Cádiz

Coronavirus en Cádiz: Mi Barrio Sésamo

  • La Laguna es como una ciudad pequeñita. En menos de cinco hectáreas viven casi 25.000 personas

reportaje gráfico: jesús marín Pedro, de la farmacia Beltrami, en la plaza Pintor Clemente de Torres, corazón del barrio, atiende a una cliente.

reportaje gráfico: jesús marín Pedro, de la farmacia Beltrami, en la plaza Pintor Clemente de Torres, corazón del barrio, atiende a una cliente. / Jesús Marín

Con una de las mayores densidad de población de Europa (24.000 habitantes en apenas 4,7 hectáreas), el gaditano barrio de La Laguna se ha tomado en serio el confinamiento. Y eso que la mañana de un Miércoles Santo, víspera de días extraños, de un puente sin más planes que el aplauso de las ocho de la tarde o esa novela espeluznante de Cormac McCarthy donde un padre y un hijo transitan por una carretera apocalíptica, presenta más ambiente de lo habitual en los últimos 20 días. El tiempo no acompaña además. Hace humedad, cada vez hay más nubes, y más mascarillas. Ya no sólo hay miradas desconfiadas entre vecinos de toda la vida y la dichosa distancia de seguridad, sino que la mayoría luce protección sobre sus rostros. Adió. Adió Juan. ¿Me conoces? No te voy a conocer picha mía, si vives en el bloque de enfrente desde hace 40 años. Ah yo qué sé… por si las moscas. Ni que llevaras un capirote de penitente Juan. Y Juan prosigue su camino cargado de bolsas mientras se ríe. Con esa risa franca y optimista que lleva cultivando toda la vida y con la que ningún virus va a poder.

La Laguna vive entre dos aguas, como aquella canción de Camarón. A poniente, esa playa tan urbanita cuyas gaviotas se preguntarán qué demonios les ocurre a estos humanos, a levante, Loreto, Puntales y más allá la bahía. La antigua zona pantanosa situada bajo el nivel del mar donde algunas familias pudientes del casco histórico tenían su chalet para pasar fines de semana y veranos es hoy día un bosque de altos edificios con locales comerciales en sus bajos. La plaza Pintor Clemente de Torres es uno de sus puntos neurálgicos. Allí conviven una farmacia, una panadería, un kiosco de prensa, una barraca, una frutería, una zapatería, un bar, una cafetería, tiendas de moda y hasta una de las mejores hamburgueserías de la ciudad, el Brighton, actualmente cerrado por mor de este virus mamarracho.

Ayer las colas salían de diferentes comercios. En la farmacia Beltrami Torres no faltan. Pedro, uno de sus empleados, una persona muy querida en el barrio, como sus compañeras Pilar o Carmen, reconocía que con el paso de las semanas la gente ha ido entendiendo mejor las condiciones del confinamiento. “Antes había personas que seguían viniendo cada día para ver qué tenían en la tarjeta sanitaria. Ahora no. Ahora ya saben que tienen que esperar a acabar los medicamentos y que el día que tengan que venir deben llevarse todos los productos que puedan para salir de casa lo mínimo”, cuenta Pedro. ¿Y no tendrás unas mascarillas por ahí Pedro? “Ni para nosotros. La gente nos las están pidiendo pero es que hasta ahora algunos distribuidores las están poniendo a unos precios a los que nosotros no podemos venderlas”. Y es cierto. En algunas farmacias han llegado a cobrar hasta a 16,90 un botecito de solución hidroalcohólica. En esta prefieren esperar a que los precios se estabilicen. No consideran normal vender una mascarilla a 15 euros cuando hace dos meses costaban tres. Ellos llevan pantallas sobre sus rostros y en el suelo hay líneas pintadas para que los clientes aparquemos como si fuéramos coches en una gasolinera. El máximo de clientes dentro de la farmacia es de tres y la norma se respeta a rajatabla.

En el kiosco Silvia reconoce que estos días se vuelve a vender más prensa. “Hubo un momento, cuando dijeron que estábamos llegando al pico de los contagios, que la gente se quedó más en casa y yo al menos lo noté. Ahora se me acaban los diarios a las once y media de la mañana. Hay muchas personas que aprovechan cuando salen a la farmacia o a hacer la compra para llevarse periódicos y revistas”.

Los supermercados vivieron ayer una jornada con mayor actividad por el puente

En la frutería de al lado Mari Paz despacha unas magníficas fresas de Conil. Los clientes tampoco faltan. Siempre en formación militar. La plaza, vista desde una azotea, es como un patio de armas con filas acá y allá. Y al fondo el Carranza. Silencioso. Y lo que le queda. Porque de aquí a que miles de personas se reúnan para lo que sea deberán pasar aún meses.

