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Guerra contra Estados Unidos

Historias de Cádiz

Manifestaciones antiamericanas por las calles de Cádiz

La cabeza de un cerdo, en el palo de una escoba, representaba al presidente MacKinley

Crucero acorazado Maine, de la Marina de Estados Unidos, que se hundió en la Habana a causa de una explosión en febrero de 1898 / Archivo
José María Otero

Cádiz, 12 de septiembre 2020 - 19:54

A comienzos de 1898 la intervención de Estados Unidos en la guerra de Cuba era ya manifiesta y descarada. Los rebeldes cubanos recibían numeroso material de guerra generosamente enviado desde las principales ciudades norteamericanas y la opinión pública de ese país pedía una intervención militar en la entonces provincia española.

En enero de ese año, el presidente William Mackinley decidió el envío a la Habana del acorazado Maine para proteger los intereses de los ciudadanos norteamericanos en Cuba. El Gobierno español, presidido por Sagasta, decidió en correspondencia enviar el crucero Vizcaya al puerto de Nueva York.

Escuadra de reserva del almirante Cámara fondeada en Cádiz en 1898 / La Ilustración Española y Americana

Fondeado en el puerto de la Habana, el 15 de febrero el Maine sufrió una explosión que provocó su rápido hundimiento y la muerte de 266 marineros.

De inmediato, la prensa y la opinión pública norteamericana culpó a España del accidente. La poderosa cadena de periódicos de Randolph Hearts hablaba de minas y ‘artefactos infernales’ manejados por españoles. El comandante del Maine, Charles Sigsbee, superviviente de la catástrofe, también culpaba a los españoles del hundimiento. De nada sirvieron los estudios y peritajes realizados por el capitán de fragata Pedro Peral y Caballero, hermano del inventor del submarino, que demostraban que el accidente había sido casual y no provocado. Estados Unidos había encontrado el pretexto perfecto para entrar en guerra y la Cámara de Representantes y el Senado autorizaron al presidente Mackinley para declarar la guerra a España.

Facultad de Medicina de Cádiz, de donde partieron varias manifestaciones antinorteamericanas al inicio de la guerra / Archivo

Antes de comenzar las hostilidades militares, la primera medida adoptada por ambos países fue la retirada de los embajadores y representantes diplomáticos. En Cádiz el consulado de los Estados Unidos estaba situado en la calle Ancha y al frente se encontraba Solin Howell Carrol, diplomático de carrera. El 20 de abril el cónsul acudió a visitar al gobernador civil de la provincia, Pascual Ribot y Pellicer. Le comunicó que había recibido telegrama del embajador en Madrid, Woodford, ordenándole que saliera de inmediato de territorio español y que hiciera entrega de toda la documentación al Consulado de Inglaterra. El diplomático manifestó su intención de partir a la mañana siguiente hacia Gibraltar, preguntando por su seguridad personal y si debía partir en tren o barco. Ribot contestó que podía elegir lo que quisiera y que su seguridad y la de su familia y acompañantes estaba garantizada, pues “en España no se atropellan nunca los deberes que impone la caballerosidad y la hidalguía”.

Pasadas las doce de la noche, el cónsul regresó al Gobierno Civil para comunicar que saldría en el primer tren de la mañana hacia San Fernando, desde allí en carruaje a Algeciras y luego en barco hacia Gibraltar y Nueva York. Añadió que ya había hecho entrega de la documentación y que el consulado estaba completamente desocupado. Gobernador y cónsul se despidieron caballerosamente estrechándose la mano. A continuación Ribot llamó al alcalde, Guerra Jiménez, y al presidente de la Diputación, López Aldazábal, para acudir al consulado y tomar posesión del mismo. Allí, unos operarios procedieron a desmontar el asta de la bandera y el escudo de la nación americana. Debido a la hora, casi las dos de la madrugada, apenas había público en la calle Ancha.

