Crónicas del Trienio en Cádiz

Antonio Alcalá Galiano, un gaditano dos veces ministro

  • Un repaso por la trayectoria política de un convencido y exaltado liberal que llegó a formar parte de los gabinetes de Istúriz y Narváez

  • Murió en pleno Consejo de Ministros en 1865

Un retrato de Antonio Alcalá Galiano.

Un retrato de Antonio Alcalá Galiano. / MINISTERIO DE FOMENTO

El siglo XVIII supuso para Cádiz una época de gran pujanza económica y de desarrollo urbanístico, que hizo de ella un importante centro comercial y tal vez la cuarta urbe española en importancia demográfica. De sus bondades nos queda un buen número de testimonios, tanto de viajeros peninsulares como extranjeros. Sin embargo, con el nuevo siglo XIX todo esto fue desapareciendo debido a una serie de circunstancias complejas, entre las que destacan la pérdida de las colonias americanas, las guerras napoleónicas y la constante inestabilidad política. Como resultado, a mitad de dicho siglo había quedado relegada a una capital de provincias de muy limitado significado.

Por el contrario, si nos atenemos a una serie de acontecimientos de primer orden en torno a la ciudad y su Bahía a lo largo de esta centuria decimonónica, observamos que si bien Cádiz pierde en importancia económica, gana en importancia política, siendo en varias ocasiones centro de atención de la vida nacional e, incluso, internacional. Tras sus muros, previa instalación de todo el aparato del Estado, se promulgó la primera Constitución de España en 1812 y, posteriormente, se fraguaron dos grandes revoluciones de incuestionable calado. La primera supuso el acatamiento del régimen constitucional por el Rey en 1820 y la segunda provocó el derrocamiento y salida de España de la Reina Isabel II en 1868. Ambos acontecimientos tuvieron como principal protagonista al Ejército. A todo ello hemos de unir una larga nómina de políticos gaditanos que jugaron un importante papel a nivel nacional, entre los que destacamos a Francisco Javier de Istúriz, Juan Alvarez Mendizábal, Emilio Castelar o Segismundo Moret. A dicha nómina hay que añadir a Antonio Alcalá Galiano, que si bien vivió los primeros acontecimientos revolucionarios del siglo, siguió en activo durante parte de su segunda mitad, gozando de gran reconocimiento también por su labor literaria e historiográfica.

Su participación en la revolución

Hijo del brigadier Dionisio Alcalá Galiano, que murió en la batalla de Trafalgar al mando del navío Bahama, nació en Cádiz el 22 julio 1789. Bajo el patrocinio del Estado comenzó su educación viajando a Madrid para ingresar en el Ejército, cosa que no haría por falta de vocación, destinándosele, pues, al Cuerpo Diplomático. Tal vez, en contraste con el cosmopolitismo de su Cádiz natal, resulta curiosa su primera impresión de la capital de España, “pueblo feísimo, con horrible caserío”. De vuelta, tras el inicio de la Guerra de la Independencia, siguió muy de cerca la vida de la ciudad, tanto el sitio por parte de los franceses como la agitada actividad en torno a las Cortes. Todo ello nos lo dejó plasmado en sus amenos Recuerdos de un anciano, cuyas páginas no tienen desperdicio y constituyen un documento de primera mano para conocer de cerca el Cádiz de aquellos años. Lo concurrido de la calle Ancha, plaza de San Antonio o la Alameda, “pobre y fea entonces, pero con deliciosas vistas”, contrasta con noticias más reservadas como su ingreso en la masonería, tal vez de la mano de José Mejía Lequerica. También nos describe sus inquietudes periodísticas y el radicalismo de sus ideas, colaborando en publicaciones de claro matiz exaltado.

Tras la disolución de las Cortes y el fin de la guerra seguiría luego con estas narraciones en sus Memorias, donde nos cuenta su destino en Suecia como secretario de la Embajada y su posterior regreso a Cádiz al solicitar un cambio de destino en la Legación de Brasil. También, detalles más escabrosos como la traumática separación de su mujer a la que acusó de manifiesta infidelidad o su caída en lo que calificó como “vida libertina”.

Al llegar de nuevo a principios de 1818 y desde un punto de vista masónico, se asombró de lo lento que iban los preparativos de la futura revolución, por lo que se puso en contacto directo con lo que podemos considerar la trama civil de la conjura, los hermanos Istúriz, Mendizábal y el decano del Colegio de Abogados, Domingo Antonio de la Vega. La paralización del golpe en verano de 1819 abortó la operación, sólo salvada por el alzamiento de Riego en 1820 a pesar de que no lo vio con buenos ojos, llegando, incluso, a calificarlo de “paso ajeno a nuestro proyecto”. A partir de ahí participó muy activamente para que Cádiz, muy dubitativa al principio, también se sumara a la revolución, siendo uno de los editores de la Gaceta Patriótica del Ejército Nacional.

El paradigma del conservadurismo liberal

Gran orador, tras el triunfo de la revolución hizo gala en Madrid de un liberalismo exaltado, llegando incluso a posicionarse a favor de la independencia de la América española. Asiduo de las tertulias en la Fontana de Oro, fue intendente de Córdoba y luego diputado en la legislatura 1822-1823, refugiándose finalmente en Cádiz en el verano de 1823 cuando la invasión de Angulema. Precisamente, fue uno de los tres ponentes que declararon al Rey incapacitado “por impedimento moral” en una interpretación bastante discutible de la Constitución, tras negarse éste a seguir al Gobierno y a las Cortes.

Con la caída del el régimen constitucional emigró a Inglaterra, donde permaneció diez años enseñando lengua y literatura española en Londres, siempre en contacto con el resto de los exiliados españoles. Vuelto a España en 1834 tras la muerte del Rey, muy influido entonces por el doctrinarismo francés y el sistema constitucional británico, dejó atrás su ímpetu exaltado para pasar a convicciones conservadoras y a un posicionamiento mucho más posibilista y pragmático. Procurador en Cortes durante el Estatuto Real (1834-1836) y ministro de Marina en el gabinete de Istúriz, aprobada la nueva Constitución de 1837 resultó elegido diputado por Cádiz, en un periplo político que le llevaría posteriormente a ser diputado por Madrid y Barcelona, para acabar siendo finalmente ministro de Fomento en el gabinete de Narváez. En pleno Consejo de Ministros le sorprendió la muerte el 11 de abril de 1865 a causa de una apoplejía fulminante.

Miembro de la Real Academia de la Historia, publicó también unas Lecciones de Literatura Española y un Manual de Derecho Político y Constitucional. En un gesto de chovinismo gaditano o de error histórico, su nombre figura en el monumento a la Constitución de 1812 en la Plaza de España junto a diputados notables de aquellas Cortes, cuando lo cierto es que nunca lo fue, como muy bien reconoce en sus Memorias. Es cierto que hubo un diputado del mismo nombre, se trataba de un tío suyo, representante por Córdoba, de muy escasa significación política y además contrario a las ideas liberales. Tal vez eso pueda explicar, en parte, dicho error.

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