V Centenario de la Primera Vuelta al Mundo La Patagonia, un tesoro eterno entre Argentina y Chile

  • Cinco siglos después del paso de la expedición de Magallanes, el cono sur de América sigue siendo un lugar fascinante con muy pocos habitantes, paisajes soberbios y una gran diversidad de flora y fauna

La Patagonia es una de esas regiones del mundo que evocan naturaleza salvaje, paisajes prístinos, aventuras… Algunos de los más famosos viajes de exploración –los protagonizados por Magallanes, Darwin, Malaspina…– tuvieron en estas tierras una escala obligada y fructífera. Es una región inmensa, de más de un millón de kilómetros cuadrados, entre dos países, Argentina y Chile, que conforma todo el cono sur de América. 500 años después de la llegada de los primeros europeos, la Patagonia sigue siendo una región fascinante, con muy pocos habitantes, paisajes soberbios y una gran diversidad de flora y fauna.

Se tiene la creencia generalizada de que el nombre de Patagonia proviene de la denominación que le dio Magallanes a los primeros indígenas que vio en estas costas, debido a su gigantesca estatura y grandes pies. Pigafetta, el cronista de la primera circunnavegación del globo, divulgó esta exagerada visión de los tehuelches como gigantes: "Un día, cuando menos lo esperábamos, un hombre de figura gigantesca se presentó ante nosotros… este hombre era tan grande que nuestra cabeza apenas llegaba a su cintura", indicando que "nuestro capitán llamó a este pueblo patagones". Es probable que Magallanes, ante la visión de unos hombres que no eran gigantes pero sí más altos que los portugueses y españoles de aquella época, y que aparentaban mayor corpulencia aún con sus pieles de guanacos, tuviera esa percepción exagerada.

La estepa desolada

La cordillera de los Andes separa dos mundos bien distintos: el árido desierto de la Patagonia argentina y los exuberantes bosques de la chilena. A partir del río Negro se abre el desierto patagónico, cuyas precipitaciones le hacen la competencia –por lo escaso– al mismísimo desierto del Sahara. El frío y el viento tempestuoso tampoco se corresponden con la latitud por la que se extiende esta inmensa llanura, lo que sorprendió a los primeros exploradores y aventureros. Carmen de Patagones se encuentra a la misma latitud que Salamanca, y Península Valdés que Roma. La explicación es bien sencilla: la barrera de los Andes impide el paso de los vientos húmedos del Pacífico, y las frías corrientes de aguas antárticas provocan estas diferencias tan enormes. El intentar trasplantar ciudades y cultivos europeos a esta zona tuvo trágica consecuencias.

De hecho, los colonizadores españoles no consiguieron asentarse en este inmenso territorio, que siguió siendo indígena hasta mediados del siglo XIX. La exploración y colonización de la Patagonia fue un compendio de fracasos, desastres, frustraciones y, al final, de un choque desigual que acabó por exterminar a la mayor parte de los pueblos indígenas. Hasta mediados del siglo XVIII, dos siglos y medio después del descubrimiento de estas tierras, no hubo un solo apostadero español en las costas desde el Río de Plata hasta el Estrecho de Magallanes. El Rey Carlos III, consciente del peligro que significaba la falta de asentamientos en el extenso litoral patagónico y la creciente presencia de buques ingleses, ordenó establecer sendas colonias. Así, Francisco de Viedma funda en 1779 en la desembocadura del río Negro la colonia Nuestra Señora del Carmen, la única que, por más de un siglo, existió en la Patagonia.

El desierto patagónico es una inmensa e inhóspita llanura cubierta por un matorral ralo. A Darwin le subyugaron estas tierras: "¿Por qué las pampas, lozanas y fértiles, no me causaron igual impresión? Apenas me lo explico; pero debe ser en parte por el horizonte que aquellas dan a la imaginación". En esta estepa han conseguido asentarse pocas especies. El calafate (Berberis heterophylla) es un curioso arbusto cuyas bayas azuladas son comestibles y, de hecho, se utilizan para hacer confituras. El nombre vulgar proviene de su resina, que los españoles utilizaban para calafatear los barcos. El guanaco (Lama guanicoe) es el animal mejor adaptado. Se calcula que antes de la introducción de las ovejas en el siglo XIX había unos 22 millones de guanacos; hoy quedan poco más de medio millón, y se recuperan gracias a la protección dispensada y –paradojas de la vida– a que se han descubierto sus ventajas frente a las ovejas: su carne es más sana (no contiene colesterol), su finísima lana es muy apreciada y no esquilman la vegetación.

