Historias de Cádiz 1848: Entierro y bronca en la Catedral de Cádiz

  • El obispo de Plasencia, Cipriano Varela, desterrado en Cádiz, fue el primer prelado que recibió sepultura en nuestra basílica

  • Incidente con el gobernador civil, Melchor Ordóñez

Aspecto parcial de la cripta de la Catedral de Cádiz

Aspecto parcial de la cripta de la Catedral de Cádiz / Archivo

En  noviembre de 1838 fray Domingo de Silos Moreno consagraba la Catedral de Cádiz en una ceremonia que contó con la presencia de cientos de gaditanos. La soberbia cripta del nuevo templo, de enorme mérito arquitectónico, aparecía reluciente y con los lugares ya destinados para acoger en su momento a los obispos y canónigos que fueran falleciendo en nuestra ciudad. Mandaba la tradición que el primer obispo en recibir sepultura en la nueva Catedral debería ser el mismo que había procedido a su consagración, es decir, Silos Moreno, que ya había dispuesto en su testamento el lugar de su enterramiento y hasta la inscripción en la losa de su sepultura “Indigno monge que fue de San Benito y más indigno obispo de Cádiz”.

Sin embargo, diversas y curiosas circunstancias hicieron que el primer prelado enterrado en la Catedral de Cádiz no fuera Silos Moreno sino Cipriano Varela, un díscolo obispo de Plasencia que se encontraba desterrado en nuestra ciudad.

El obispo Varela había nacido en San Lorenzo de El Escorial el 16 de septiembre de 1776, hijo de un modesto empleado del monasterio real. Debido a su edad, compartió juegos infantiles con los hijos del Rey Carlos IV y en particular con el futuro Fernando VII, que siempre lo tuvo bajo su protección. La Familia Real apreció las extraordinarias aptitudes e inteligencia del joven Cipriano, al que enviaron a estudiar a Toledo. Hombre cultísimo y de profundas convicciones, fue nombrado, en plena juventud, profesor del seminario de Toledo y párroco de San Lucas. Posteriormente, en 1826, Fernando VII lo nombró obispo de la diócesis de Plasencia.

Tras la muerte de Fernando VII, la situación política cambió por completo y el obispo de Plasencia comenzó un duro enfrentamiento con los sucesivos gobiernos de la Regencia de María Cristina y de los comienzos del reinado de Isabel II. Defensor a ultranza de la política anterior, Varela no perdía ocasión de atacar en sus homilías y escritos al Gobierno de turno, por lo que finalmente fue alejado de su diócesis y desterrado a  Sevilla. Pero el intransigente obispo Varela seguía con sus feroces críticas al Gobierno, que, finalmente, decidió enviarlo a Cádiz donde se encontraba como prelado el bueno de Silos Moreno. A Cádiz llegó el belicoso obispo Varela ya algo mayor y mucho más tranquilo, por lo que no tuvo graves enfrentamientos . 

Antigua imagen de la Catedral de Cádiz Antigua imagen de la Catedral de Cádiz

Antigua imagen de la Catedral de Cádiz / Archivo

En aquellos años era representante político del Gobierno en Cádiz, luego gobernador civil, Melchor Ordóñez, un político joven y con ganas de hacer carrera. Hombre de leyes y ordenancista, decidió durante su mandato en Cádiz poner algo de orden y concierto en la arbitraria vida de la ciudad, publicando ordenanzas y reglamentos.  Ordóñez fue el primero que puso orden en las corridas de toros y el Reglamento Taurino de Cádiz, sacado a la luz recientemente por nuestro amigo y compañero Curro Orgambides, fue el primero de los dictados en España. Quiso también regular otras facetas de la vida de los gaditanos, como el sistema de enterramientos, hasta entonces sometido al capricho de religiosos y particulares, ordenando que todos los cadáveres recibieran sepultura en el cementerio y no en iglesias o capillas particulares.

Precisamente esta política de enterramientos daría lugar a un sonado incidente. El díscolo obispo Varela falleció repentinamente en su domicilio de Cádiz el 1 de marzo de 1848.  El Cabildo Catedral se reunió de inmediato acordando que, pese a las antiguas tradiciones y a lo dispuesto por Ordóñez, el obispo de Plasencia fuera enterrado en la Catedral hasta su posterior traslado a su diócesis. El gobernador, al conocer esta decisión, se opuso radicalmente, ordenando que Varela fuera llevado al cementerio.

Las correspondientes honras fúnebres tuvieron lugar en la Catedral, a donde fue llevado el cadáver del obispo, mientras el gobernador enviaba una carroza a las puertas del templo para su posterior traslado al cementerio. Las ceremonias por el alma de Varela fueron presididas por Silos Moreno. Entre los asistentes al funeral reinaba curiosidad por saber cómo finalizaría el asunto y la discusión entre la autoridad civil y la eclesiástica. Silos Moreno, al finalizar la ceremonia, llamó a su vicario, Juan José Arbolí,  para recomendarle en voz alta:

- Por Dios, que no haya disgusto.

Arbolí, que años más tarde sería obispo de Cádiz, contestó a Silos Moreno lo suficientemente fuerte para que fuera oído por el gobernador:

- No lo habrá señor obispo. Pero la dignidad episcopal está por encima de todo. El obispo de Plasencia no sale de la Catedral.

Melchor Ordóñez comprendió que su autoridad no llegaba hasta el interior de la basílica gaditana  y emprendió furioso la retirada.

El cadáver de Varela fue enterrado en la Catedral de Cádiz. Previamente se le extrajo el corazón, ya que el canónigo Benito Gil, confesor de Varela, hizo saber que el fallecido había manifestado su deseo que este órgano fuera llevado al convento de las monjas de Serradilla, que tanto había protegido en vida. Tres meses más tarde una comisión de la diócesis de Plasencia llegó hasta Cádiz para trasladar sus restos y su corazón a la correspondiente diócesis.

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