultramarinos de Argüelles hacia abajo. Es el caso de Alimentación Casa Tomás, en la calle República del Salvador, un establecimiento que data de 1922 y que antes recibía el nombre de Antigua Independencia. El joven Miguel Ángel Tejada, junto a su padre, regenta este almacén-bar que se defiende en medio del temporal "gracias a los colegios". La tienda se ubica frente al Celestino Mutis y cerca de las Carmelitas y el IES Cornelio Balbo, más conocido como el Náutico. Ni que decir tiene que el volumen de ventas baja en los meses de verano. De septiembre a junio despacha bocadillos, bollería y golosinas para los escolares. Y en el bar paran funcionarios del edificio de la Junta de Andalucía en la plaza de España. Por ello, las tardes de invierno son muy complicadas. "Esto está muerto", dice Tejada. Escaso movimiento en un barrio que no es de paso y con una envejecida población.
"Vendemos productos básicos, los típicos del desavío, porque es muy difícil competir con los supermercados", señala. También, como en el caso de la Tienda Honda, Miguel Ángel cifra en un 50 por ciento el descenso en los ingresos los últimos tres años, coincidentes con el agravamiento de la situación ecómica. "Antes teníamos a un chaval trabajando y tuvimos que prescindir de él", comenta.
La tranquilidad del barrio entre lunes y viernes se esfuma los fines de semana. Lo dice Enrique Carril, presidente de la asociación de vecinos, que casualmente entra en el negocio y se incorpora a la conversación. "Hace poco nos destrozaron una puerta de nuestra sede y en las murallas siguen haciendo botellón", afirma. Según el dirigente vecinal, las calles más conflictivas son Fernando el Católico y San Germán. En ellas peligran los espejos retrovisores de los coches aparcados. El vandalismo arrasa camino de la zona de ocio juvenil en la punta de San Felipe.
Si el barrio de San Carlos como tal está apartado del centro, la plaza de las Tres Carabelas es el rincón más aislado del casco histórico. En las horas que Paco Cortés no abre su tienda, Alimentación las Tres Carabelas, los vecinos de esta zona deben andar hasta la calle San Francisco para encontrar el supermercado más próximo. Aun así, Paco, que lleva 32 años en este tajo, intenta no dejar a sus clientes fuera de cobertura. Para ello -es la única manera de sobrevivir a la crisis y a las grandes superficies- abre de siete y media de la mañana a tres de la tarde y de cinco y media a ocho y media. El aislamiento, de algún modo, le beneficia como surtidor de productos de primera necesidad. Ahora bien, a su alrededor se han producido ceses de actividad empresarial que le han costado una considerable pérdida de clientes e ingresos. "Hasta un 30 por ciento en los últimos cuatro años", asegura. El muelle no es lo que era y la estación de autobuses de Comes se trasladó a Renfe, llevándose consigo cierto flujo de clientes en la tienda de Paco.
Al menos tiene la clientela fija, de la zona. No cabe otra en un sitio que no es de paso. Paco capea la crisis vendiendo "un poco de todo" y gracias a las reuniones de parroquianos en torno al vino o la cerveza. Tiene la suerte de que en las Tres Carabelas sigue viviendo gente con cierto poder adquisitivo, aunque "no tanto como hace unos años, ahora hay más mezcla entre los vecinos", rectifica Paco mientras se mueve de un lado a otro.
Los ultramarinos de San Carlos tienen una función social. No desatienden a los vecinos, lo mismo que han hecho tantísimos almaceneros en la historia de esta ciudad. El vendaval de la crisis no se los ha llevado por delante. Afortunadamente siguen dando al barrio el sello tradicional de lo cercano, lo tangible, como una pincelada de color en mitad del negro paisaje comercial de Cádiz.
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