La pobreza en especies de mamíferos contrasta con la gran diversidad de aves: 110 especies esteparias, a las que habría que sumar las aves acuáticas que viven en los numerosos lagos endorreicos que salpican la estepa patagónica. La más conocida y la de mayor tamaño es el choique (Pterocnemia pennata), una especie de ñandú. Los peor parados han sido lógicamente los grandes depredadores, perseguidos con saña por los ganaderos, aunque pumas (Puma concolor), zorros colorados (Lycalopex culpaeus) y zorros grises chicos (Lycalopex gymnocercus) han sobrevivido gracias a su gran capacidad de adaptación.

Este desierto encierra un tesoro, no de la vida actual, sino de la pasada: la riqueza de fósiles. En Sarmiento se encuentra un insólito bosque petrificado. Miles de troncos de coníferas, que vivieron hace 65.000.000 de años, convertidos en estatuas de sílice que se esparcen por un paisaje atormentado por la aridez y la erosión. Entre 1833 y 1834, Darwin exploró lugares que le brindaron importantes revelaciones sobre el pasado y fueron conformando su revolucionaria visión evolutiva de la vida. En los alrededores de la Bahía de San Julián encontró los primeros restos de grandes mamíferos extinguidos: Megatherium (perezoso gigante), Macrauchenia (camélido primitivo)y Toxodon (gran herbívoro de porte similar a un rinoceronte), del cual dijo que era "quizá uno de los animales más extraños jamás descubiertos". Esta macrofauna se extinguió hace unos 10.000 años, por causas todavía desconocidas, aunque no debieron ser ajenos los cambios climáticos que se produjeron al final del Pleistoceno y la irrupción de un nuevo y eficaz depredador: el hombre. Suramérica perdió en esa época 46 de sus 58 géneros de mamíferos.

La costa patagónica

La pobreza y monotonía de la estepa contrasta con la exuberancia vital de la costa, que se extiende a lo largo de 3.000 kilómetros desde el río Colorado hasta Tierra del Fuego. Extensas playas, abruptos acantilados, espectaculares afloramientos rocosos, islas, penínsulas y bahías conforman el límite entre el desierto terrestre y el fértil Atlántico. En estas costas se encuentra la mayor plataforma continental del mundo, con más de mil kilómetros de anchura. Sus aguas combinan la corriente cálida de Brasil con la fría de las Malvinas, creando un mundo submarino de inusual diversidad, acrecentada por su cercanía a la Antártida.

Península Valdés es una de las reservas de fauna marina más importantes del mundo y fue declarada Patrimonio de la Humanidad en 1999. Es famosa por ser un santuario para los cetáceos. Hasta aquí llega todos los inviernos para reproducirse una importante población de ballena franca austral (Balaena glacialis australis), especie que alcanza las 60 toneladas de peso y que se encuentra en peligro de extinción debido a la caza salvaje a la que fue sometida en el pasado. Durante el verano austral, estas ballenas bajan hasta los mares antárticos para alimentarse de krill. Por el contrario, en primavera llegan los gigantescos elefantes marinos del sur (Mirounga leonina) y los lobos marinos de un pelo (Otaria flavescens) para parir e inmediatamente aparearse de nuevo, lo que provoca continuos combates entre los celosos y agresivos machos.

Otro protagonista destacado de Península Valdés es el pingüino patagónico o de Magallanes (Spheniscus magellanicus). Llega a ser tan abundante que sus nidos, excavados bajo tierra, llenan los acantilados y los cerros cercanos al mar. Su total falta de temor hacia el hombre, su proverbial curiosidad y sus cómicos andares, hacen de estos pingüinos unos simpáticos animales. Los primeros exploradores los llamaron despectivamente "pájaros bobos", confundiendo su mansedumbre con la estupidez. Al sur de Península Valdés, en Punta Tombo, está la mayor colonia de esta especie del continente americano: ¡más de un millón de ejemplares se concentran en esta especie de metrópoli pingüinera!

El Estrecho de Magallanes

Es uno de los lugares míticos del mundo y de la navegación. Desde que Magallanes lo embocara el 21 de octubre de 1520, se han sucedido miles de travesías, muchas marcadas por la adversidad debido a las violentas tempestades, las corrientes traicioneras y las costas desoladas. Como afirmara el capitán Cook: "No hay en la naturaleza otro sitio que presente más salvajes y horripilantes visiones".