En la plaza su parque infantil sigue tan vacío como lo ha estado desde que Pedro Sánchez anunciara el estado de alarma. Dos vallas y una cinta policial, de esas que aparecen en las películas rodeando el lugar del crimen, disuaden a cualquiera de hacer uso del tobogán y los columpios. Así que los gritos infantiles que molestaban las siestas primaverales ahora llegan a echarse de menos. Así son las cosas.

Atrás de la plaza Pintor Clemente de Torres los comercios también tienen una gran actividad. La frutería de Pedro, otro de los enclaves más típicos del barrio, está en hora punta. Los compradores se piden la vez y esperan entre los coches, agazapados casi como gatos, con una mezcla de miedo, de respeto por las normas y de evitar el contagio con el bichito. Curiosamente en la misma acera hay una tienda de alimentación regentada por una familia china que lleva cerrada desde que estalló el brote en Wuhan. Un cartel anuncia que permanecerán cerrados hasta el 5 de abril, pero la fecha señalada ya pasó y la actividad no ha vuelto. A ver si no van a tener razón los que dicen que la pandemia no pasará del todo hasta que abran los chinos…

En la pescadería Ernesto los dependientes llevan semanas con mascarillas. Mira que son incómodas las mascarillas. No quiero pensar que voy a tener que llevarlas en verano, dice un vecino. Me puse una para ir al Mercadona y por poco me muero. Qué agobio. Lo importante es la higiene de las manos. Y no tocarse la cara. Le contesta otro señor. Es lo que tiene estar todo el día pendiente a las noticias. Que al final vamos a acabar todos con la carrera de medicina convalidada.

Más allá de la pescadería, Chari regenta una pequeña panadería donde también despacha otros artículos de primera necesidad, como cerveza y patatas fritas. “Estoy vendiendo más que nunca”. ¿Y eso? “No sólo pan, sino que ahora la gente hace una compra grande en el supermercado a la semana pero cuando tiene un desavío pues viene aquí, que si dos litros de leche, aceite, unas latas de cerveza o refrescos...”.

En la acera de en frente Electricidad Elegades tiene sus puertas cerradas. Su dueño, Pepe Fernández, otro vecino ilustre y querido del barrio, termina de hacer la compra mientras habla con unos y otros del monotema de estos días, de esta era del coronavirus que nos ha tocado vivir. Con lo que le gusta a Pepe coger su caravana y tirar carretera y manta.

Ya cerca de la avenida Juan sigue al pie del cañón en Alimentación Astorga. Medio siglo ya, como deja bien patente en su delantal negro, a juego con sus guantes y que hace contraste con su mascarilla blanca. El bar de su ultramarinos está cerrado, “pero la gente sigue viniendo a comprar, aunque ya de una manera más tranquila que antes de que se decretara el estado de alarma, que parecía que se iba a acabar la comida”, dice el bueno de Juan.

Ultramarinos como Astorga llevan medio siglo dando servicio a los vecinos

Donde sí que se están notando los efectos del virus malaje este es en Caníbal, un magnífico establecimiento que se escapa de las lindes de La Laguna para alcanzar la orilla de la avenida. Tras una gran inversión y unos primeros meses fantásticos, donde la calidad y el trato personalizado hizo que clientes de toda la provincia, y de otras, se interesaran por sus productos, estos días las compras han descendido. “Seguimos teniendo la tienda on line, pero es verdad que muchos de nuestros productos se meten por los ojos y la gente prefiere verlos. Antes venía gente de Jerez, Chiclana o Sanlúcar expresamente a comprarnos y ahora, al limitarse los movimientos de vehículos, lo estamos notando”, cuenta Juan Antonio, responsable de la tienda. Lo cierto es que por más que esté cerca el Viernes Santo cualquiera caería en la tentación que representa esa ternera rubia gallega. El que esté libre de pecado que tire la primera piedra.

El Miércoles Santo se notó en negocios del barrio, como en los congelados Aqualund, pero sobre todo en los supermercados. Tanto el Supersol del estadio como el Maxi Dia de la plaza Madrid, el Covirán de Goya o el Don Súper de la calle Velázquez tenían más afluencia de público que de costumbre, hasta el punto que algunos de sus empleados obligaban a los clientes a hacer cola en el exterior para no superar el aforo permitido. Pero lo triste no es hacer cola. Lo peor es hacerla sabiendo que todo eso que estás comprando no vas a poder compartirlo con tus amigos en la tradicional barbacoa chiclanera del Viernes Santo. Resistiré.

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