Alarma: ¡Incendio!
Se cumplen 25 años del fuego que se declaró en el Puerta del Mar y que obligó a evacuarlo. Fue una noche larga donde brillaron el miedo y la solidaridad.
Los humanos no olvidamos con facilidad. La memoria puede arrumbar en un rincón episodios más o menos intrascendentes de nuestra vida, pero cuando algo duele de verdad, cuando se graba a sangre y fuego, los sentimientos se resienten a cada poco. Quizá por eso no habría que tomarse a la ligera cuando se habla de resentimiento, porque con ello lo que se hace es reconocer que hay acontecimientos que marcan y que se vuelven a experimentar con fuerza y nitidez casi a diario.
A los cientos de personas que vivieron el incendio del hospital Puerta del Mar que tuvo lugar en abril de 1991 les pasa algo parecido. Acaban de cumplirse 25 años de aquel suceso que conmocionó a la ciudad pero, en cuanto iniciamos este reportaje con un grupo de los profesionales del centro en la Sala de Juntas, los recuerdos son tan vívidos, las anécdotas tan frescas, que parece que el tiempo se ha detenido entre aquellas llamas.
Entre los presentes en esta especie de terapia del recuerdo planteada por Diario de Cádiz se encuentra Pepe Dorronzoro, director provincial en aquel momento y que vivió el incendio en primera persona ante la ausencia del entonces director gerente del centro, Antonio Rodríguez Zarallo, a quien el fuego pilló en Barcelona por motivos profesionales. Dorronzoro tiene una memoria prodigiosa para los detalles y lleva la voz cantante cuando se empiezan a relatar los sucesos de aquella noche del 16 de abril. "Sobre las 21:30 horas, Santiago Cousido, jefe de guardia, me dice que hay un conato de incendio en el pañol, en el sótano del hospital. Decidimos ir dando las altas que podemos y cerrar los ingresos. Ocurre que el fuego se declara justo en el cambio de turno, por lo que los que estaban saliendo se quedan para ver qué pasa y ayudar, así que tenemos el apoyo de mucha gente". A los pocos minutos, el humo ya va subiendo hacia el resto de plantas del hospital en su ala izquierda. "A las 21:45 salta el cuadro eléctrico y empezamos a llamar a la gente. Poco después ya hay humo. A las 22 horas se llama a los Bomberos, que tardan cinco minutos en llegar con dos camiones con bombas de agua".
Se empieza a trasladar a pacientes al ala opuesta a la zona del sótano que está ardiendo y se monta un centro de urgencias en el garaje del hospital para clasificar a los pacientes. En el vestíbulo se improvisa un control que decide si cada paciente se va de alta total o si es trasladado a otro centro de la provincia. Hay que tener en cuenta que aquella noche había 711 personas ingresadas, y sólo se da de alta a 276, el 38%. 167 enfermos son trasladados al hospital de Puerto Real, 143 a San Carlos, 98 a San Rafael, 17 al Clínico de Jerez, 7 al Santa María de El Puerto y 3 a la Clínica de La Salud.
Aunque se mantiene la calma, Dorronzoro recuerda que se ordena la evacuación parcial de la zona que se encuentra sobre el pañol, de la décima planta hacia abajo. Hay desconcierto pero no pánico y se funciona con normalidad. Sin embargo, a las 00:45 se produce un hecho que agrava la situación. "El fuego alcanza material inflamable y se produce una deflagración importante, es entonces cuando el incendio, que no estaba apagado pero sí controlado, se descontrola y se ordena la evacuación de todo el hospital", rememora Dorronzoro.
La temperatura en el sótano del hospital llega a alcanzar los 1.300 grados centígrados, según demuestra el informe posterior, lo que llega a afectar a algunos pilares de la estructura de un hospital que está dividido en cinco edificios con sus correspondientes juntas de dilatación.
Los protagonistas recuerdan su obsesión por impedir que el fuego alcanzara dos zonas claves del hospital: la sala de los historiales clínicos y la unidad de medicina nuclear. Existe miedo a que el fuego queme las placas de rayos X, que entonces contenían plata, y que sometida a altas temperaturas sueltan un gas que puede ser mortal en pocos minutos. En cuanto a la medicina nuclear, contaba con productos radioactivos. Los doctores Pablo Román -posteriormente concejal de Urbanismo- y Antonio García Curiel se pertrechan con trajes de amianto y bajan para comprobar el grado de derretimiento de la puerta de plomo del área, porque en caso de haber sido alcanzada se habría producido una contaminación radioactiva en Cádiz y se habría generado otro problema aún mayor.
