Sueños de los días de verano

Castillos en la arena, castillos en el aire

  • Cómo vivir donde no se puede vivir, me pregunto, mientras me dedico a poner piedrecitas de cristal y plumas (literal y figuradamente) en los castillos a medio hacer. Qué suerte los de mi generación y aledaños, que nos hemos hecho adultos entre dos burbujas inmobiliarias. 

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Castillos en la arena, castillos en el aireSueños de los días de verano

Construir castillos en la arena está sólo un paso por delante de construirlos en el aire o en la luna. Siempre he sido del equipo de la belleza por la belleza -en el banquillo, calienta "perder el tiempo es el verdadero lujo", no lejos de "¿qué es el dinero, en cualquier caso?"- pero siempre me ha provocado una tristeza perpleja eso de pasar horas levantando la construcción perfecta en la orilla para, después, levantarte y abandonarla. En cinco minutos, un niño le habrá dado dos patadas, o subirá la marea y, antes de que se den cuenta, almenaras y puentes levadizos estarán saludando a las holoturias: nunca hubo mejor lapso, en tiempo vida de mariposa, de lo que termina pasando con nuestras aspiraciones patrimoniales. Los castillos reales, los de vivir los humanos, hace tiempo que han termino siendo: 1. Ruinas 2. Atracciones. Y raro es el término medio: el gasto que suponen en su mantenimiento es tan brutal que apenas hay fortunas que puedan asumirlo (o apenas hay fortunas que puedan asumirlo sin que el asesor financiero los califique de ruinosos agujeros negros). En Reino Unido, no hay palacio en pie que no esté abierto a los turistas (incluso pueden verse los saloncitos con la típica ristra de fotos de ascendientes y descendientes varios, dedicados a pasar parte de sus existencia, o del año, en Sudáfrica, Ceilán o en cualquier clima no brumoso en el que puedan agenciarse un campo de golf. Incluso Highclere, la finca de Downton Abbey, tiene que hacer frente a unos gastos de mantenimiento que aún resultan mareantes a pesar del rodaje, y a pesar de estar abierta a las visitas.

El castillo como ruina familiar. El castillo, me dirán, y la casa de los abuelos. Dado que la desfachatez del mercado inmobiliario no conoce límites y su poder, tampoco, aprovechando que estábamos liadillos con el tema de no perder el trabajo y/o no entrar en un círculo miserable, los del "sector" descubrieron que, allá donde puede haber una burbuja, puede haber dos. Alegría. Así que el que tiene un metro cuadrado en propiedad, tiene un tesoro. Y no importa que las circunstancias cambien, que el hijo mayor necesite una habitación para pasar consulta de quiromasajista o que te hayas gastado la pasta que tenías en una FIV (esa es otra) y ahora esperes trillizas. No. No way. De aquí no se mueve nadie. O nos movemos para vivir apiñados y cederle la mitad del piso a AirBnB. El éxito inexplicable que tienen los programas de redecoración lo demuestra. Son atontadores y analgésicos, como un espidifén con el dolor de regla. No en pocas ocasiones, las soluciones son alucinantes: "Vuestro problema se puede solventar levantando una casa de invitados en vuestra parcela de cien metros cuadrados" -con una parcela de cien metros cuadrados, Mari, no hace falta ser el Houdini de Decoreto-; o "Este chalé de mierda que habéis tenido la desgracia de heredar puede convertirse en un joya del art decó con una inversión de 80.000 euros. ¿Dije 80.000 euros? Ponle 120.000": no son pocos los que afirman haberse arruinado tras alguna de estas iniciativas de redecora tu vida.

Cómo vivir donde no se puede vivir, me pregunto, mientras me dedico a poner piedrecitas de cristal y plumas (literal y figuradamente) en los castillos a medio hacer (estoy en esa fase de la vida, literal y figuradamente). Qué suerte los de mi generación y aledaños, que nos hemos hecho adultos entre dos burbujas inmobiliarias. No hay manera de alquilar (bueno, sí, con dos sueldos enteros en la patria del 30% de paro. Arriquitáun), no hay manera de comprar (bueno, sí, empeñando un riñón, las córneas y ofreciendo al primogénito en las 'Sagradas Escrituras'). En Cadi-Cadi, todo lo sabemos, lo único que nos va quedando es irnos a vivir a la piña de Bob Esponja. Resulta que en el sitio en que mejor sabemos vivir -el primero que soltó semejante memez está ahora mismo con una dorsal siempre cambiante recorriendo círculo tras círculo del infierno-, no se puede vivir.

Irónico, ¿eh? Pregúntenle a Mallorca.

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