Cádiz

El Cigala mece las aguas del Río de la Plata con el duende flamenco

  • El cantaor madrileño protagonizó anoche el segundo de los recitales del ciclo Conciertos para la Libertad, que dedicó íntegramente al desaparecido guitarrista jerezano Moraíto Chico

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Cigala de los arrabales. El tango y el flamenco comparten la misma pena, idéntica tragedia, igual destino y parecida fortuna. Llevan la periferia al centro. La pena más honda al exterior. La vivencia personal a lo universal. El tango y el jondo. El jondo y el tango. Los amores extremos, la incomprensión, la muerte y la vida. Sobre todo, la vida. También dicen eso del bolero. "El bolero es la vida". Y el jondo y el tango y la copla... Y todas esas músicas que nos cuentan cada vez que las cantan. Diego El Cigala lo hace como nadie. Ya lo demostró con esa ficción de la vida que es el bolero (¿o es la vida la que cada vez más se parece a las canciones?) y, ahora, se reafirma en el folclor argentino. Lo vieron, lo palparon ayer. El Cigala meciendo las aguas del mismísimo Río de la Plata al compás, su compás, irremediablemente flamenco. El duende dando vueltas por Fragela, jugueteando entre la tinta roja (que diría Calamaro) de letras que están grabadas a fuego en la memoria. El duende nadando, qué digo, buceando entre las letras de Alfredo Le Pera y la música de Gardel. Diego El Cigala, arrabalero, como el tango, regalando su personal visión de estas melodías en el segundo de los Conciertos para la Libertad que organiza el Consistorio gaditano. Anoche en la plaza Fragela, toda empapadita de esa manera apasionada de concebir la existencia. La manera del tango, la manera del jondo. Los sentires que el cantaor marida en su último compacto Cigala&Tango.

El Cigala ofrecía -veinte minutos después de la hora prevista- unos tangos sin bandoneón pero con el compás rabioso de la guitarra del jerezano Diego del Morao cuya conexión con el cantaor madrileño quedó patente en todo momento. Las miradas, los gestos, las entradas y las salidas... Todo pasaba por esa línea oblicua invisible que unía a cantaor y guitarrista. De hecho, El Cigala no quiso dejar pasar más de una canción para dedicar su actuación al padre del tocaor, Moraíto Chico, uno de los grandes baluartes flamencos que falleció la pasada semana: "Esta noche es muy especial para mí -comenzaba con voz entrecortada y con silencios que hacían aún más emocionantes la sentencia-, es especial por la alegría que me da esta tierra y porque, y con el respeto de todos ustedes, quiero dedicar el concierto a mi tío Moraíto Chico".

Pero no solo la guitarra de Diego del Morao arropó la actuación del artista madrileño. Piano, contrabajo, percusión, palmas y violín funcionaron como una máquina bien engrasada para pasar de la estructura del tango a los caminos de más compás y jondura. De hecho, fue la banda quien echó a andar el concierto con una presentación musical en la que fueron pasando por ritmos por fiestas, a aires de salsa y samba. Un viaje interoceánico, un poquito de allí y un poquito de aquí.

El Cigala salía a escena con camina blanca impoluta y pantalón sobrio, tan negro como su melena ondulada y brillante que lleva bien despejada de la cara. Los aplausos no se hicieron esperar cuando el maestro sólo plantaba un pie en el escenario de Fragela. Garganta de arena, la letra creada por Cacho Castaña en homenaje a las maneras y la voz de Roberto Goyeneche, suena distinta, pero igual de sentida, en el rajo profundo del cantaor.

Diego se acompaña con sus propias palmas, sordas, ahora parecen un compás por bulerías, ahora parece seguir un tango flamenco. Palmas y pie. Una mano que se alza para decir el cante. Un dedo que señala al aire. Los ojos que se cierran. El quejido que nos avisa que no, que no solo es un tango. El público está silencioso. Y el viento también está en calma.

Con Las cuarenta, de Grela y Gorrindo, Diego controla el quejío y escuchamos perfectamente los avatares de esa vida al límite donde se aprende todo lo bueno y todo lo malo. El Cigala aguanta el cante y lo suela cuando el tema lo requiere. Es un ejercicio de vocalización, control y compás. Pero, como todo, el respetable sólo estalla en aplausos más generosos con las letras, quizás más conocidas, El día que me quieras, por ejemplo.

El tema de Le Pera y Gardel, mil veces versionados, de Calamaro a Luis Miguel, suena novísimo en la garganta de El Cigala. El rajo oscuro del cantaor no lo afea ni lo agria sino que lo enaltece y le devuelve verdad, rematándolo en un lerelere natural y sincero.

A solas con Morao llega Soledad. El jerezano toma la sonanta con dulzura, le arranca punteados y falsetas hermosas. El Cigala se atusa la melena, controla los compases, ríe y canta. A solas Soledad.

Y de un momento de intimidad al bullicio de la fiesta. Nostalgias, otra letra imborrable, grande y eterna, suena con la bulería pegada a la piel. Suben los palmeros, dos percusionistas enfrentando sus cajas, Morao que saca todo el Jerez que lleva dentro, y unos jaleos de arte: "¡Échale papas!" "¡Te quiero Cigala!"...

Las proclamas del público tampoco se quedan atrás en ánge. "¡Cigala, la melena pal Medinaceli!", dice una espontánea. "¡Eres Camarón dos!", grita otro aficionado. "¡Diego, otro fantita!", se anima uno más. El cantaor, desde el taburete donde entona, recibe los mensajes con una sonrisa amplia.

Tras un breve descanso que se toma el intérprete -en el que el grupo vuelve a demostrar todo su compás musical-, Diego vuelve para seguir desgranado los temas de Cigala&Tango. Ya sin los palmeros y con sólo un percusionista, la banda y el cantaor se enfrentan a Tomo y obligo, mucho más tranquila y serena que Alfonsina y el mar, mecida alegre y ritmosa.

Sus ojos se cerraron, el tango habanera Youkali y En esta tarde gris se sucedían sin que El Cigala perdiera ni un ápice de afinación, ni un poco de concentración. También hubo recuerdo para Rafael Alberti, Se equivocó la paloma (que musicalizara el argentino Carlos Guastavino),unos tangos extremeños y un homenaje a la tierra que lo acoge, alegrías de Cádiz.

Diego se va. Diego se fue. Dos veces. En la primera vuelta nos deja la Bien pagá. Y, en el segundo retorno, el fin de fiesta por bulerías. Con baile de los palmeros. El jondo que sale desde las profundidades del Río de la Plata. En una noche entre dos mares.

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