Pero, mientras que el fuego avanza en el pañol, en el otro ala del hospital nadie nota nada. Dulce Nombre Medina, enfermera aquella noche, recuerda que no había ni olor a quemado. "Nos dijeron que había un fuego pero no le dimos importancia. De hecho, cuando nos ordenan que empezáramos a evacuar a los enfermos no nos lo creíamos".
Charo García Juárez, nombrada hace apenas unos días jefa de Enfermería del centro, vivió el suceso como enfermera en la Unidad de Infecciosos. "Como esa área tiene un sistema de aire independiente no notamos nada hasta que se ordenó que había que desalojar el edificio. Por suerte, aquel día no había pacientes en aislamiento", recuerda.
Las zonas que sí se ven afectadas rápidamente por el humo son la UCI Pediátrica y Neonatología. "No teníamos más que unas pocas incubadoras portátiles, y recuerdo que había una niña que necesitaba un respirador permanente o su vida corría peligro", recuerda Inmaculada Perteguer, enfermera de guardia aquella noche dramática. "Nos dijeron que pusiéramos toallas en la UCI porque entraba el humo por todas partes. De hecho, las paredes del hospital, hasta la sexta o séptima planta, quedaron negras completamente por el hollín", continúa.
Y mientras las entrañas del hospital ardían y la temperatura ya se notaba hasta en el suelo del exterior, en la tercera planta una mujer daba a luz en el paritorio. Sara Ramos y Sofía Ruiz, las matronas que la atendían, aún recuerdan aquellos momentos donde las emociones circulaban a toda velocidad. "La mujer estaba de parto y no la podíamos mover. Estábamos todos ahí, con el doctor Guillermo Boto, intentando tranquilizar a la señora y a su marido, y a la vez muertos de miedo claro, porque pensábamos que el hospital podía venirse abajo si los pilares no resistían el calor. Fue duro. Yo aún tengo pesadillas con esa noche", cuenta Sofía. Por fortuna la niña nació sin problemas, una chica que acaba de cumplir 25 años y a la que se puso por nombre Candela, para que nunca se le olvide que vino al mundo mientras las llamas amenazaban a sus padres y a los profesionales que antepusieron su nacimiento a su propia seguridad.
A los pocos minutos de dar a luz, las matronas y los celadores bajan a la mujer en una silla de ruedas por las escaleras. "Otra señora, a la que hubo que hacer una cesárea el día anterior, bajó por las escaleras de incendio a la calle sin quejarse. Lo que hace el miedo oye", cuenta Sara. "A la recién nacida me la llevé yo en una ambulancia al hospital de Puerto Real, que íbamos tan rápidos y con la carretera mojada por la lluvia que pensé que nos íbamos a matar por el camino", dice Sofía.
Vicente Puchi y Manuel Fernández eran jefes de turno del hospital durante aquella época, en el caso del primero de ellos aún sigue activo. "Cuando se ordenó evacuar empezamos a bajar a los enfermos y a dar altas. A algunos incluso los bajábamos en los ascensores, hasta que nos dijeron que no podíamos hacer eso", rememoran.
Todos los presentes aplauden cómo la ciudadanía se volcó con el incendio. "Fuimos bajando las camas para los enfermos que no podían estar levantados y las colocamos bajo el techo exterior. Llovía y hacía frío. Los vecinos traían mantas y ayudaban. Los taxistas llevaban a personas a otros hospitales, a sus casas, porque todos salimos en pijama claro. No tuvimos tiempo ni de recoger nuestras cosas".
Dorronzoro recuerda la importancia que tuvo la diligencia que mostraron los profesionales del Puerta del Mar. "El hospital contaba con un Plan de Emergencias, un documento que descubrí cuando llegué a mi puesto y me puse a pensar qué era lo peor que me podía pasar".
Esto resulta clave para que cuando Dorronzoro llegue al hospital tras declararse el incendio ordene que se monte un Centro de Decisión Único, y desde allí se oficializa la iniciativa que va tomando el propio personal del centro, que, "hay que destacarlo, tuvo una respuesta excelente", afirma.
El Ejército y el resto de centros sanitarios de la provincia también se vuelcan con el Puerta del Mar y sus profesionales. La Marina envía rápidamente varios camiones de Infantería en los que se trasladan camas y material a otros hospitales. Dorronzoro recuerda que los soldados "abrieron un corredor por la autovía de San Fernando sólo para que circularan ambulancias y vehículos militares, a fin de aligerar el traslado a San Carlos". Sin embargo, los camiones pesados no pueden acercarse hasta el hospital porque hace tanto calor en el sótano que empieza a fundirse el hormigón de la carretera, que se pega a los neumáticos. "Temíamos que uno de estos camiones hiciera que el suelo se rindiera y se viniera abajo, agravando la situación", dice Dorronzoro. Además, todas las ambulancias de la provincia esa noche se dedican a realizar traslados de enfermos.
