Cuchillo sin filo

Francisco Correal

Preguntoiro

26 de julio 2013 - 01:00

MI primera visión del tren es la de una gigantesca placenta. Yo fui un gallego placentero porque mis padres me concibieron en As Pontes de García Rodríguez, un pueblo coruñés muy industrial bañado por el río Eume. Como mi madre era la primera de las siete hijas que iba a estrenar la collera de la nueva generación, cogió un tren en Galicia hasta la Mancha para esperar el advenimiento en la panadería de la que mi abuelo Andrés era maestro panadero. Con un par de semanas me llevaron para Galicia. Mi infancia, pues, son recuerdos (contados, prestados, delegados) de un culebrón ferroviario. Imagino que a mi madre se le haría mucho más largo. Es triste asociar aquel alborozo de cuna y pañales, pionero de la estirpe a la que después se sumaron veintitantos, con todo lo contrario, con estos estragos de la muerte que como en el trenillo de las atracciones infantiles esperaba en la comba de la curva para saciar su apetito infernal.

Es Galicia un territorio sentimental. El lugar donde aprendí a caminar, a reír, a jugar, a llorar, a leer gracias a doña Antoñita Orosa, lucense de Villalba. A mi padre nunca le gustó conducir y los trenes eran una prolongación de la casa. He vuelto muchas veces a Galicia. En mi luna de miel, un par de meses antes de que cayera el muro de Berlín, el cuartel general era la casa de mi amigo Tano en la calle Preguntoiro de Santiago de Compostela. Tano es subdirector de El Correo Gallego, el periódico de Santiago. El estruendo de la curva de A Grandeira le cogió de vacaciones en Corrubedo, un pueblo paradisíaco de la Costa de la Muerte. Betty, su mujer, tuvo que viajar a Santiago para incorporarse al Hospital Clínico donde se están escribiendo los más tristes epitafios en la festividad del apóstol de Galicia.

Tano se quedó en Corrubedo con sus dos niñas, con Lola, que nació el día que un funcionario de prisiones le arrancó el brazo al Gran Poder, y Alba, que el 5 de julio cumplió un año y empieza a caminar. El padre de Tano era marinero y murió en un naufragio en San Vicente de la Barquera. Lo de la Costa de la Muerte no es un reclamo turístico. La última vez que estuve en Santiago fue para ir a la boda de Tano en la ría de Arosa. Los dos conocíamos a una de las víctimas, el periodista Enrique Beotas. Fuimos compañeros de clase en la Facultad y a Tano le consiguió un par de entradas para ver al Madrid. Una de ellas, contra el Liverpool.

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