obituario

Fallece Fray Delfín Falcón Domínguez

  • Sus mensajes callados han sido más elocuentes que algunos sermones de ilustres predicadores

Ahora mismo José María Alcedo Ternero me acaba de comunicar la desagradable noticia del fallecimiento del padre Delfín, ese fraile corpulento que hace escasos meses ingresó en la residencia de San Juan de Dios, y que, con sus gestos sencillos, amables y respetuosos, nos transmitía el mensaje esperanzado de que, por muy graves que sean los diagnósticos y de que, por muy escasas que sean nuestras fuerzas, siempre es posible el milagro de vivir en plenitud. Tímido, callado y discreto, era una buena persona- me dice Fray Pascual- que cultivaba unas relaciones sencillas con Jesús, y un fraile humilde que practicaba ese hermoso estilo de vida de la gente corriente. Estoy seguro de que los compañeros que lo han acompañado durante su dilatada vida en el convento, glosarán su figura con mayor precisión y profundidad, pero, en mi opinión, es justo que, en estas leves líneas, deje constancia de las intensas impresiones que me han producido sus gestos amables y sus palabras, cada vez más escuetas, durante estos cortos e intensos meses que ha permanecido en la Residencia de San Juan de Dios.

Desde que, el mismo día de su ingreso, todos pudimos comprobar cómo le embargaban las emociones sutiles, exclusivas de los seres cultivados, y cómo, a pesar de su progresivo deterioro físico y mental, conservaba intacta la capacidad de sorpresa y de admiración. Su figura constituye una llamada diáfana a la sencillez y una reacción eficaz a la angustia vital. Frente a los discursos de los "intelectuales profesionales", el padre Delfín con sus palabras entrecortadas o, incluso, con sus elocuentes silencios, nos mostraba que él poseía esa sabiduría elemental y honda que sólo proporciona el dolor de la soledad, de la escasez y, a veces, del desamor, y es que, en su elevada estatura física, el encerraba un corazón grande y un alma noble.

Su testimonio sencillo nos ha mostrado una la manera ejemplar de sobrellevar su mortal enfermedad y nos ha confirmado que los contenidos de la fe no se entienden si no percibimos, hacemos y padecemos la realidad de la vida. El padre Delfín nos ha dictado lecciones de grandeza, de delicadeza y de finura de espíritu, y sus mensajes callados han sido más elocuentes que algunos sermones de ilustres predicadores. Que descanse en paz.

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