Alfonso XIII y la Reina Regente / La Ilustración Española y Americana

Mientras emprendía su camino el cónsul de EEUU, el 21 de abril, los estudiantes de nuestra Facultad de Medicina acordaron en asamblea ofrecerse al Gobierno como internos, auxiliares, practicantes y camilleros y así poder ayudar a nuestras tropas en lo que hiciera falta. Abrieron una suscripción para colaborar en los gastos de guerra y recorrieron en manifestación algunas calles próximas a la plaza de Fragela dando gritos contra los yanquis y pidiendo que se les diera un buen escarmiento.

El ambiente en las calles de nuestra ciudad, como en el resto de España, estaba muy caldeado. Se sucedían manifestaciones patrióticas y gritos contra los yanquis. Todos parecían seguros de una rápida y aplastante victoria española y nadie parecía reparar en el enorme poderío militar de Estados Unidos. Espectáculos y teatros cambiaron su programación para adaptarse a la situación. La primera actriz María Tubau, de gira por Cádiz en esos días, anunció que estrenaría en el Teatro Principal, en la calle Novena, la obra El Tío Sam, una entretenida sátira contra Estados Unidos.

El 22 de abril, el padre Santos Quirós, superior de los Dominicos, comunicaba a los gaditanos a través de Diario de Cádiz que a partir de ese día comenzaban unos cultos diarios ante la Santísima Virgen del Rosario, la vencedora de Lepanto, por la victoria de nuestras tropas sobre “la sin pudor república norteamericana” y “los arrogantes adoradores del dios dollar”. También ese mismo día, estudiantes de Medicina y de Náutica recorrieron las calles para solicitar de vecinos y sociedades contribución económica para gastos de guerra.

Presidente MacKinley / Archivo

Sobre las ocho de la tarde, un grupo de socios del Círculo Mercantil, en la calle Ancha, salió de su local dando vítores a España y mueras a Estados Unidos. En breves momentos, ya era un numeroso grupo el que se encontraba reunido decidiendo organizar una manifestación en apoyo de nuestras tropas. Los manifestantes se dirigieron al Hospicio, en la Viña, para que la banda de música de dicho centro encabezara la manifestación. Cerca de las nueve era ya un imponente gentío el que estaba en las puertas del Hospicio para iniciar la marcha. A la cabeza, y tras la banda de música, fueron colocadas las banderas de la Facultad de Medicina y de la Escuela de Náutica. El alcalde, Guerra Jiménez, y varios concejales también se colocaron en cabeza marchando por las calles Rosa y Torre para llegar a la plaza de San Antonio. Al entrar en la plaza, el Casino Gaditano encendió un enorme letrero de ‘Viva España’ formado con luces de gas. Desde el balcón principal del Casino fue entregada a los manifestantes una bandera de España y otra de Estados Unidos. La primera fue colocada a la cabeza y la segunda destrozada en pocos momentos.

Los manifestantes marcharon hacia la calle Ancha, donde se incorporó el gobernador civil. Al pasar por el Teatro Principal, en la calle Novena, la compañía de Casimiro Ortas que allí representaba una obra, paró la función y fueron abiertas todas las puertas. La banda de música del Teatro atacó la Marcha de Cádiz, que fue coreada por todos.

La patriótica marcha continuó hacia la plaza de San Juan de Dios. Las banderas subieron al Ayuntamiento y desde el balcón principal habló a la multitud el gobernador civil. La banda repitió de nuevo la Marcha de Cádiz. La comitiva siguió después hacia el muelle para dar vítores a la Marina de Guerra frente a la Comandancia de Marina.

El regreso de la manifestación se llevó a cabo por las calles del centro. Al pasar por una carnicería fue tomada la cabeza de un cerdo y colocada sobre una escoba. Simbolizaba la cabeza del presidente MacKinley y a la que los manifestantes dirigieron toda clase de improperios.

Sagasta, presidente del Consejo de Ministros en 1898 / Archivo

Finalmente, por plaza de San Antonio, Veedor y Bendición de Dios, los manifestantes acudieron al Gobierno Militar, donde terminó la marcha.

