Arquitectura

Antonio Sánchez, la huella del arquitecto y del hombre

  • Un acercamiento al perfil humano y profesional del gaditano Antonio Sánchez Martínez-Conde, que falleció la semana pasada a los 88 años

Imagen del conjunto residencial Reina Victoria, obra del arquitecto Antonio Sánchez Martínez-Conde. Imagen del conjunto residencial Reina Victoria, obra del arquitecto Antonio Sánchez Martínez-Conde.

Imagen del conjunto residencial Reina Victoria, obra del arquitecto Antonio Sánchez Martínez-Conde. / Julio González

Todos los hombres dejan su legado, todos. En unos casos se trata de una herencia inmaterial, una forma de ser capaz de marcar a otras personas y cuya imagen se proyecta en el recuerdo de sus seres más queridos. En otros casos, el ser humano deja tras su vida una huella visible, una obra reconocible y destacada cuyo sello permanece para disfrute de generaciones venideras. En el caso del arquitecto gaditano Antonio Sánchez Martínez-Conde, que falleció el pasado día 5 a los 88 años, su legado es doble: comprende ese bagaje humano por el que sobresalió como persona y, también, la notable huella de su obra arquitectónica, pública y visible en tantas ciudades, entre ellas su Cádiz natal.

Fue en la plaza de Argüelles donde nació, un 2 de septiembre de 1931, Antonio. Hijo de Antonio Sánchez Esteve –arquitecto municipal y autor de destacadísimas construcciones repartidas por la ciudad– y de la santanderina Pilar Martínez-Conde, estudió con los marianistas en el colegio San Felipe Neri y con los hermanos de la doctrina en La Salle Viña, donde precisamente se preparó para recibir la primera comunión en 1940. Un año más tarde su familia se trasladó a vivir a un chalé en la zona de las Tres Marías, donde vivió hasta que marchó a Madrid para, siguiendo los pasos de su padre, estudiar arquitectura.

Antonio Sánchez Martínez-Conde, en una imagen cedida por su familia. Antonio Sánchez Martínez-Conde, en una imagen cedida por su familia.

Antonio Sánchez Martínez-Conde, en una imagen cedida por su familia.

Y la arquitectura fue desde entonces su vida. Y también lo fue su familia: se casó en Antequera, en 1963, con Mercedes Trujillano Puya. Ambos tuvieron cinco hijos.

Trabajó durante muchos años como arquitecto de la Hacienda Pública y fue responsable de la parte del catastro, pero también, como recuerda su familia, fue arquitecto de construcciones escolares y recibió hacia 1970 un encargo especial de mano de Pedro Valdecantos, entonces delegado de Educación. Por aquella época, el Gobierno de Franco nombró a Cádiz provincia piloto para la construcción de nuevos colegios con la vista puesta en el nuevo sistema educativo. Se formaron tres grupos de trabajo que diseñaron cuatro tipos de centros escolares. De aquella época, por ejemplo, es el colegio Capuchinos que fue encargado a Javier de Navascués.

El encargo a Antonio Sánchez incluía colegios repartidos por varias localidades de la provincia gaditana. Así, como recoge el Archivo de Arquitectura Moderna y Contemporánea del Colegio de Arquitectos de Cádiz, Antonio Sánchez proyecta entre otros, en la mayoría de los casos junto a Francisco Hernández-Rubio Cisneros, los colegios Andrés de Rivera y Antonio de Nebrija (en Jerez), Vicenta Tarín, San Francisco y Maestro Arocha (Arcos) y el centro Ernesto Olivares en San José del Valle.

Si el padre Sánchez Esteve construyó el colegio de San Felipe Neri de extramuros, el hijo Sánchez Martínez-Conde recibió el encargo de levantar el edificio de primaria en el mismo centro educativo. No fue esta la única coincidencia profesional que pudo tener con su progenitor: como recordaba José Luis Ballester en el artículo que publicó en este periódico el pasado sábado, a Antonio le ilusionó mucho reformar la sala del isleño Cine Almirante que su padre había diseñado muchos años antes. Y mientras Cádiz tuvo de la mano de Sánchez Esteve su primer cine con aire acondicionado, el Cine Gades, San Fernando lo tuvo con el Cine Alameda de manos de su hijo.

Pero el legado de Antonio Sánchez Martínez-Conde, que también fue presidente del Colegio de Arquitectos de Cádiz entre 1971 y 1973, se prolonga más allá de estas obras. Construcciones suyas son, por ejemplo, el conjunto residencial Reina Victoria, el edificio de Bahía Blanca esquina a Hibiscos, el edificio junto a la cafetería Miami, la iglesia de los Salesianos (todos en Cádiz), la Delegación de Hacienda de Jerez, el Hotel Playa de la Luz en Rota... Más de 1.700 proyectos entre los que están numerosas intervenciones privadas y la adaptación del acceso a una nueva zona de administración en el histórico edificio de Diario de Cádiz en la calle Ceballos.

Queda, pues, su huella constructiva, pero también permanece su altura humana y espiritual, la que la propia familia recordó durante su funeral: “Persona de gran fe, coherente y decidido”. Hombre convencido y convincente, solidario y entregado, que también formó parte del AMPA de Afanas porque uno de sus hijos, Antoñete, fue alumno del centro.

Esta es la huella, parte de la huella, que dejó el arquitecto, la visible, pero este es también parte de su legado humano, quizás hasta más valioso que el material.

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