OBITUARIO

Fallece la madre Benita, abadesa de las Descalzas

La información de la muerte de la Madre Benita de Monasterio de Sta. María de la Piedad me ha traído a la memoria varias conversaciones que mantuve con esta señora buena que, dotada de aguda inteligencia, de fina sensibilidad y, sobre todo, de un sentido profundamente evangélico, vivía intensamente los problemas de los conciudadanos que habitamos fuera del monasterio. "Mi oración, mi trabajo y mi silencio constituyen los instrumentos con los que trato de proporcionar un poco de bienestar a los hermanos y a las hermanas que viven dentro y fuera de esta casa". Tras escuchar estas palabras, recibí la grata impresión de que esta monja era una de esas personas reflexivas, esperanzadas y caritativas que sabían degustar el jugo de la vida. Y es que decidió ingresar en el Monasterio para estar más íntimamente unida a la humanidad y para proporcionar con sus oraciones esas luces y esas fuerzas indispensables para reconocer que la solución de la mayoría de los problemas exigen, además de trabajo permanente, la generosidad gratuita, el servicio desinteresado, la abnegación altruista, el perdón de las ofensas, el reconocimiento sereno de los propios errores, el trabajo oculto, la comprensión de las conductas ajenas, la paciencia, la sencillez sin fingimiento, la modestia recatada, la prudencia sensata, la humildad sincera, el sufrimiento callado e, incluso, la resignación serena ante los males irremediables. Eso era lo que ella siguió ofreciéndonos: luz, alegría, esperanza.

De una manera sencilla, la Madre Benita, de Orden de la Inmaculada Concepción nos fue mostrando su forma de interpretar la vida humana aplicando como clave los principios elementales del Evangelio.

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