Punto de vista

José Ramón del Río

jdel35@hotmail.com

M. Olivencia

Cuando él me decía que nuestro grupo era muy bueno yo le replicaba que él fue el que nos hizo buenos

La M. del título no es la referencia a su nombre de pila, sino que la consigno para referirme a que fue mi maestro. Han sido tantos y tan importantes sus alumnos que presumir de eso no tiene nada de especial, pero sí lo tiene, como él reconocía, haber sido uno de sus primeros alumnos. Efectivamente, allá por el año 1955, cuando yo comenzaba el 4º de Derecho, a un grupo de alumnos del CEU en el Colegio Mayor de San Pablo, nos dio la asignatura Derecho Mercantil. No era entonces catedrático (lo fue en 1960) sino ayudante en la Cátedra de Joaquín Garrigues, en la Universidad de Madrid. Muchos años después él recordaba los apellidos de aquellos alumnos, mis compañeros, de los que unos fueron luego catedráticos de universidad, embajadores de España, magistrados del Tribunal Supremo o abogados del Estado, en mi caso. Cuando él me decía que nuestro grupo era muy bueno yo le replicaba que él fue el que nos hizo buenos, porque esta es la tarea principal de un maestro. Estaba entonces soltero, recién llegado de Bolonia y vivía en el Colegio Mayor César Carlos. En el curso siguiente, por razón de una enfermedad, nos dio clase del segundo año de Derecho Mercantil M. Broseta, que luego, ya catedrático, sería asesinado por ETA.

Pasados los años tuve la suerte de coincidir con él en la Sociedad para el Desarrollo industrial de Andalucía (Sodian), constituida en mayo de 1977 y hoy extinguida. Él ostentaba la presidencia y yo, consejero, representaba a la Caja de Ahorros de Cádiz, por mi condición de Presidente de la entidad. En aquellos Consejos pude apreciar, además de su buen juicio, su sentido del humor, escueto e inteligente, propio de un rondeño. Luego tuve con él algunos contactos profesionales en asuntos que compartimos y coincidí con él, salvando las distancias, en su definición de ser un abogado artesano, amanuense y que escribe a mano sus trabajos.

Lo saludé en la Real Academia de Buenas Letras de Sevilla, donde presentó el libro de Pablo Gutiérrez Alviz, recapitulación de artículos publicados en periódicos del Grupo Joly y la última ocasión en que le vi fue en los Reales Alcázares, cuando se le concedió el pasado mayo el VI premio Manuel Clavero, que otorga Persán y el Grupo Joly, y nos deleitamos con su parlamento de gracias por la concesión, que ha glosado con su habitual acierto J. J. León, en estas páginas.

Fue un gran hombre, como testimonian tantas personas ilustres. Mi pésame a sus familiares. También a la universidad y a los profesionales del Derecho. Su pérdida, sin exageración alguna, es irreparable. Descanse en paz.

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