Después de la tormenta
La fotógrafa libanesa Dalia Khamissy presenta en Santa Catalina la muestra 'Espacios abandonados', una reflexión que parte de la destrucción provocada por la guerra
No. Después de la tormenta no llega la calma. "Quizás sí, pero mezclada con una especie de tristeza". Dalia Khamissy tiene los ojos llenos de tanto mirar. Por eso es capaz de detectar las huellas del abismo, los restos del naufragio, lo que queda tras la tormenta, el silencio denso que envuelve a los butacones voleados, las cortinas rasgadas, las ropas por los suelos... La intimidad desmembrada, vejada y exhibida. La fotógrafa mira, casi con inocencia, y en sus ojos leemos la carretera "larga" y "sembrada de baches y zanjas" que recorre el sur del Líbano. La carretera que tomó el verano de 2007. Un año después del ataque, de la represalia desmedida de Israel sobre el territorio libanés. La carretera que la condujo al objeto de las fotografías que la periodista libanesa presentó ayer en Cádiz, el Castillo de Santa Catalina. Lo que queda tras la guerra, lo que queda tras la tormenta.
"Queda silencio, y paz y tristeza y una sensación permanente de inseguridad", contesta la fotógrafa de sonrisa serena momentos después de la inauguración oficial de Espacios abandonados, título de la exposición compuesta por catorce fotografías reproducidas a gran formato que fue presentada por el director del Centro Andaluz de la Fotografía, Pablo Juliá, la directora general de Museos y Promoción del Arte, Inmaculada López Calahorro, la alcaldesa de Cádiz, Teófila Martínez, y el presidente de la Asociación de la Prensa de la ciudad, Fernando Santiago.
Dalia, que viste tacones que ansía cambiar por unas cómodas zapatillas, rehusa hablar en el acto oficial y prefiere escuchar a Juliá, a quien le cede la presentación. Dalia oye hablar al director del CAF sobre la gran carga "poética" de su obra que "baila sobre esos verdes, esos ocres..."; sobre "la sinrazón" de una guerra que traspasa los límites "del espacio privado para convertirlo en público"; sobre su capacidad "estética" que se descubre, incluso, "en lo cotidiano"; oye hablar sobre "su lucidez", su "compromiso" que se traduce en distintos trabajos "sobre la mujer, la guerra y distintas dificultades y características del territorio libanés", cuenta.
Y Dalia escucha. A su traductora. Y asiente. Y sonríe. Parece abrumada y emocionada cuando recorre la pequeña sala de Santa Catalina llena de obras grandes, de casas desordenadas, desmigadas, que cuentan la historia de alguien, de gente que no está.
"Me ha encantado tanto lo que ha dicho Pablo de mí como lo que ha escrito en el catálogo -realizado exclusivamente para esta exposición- pero yo no creo que mi obra sea poética. Quizás tengo una manera de contar muy personal, unas maneras muy concretas en la composición", dice modesta.
Una mirada, al fin, que reconoce que está marcada por sus vivencias en un país, en su país, permanentemente en conflicto. "Cuando estalló la Guerra Civil en Líbano, en 1975, yo tenía dos años. Así que he crecido con esa sensación que te decía antes de inseguridad a mi alrededor que ha marcado mi trabajo. Esa sensación no es de irse, de desplazarse a otro lugar, eso, sin embargo, lo vivieron mis padres que son palestinos, sino más bien de intercambiar lugares. Entre las familias que tenían amistad y entre los vecinos se hacía eso, te ibas a tal casa o cual casa porque te habían tirado la tuya o porque creías que corrías más riesgos en una zona que en otra", explica la autora de Espacios abandonados.
"Aunque ya tenía bastante experiencia en tratar guerras en esta zona y en otros conflictos, reconozco que en este trabajo me he sentido más implicada", revela Dalia Khamissy, que el 12 de julio de 2006 trabajaba como editora para la agencia Associated Press en Beirut, fecha en la que militantes de Hezbolá capturaron a dos soldados israelíes en la frontera, hecho que desencadenó una serie de ataques contra instalaciones y viviendas de civiles que provocaron la mayor ofensiva israelí sobre Líbano desde la invasión de 1982.
"Durante los 34 días que duró el conflicto estuve editando imágenes de otros compañeros" pero poco después del alto al fuego el mundo perdió interés en las noticias sobre Líbano. "Se olvidó a la población y con ella, sus historias. Por eso volví un año después, ya como fotógrafa, a la zona afectada, en el sur, y entré en todas esas casas y espacios desiertos y destrozados", relata.
Casas de Marun Ar-Ra´s, de Bint Yabil, de Ayta As-Sha´a. Casas polvorientas cuya oscuridad aparece violada por la luz saturada que se cuela entre los escombros. Un teléfono que ya no sonará. Huellas de vidas humildes y de existencias pudientes igualadas por la destrucción. Casas desiertas, en silencio, denso, que nos inoculan el veneno del miedo, de preguntas que no queremos contestar. ¿Dónde están sus habitantes? ¿Qué queda después de la tormenta?
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