Francisco Correro, de digestivos y Enrique Calderón, anestesista, ambos residentes en 1991, también recuerdan anécdotas de una noche imborrable y de cómo intentaban dar altas y no recibir más ingresos. "Algunos enfermos que eran de fuera de la capital y que no tenían familiares se fueron a casa de sus compañeros de habitación. Otros, tras recibir el alta, se quedaban para ayudar. Fue toda una lección de solidaridad la que se dio". De hecho, Inmaculada Ruiz-Mateos, administrativa del centro ya entonces y a la que le tocó hacer inventario habitación por habitación, planta por planta, recuerda que al día siguiente "cuando comenzamos a llamar a algunos pacientes por teléfono para saber de su situación nos decían que fulanito estaba con ellos en su casa". Otros pacientes en buenas condiciones físicas y que sólo esperan una intervención empiezan a coger el autobús de línea a San Fernando en pijama con su alta bajo el brazo.
A las seis y media de la mañana se da por apagado el fuego, aunque no se declara extinguido completamente hasta 36 horas después. Durante días el hospital permaneció cerrado y hasta el verano no volvió a trabajar con normalidad absoluta.
Recuerdan los facultativos que en los días posteriores al incendio se montó un armatoste móvil con vigas para ir avanzando por la estructura carbonizada del sótano y que técnicos de Vorsevi dieron el visto bueno para que se pudiera entrar en el centro a recoger informes médicos y objetos personales. "La espontánea colaboración de la gente fue clave", dice Dorronzoro. Y Manuel Fernández hace hincapié en que hasta el dueño de Electricidad Lora comenzó a llevar linternas y alargaderas para intentar facilitar la labor del personal en su evacuación. El trabajo del desaparecido Antonio Sauco, en tareas de coordinación, también fue recordado por sus compañeros, que elogian que nadie reclamó haber perdido objetos durante el incendio una vez realizado el inventario, en el que aparecieron cosas tan curiosas dentro del hospital como una pequeña zodiac desarmada, sillas de playa y, sobre todo, muchos saleros para saltarse la rígida y sosa dieta hospitalaria. "También -cuentan- encontramos botellas de las que se utilizaban para que los pacientes miccionaran llenas de moscatel de Chiclana". Cosas de Cádiz.
Y, curiosamente, destacan que tras el incendio y la evacuación no se produjo reclamaciones. Nadie dijo que le había desaparecido ningún objeto. Claro que entonces no había móviles. "Pero hay que agradecer que la gente no fue rentista ni intentó beneficiarse del suceso para sacar dinero al seguro", comenta Pepe Dorronzoro.
Pero, ¿dónde se originó el suceso? Pues, según el informe posterior emitido por los Bomberos, todo empezó en un cargador de baterías para linternas, que hizo una derivación y esto, mezclado con los gases existentes en una zona que se había pintado recientemente, provocó que saltara un chispazo. La cercanía de la zona del almacén y lencería, junto a algunos disolventes existentes en el sótano, hicieron de combustible inusual para un incendio que sólo quedó en un susto pero que pudo haberse convertido en una tragedia de dimensiones incalculables.
Rafael Pereiro, actual director gerente del Puerta del Mar, reconoce para finalizar que ahora un suceso de estas características se trataría de manera diferente. "Hay un Plan de Emergencia Exterior que no deja de revisarse, que se analiza constantemente, los bomberos entran en el hospital cada poco para vigilarlo todo, la sensibilidad es enorme, hay detectores de humo... en fin... los tiempos han cambiado". Y tanto, porque, en 1991 incluso se podía fumar en todo el hospital.
La madrugada del 17 de abril de 1991 se dieron algunas imágenes que forman parte ya de la historia de la ciudad. Camas con enfermos en plena avenida de la ciudad, enfermeras sosteniendo goteros, pacientes en pijamas viajando en taxis, en autobuses, el ejército desplegado para trasladar material y enfermos. Como ven en las fotografías de nuestro compañero Manuel Bernet, los ciudadanos se volcaron ayudando en la evacuación de un centro en el que había ingresado aquella noche 711 personas, de las que 276 recibieron el alta. A la derecha, también puede verse cómo el pañol del sótano del hospital quedó totalmente devastado por el fuego, durante el cual nació una niña a la que se llamó Candela.
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