De Cádiz a la Gran Manzana

Joaquín Fernández Revuelta falleció el pasado 11 de marzo en Nueva York, a los 89 años

Joaquín y su mujer, María, en los 50.
Joaquín y su mujer, María, en los 50.

OBITUARIO, 14 de abril 2012 - 01:00

El pasado 11 de marzo pasará a la historia en nuestra familia como lo hizo esa misma fecha fatídica para este país. Ninguno de nosotros podíamos presagiar que quedaría en nuestra historia, como el día que nos dejó nuestro tío Joaquín Fernández Revuelta, en su casa de Nueva York a los 89 años. Sé que esto de aparecer en un escrito y publicado en un medio de comunicación, no le gustaría, ya que jamás quiso trascender a pesar de sus logros personales y profesionales, pero estas palabras que le dedico son mucho menos que un merecido homenaje.

Patriarca que era de nuestra familia, y único de nosotros que quedaba de esa generación de españoles que vivieron una de las etapas más duras de nuestra historia, siempre supo mantener a la familia unida, a pesar de los miles de kilómetros que nos separaban, y nos acogió con cariño y generosidad en su casa americana, cada vez que lo visitábamos. Hasta Nueva York había llegado hacía 60 años, en busca del color de la vida, que en España se había teñido de un gris oscuro, aderezado y acentuado por la escasez, la hambruna y tristeza posterior a la contienda.

Abandonó y sacrificó lo que más quería, su familia, sus estudios, su ciudad, sus amigos, en aras de buscar algo mejor poder ayudar, junto con sus hermanos, a los que dejaba a este lado. El hijo del sastre cruzaba el océano en barco, a sabiendas de que la vuelta no era fácil, en vistas de un futuro incierto que se suponía difícil en una etapa de la historia complicada. Ese valor y coraje que hoy tanto envidiamos y admiramos sus familiares y que no mucha gente es capaz de tener para hipotecar tantas cosas, fue cuna de su éxito.

Seducido por el periodismo, la escritura y la música fue esta última a la que dedicó gran parte de su vida, campo que agradeció su colaboración y entrega, durante su desarrollo profesional en la ciudad de los rascacielos hasta su retirada. Pero antes de aquello, consiguió un sueño, su sueño americano, cuya cumbre y mayor logro fue su familia, su mujer y su hijo, para ahora seguir la estela con su nieta Belén, continuidad de la saga gaditana por tierras del nuevo mundo.

Estirpe de maestros, que sigue al otro lado del charco, como muchos españoles que sacrificaron todo, por encontrar un mundo mejor. Andaluz y gaditano de pro, que ejerció como tal desde principio a fin, añorando cada resquicio de su tierra y viniendo todos los años a impregnarse de España hasta que las fuerzas le vencieron. Este Cádiz del siglo XXI lo echará en falta en sus calles de aroma a mar, por donde le gustaba pasear con la mirada nostálgica a esa ciudad de principios de siglo le había visto dar sus primeros pasos y por la que habían paseado familiares y amigos que ya no estaban. Pasión por un pasado, que le llevó a plasmar de forma rigurosa en una maqueta en tierras americanas, de la ciudad que le vio nacer y a bautizar su piscina con el nombre de La Caleta. Era su manera de 'permanecer' en España y en Cádiz, en definitiva, de estar cerca de los suyos.

Disfrutaba de la familia como nadie, y nosotros con su presencia cada vez que nos visitaba. Por fortuna nos dejó sus memorias, donde nos explicaba a los más jóvenes sus vivencias de niño en ese Cádiz de los años 20 y 30, un Cádiz Republicano, y un Cádiz convulso y revuelto en plena guerra civil con pasajes que jamás olvidaré, como aquel donde relata que de niño, al comienzo la misma, iba de la mano de su padre, mi bisabuelo Pepe, por la plaza de Argüelles de la ciudad trimilenaria, y comenzaron los bombardeos, momento en el que mi bisabuelo, se tiró al suelo con su hijo y lo cubrió con el cuerpo para que no fuera herido.

Nuestro sentimiento de haber tenido la suerte de conocerlo, de haber podido compartir su vida, su fino y elegante sentido del humor, su pensamiento, sus vivencias, su cariño y afecto además de su apoyo incondicional, es lo único que hoy día nos puede mitigar levemente el dolor de haber perdido alguien tan importante para nosotros. Le echaremos mucho de menos y permaneceremos siempre aquí, orgullosos de él, de su trabajo, su sacrificio, su generosidad, su vida, sin olvidarlo nunca, por más que pasen los años.

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