Al día siguiente, a las nueve de la mañana, terminaba la hora señalada por el presidente de los Estados Unidos para el inicio de las hostilidades. A esa hora, en el Mercado de la Libertad, todos los vendedores, puestos de acuerdo, hicieron sonar sus campanas y cachivaches entre risas y jolgorio. La actividad quedó interrumpida mientras vendedores y público en general daban una vuelta al Mercado con banderas españolas y dando vítores a España y a la Marina. Los improperios contra Mackinley fueron abundantes.

El Ayuntamiento acordó contribuir a la guerra con 7.500 pesetas mensuales, mientras José Moreno de Mora entregaba otras 50.000. El personal docente, subalterno y administrativo del Instituto de Enseñanza de Cádiz acordó entregar un día de sueldo todos los meses que durara la guerra.

Todo Cádiz estaba eufórico, pues todos creían que había llegado la hora de dar una lección a los yanquis y derribar ‘la lechuza’, en alusión al águila que figura en el escudo norteamericano. Los barberos de la ciudad solicitaron el Teatro Cómico para dar una velada y recaudar fondos para la guerra. Los vecinos de San Severiano, que no habían podido asistir a la manifestación llevada a cabo en las calles del centro, hicieron otra marcha por las calles de los extramuros con mueras a MacKinley y vítores a España. El farmacéutico José Höhr entregó un equipo completo de medicamentos para el primer barco que partiera hacia Cuba. La comunidad franciscana seguía el ejemplo de los dominicos y anunciaba a través de Diario de Cádiz el inicio diario de rogativas para la victoria de las armas españolas. Hasta las Terciarias Capuchinas, que en esos días celebraban una rifa benéfica, acordaron ceder un tercio de la recaudación en favor de las tropas españolas.

Buen ejemplo del ambiente en nuestra ciudad fue lo ocurrido en el Teatro Principal el 25 de abril de ese mismo año, donde se cambió la programación para representar la zarzuela Cádiz. La popular marcha, convertida prácticamente en esos años en himno nacional, fue repetida hasta cinco veces con el público puesto en pie y coreando el estribillo. Los actores, antes de finalizar, recitaron varias composiciones alusivas al miedo que debían sentir los norteamericanos ante la guerra con España.

Este ambiente de euforia e incluso de alegría que existía en nuestra ciudad ante la guerra se quebró bruscamente en la mañana del 2 de mayo. La primera edición de Diario de Cádiz publicaba una noticia de última hora con el siguiente titular: “Graves noticias”. “Lamentamos tener que comunicar a los lectores graves sucesos de guerra ocurridos en Filipinas”. A continuación daba cuenta de la derrota sufrida por la escuadra española, señalando que los buques norteamericanos habían logrado forzar la entrada del puerto de Cavite. “Honor y gloria a los que se han batido tan gloriosamente por la Patria”, terminaba la noticia. La edición de la tarde daba cuenta de las noticias oficiales sobre la derrota sufrida en Filipinas.

Dos meses más tarde llegarían las noticias de la derrota de la escuadra de Cervera en Cuba ante una flota muy superior.

La euforia dio paso a la triste realidad y al pesimismo. Los gaditanos, como el resto de los españoles, habían comprobado en muy poco tiempo la enorme fortaleza militar de los Estados Unidos y la débil situación en que se encontraban nuestra Marina y nuestro Ejército. Tras la derrota llegaría el temor de que la poderosa marina de los Estados Unidos pudiera atacar nuestras costas. El Gobierno ordenó el derribo del faro de Cádiz, situado en el castillo de San Sebastián, para que el enemigo no pudiera orientarse.

Muy esclarecedora de la situación en aquellos momentos fue lo sucedido en las defensas artilleras de las costas de Cádiz. El teniente José María de Hoyos, que posteriormente sería alcalde de Madrid, fue enviado al mando de la batería situada en Rota. Al comprobar el penoso estado de los cañones telegrafió al gobernador militar, duque de Nájera, solicitando instrucciones para el caso de que se presentasen en la bahía de Cádiz los poderosos acorazados norteamericanos. La respuesta de Nájera llegó a hacerse famosa: “rece un Padrenuestro y comience a disparar”.

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