En Tierra del Fuego el clima y el paisaje cambian. La árida estepa da lugar a un frondoso y umbrío paisaje boscoso, dominado por las hayas del sur por los (Nothofagus); lengas, ñire y cohiues conforman los bosques más cercanos a la Antártida, adaptados a unas condiciones ambientales durísimas. Los españoles confundieron erróneamente la espesura de estos bosques con la fertilidad de la tierra. No se ha explicado aún por qué en las crónicas del viaje de Magallanes no se mencionan los pueblos indígenas. No eran tierras despobladas; hacía 12.000 años que los primeros pueblos indígenas llegaron a estas apartadas tierras y mares. Había varias etnias, las más importantes eran los onas, cazadores de guanacos, y los yámanas, canoeros que vivían de la pesca y la recolección de moluscos. Magallanes no contactó con ellos, a pesar de divisar el humo de sus fogatas, por lo que llamó a esta zona Tierra del Humo. A Carlos V le pareció un nombre poco noble y lo cambió por Tierra del Fuego. Si trágico fue el Estrecho de Magallanes para muchos navegantes europeos, mucho más lo fue la presencia de estos extraños invasores sobre las poblaciones indígenas, que terminaron por desaparecer víctimas de las enfermedades, la expulsión de sus tierras y su caza despiadada.

Alarmados los españoles por el descubrimiento, medio siglo después de Magallanes, del Estrecho por Francis Drake, lo que abría a los ingleses el paso del Pacífico, Felipe II ordenó poblarlo y fortificarlo. La flota colonizadora, comandada por Sarmiento de Gamboa, parte desde Sanlúcar de Barrameda el 25 de septiembre de 1581 con 23 barcos y 3.000 personas, sucediéndole una serie ininterrumpida de desgracias. En 1584 fundan las dos primeras colonias de europeos en las costas magallánicas, pero al fracasar los cultivos y la cría de ganado, sus habitantes terminaron muriendo de inanición. Tres años más tarde el corsario inglés Tomás Cavendish fondea en la Ciudad del Rey Felipe y encuentra un espectáculo dantesco, rebautizando la zona como Port Famine (Puerto Hambre). Del poblado no queda más que las ruinas del muro de la iglesia. Una triste y deteriorada placa recuerda la fracasada gesta de colonizar este paso maldito. En la actualidad, Punta Arenas sigue siendo la única ciudad del Estrecho de Magallanes, convertida hoy en un importante centro portuario y capital de la industria petrolera chilena.

La otra Patagonia

Los Andes patagónicos se elevan como una muralla infranqueable de roca y de hielo, sirviendo de divisoria entre Argentina y Chile. En esta cordillera se encuentra –si exceptuamos a la Antártida– la mayor masa de hielo del hemisferio austral. El llamado Campo de Hielo Patagónico Sur tiene una superficie de 16.800 kilómetros cuadrados, el doble que la provincia de Cádiz; de aquí fluye el hielo formando gigantescos ventisqueros que descienden hacia los senos de la costa pacífica y hacia los grandes lagos en la vertiente argentina. El más famoso es el Perito Moreno, que se ha convertido en uno de los mayores reclamos turísticos de Argentina.

La Patagonia chilena es uno de los lugares del mundo donde más llueve, superando incluso a la hiperhúmeda Amazonía. El paisaje es grandioso; interminables archipiélagos y una malla indescifrable de canales y senos conforman una auténtica sinfonía de la naturaleza. El Parque Nacional Torres del Paine es un paraíso para los montañeros. El Parque Nacional Bernardo O'Higgins, al que sólo se puede llegar por barco a través del seno Última Esperanza, es famoso por las cascadas que se desploman desde los acantilados y por las lenguas glaciares que terminan en unas aguas marinas que, de tanto llover, se han vuelto casi dulces. Estas costas están siendo colonizadas de nuevo por el lobo marino de dos pelos (Arctocephalus australis), especie que estuvo al borde de la extinción debido a su codiciada piel. Las costas de la Patagonia chilena son un paraíso para los ornitólogos. Aquí pueden verse las dos aves voladoras más grandes del mundo: el albatros viajero (Diomedea exulans) y el cóndor andino (Vultur gryphus). Muy curiosos son los patos vapor del género Tachyeres, tres de cuyas especies patagónicas han perdido la capacidad de volar. El nombre alude a su aparatosa forma de desplazarse sobre el agua. Por último, bellísimos y elegantes son los cisnes cuellinegros (Cygnus melancoryphus) y los cauquenes comunes (Chloephaga picta), emparentados con nuestro ánsares.

Cerca de Puerto Natales existe una cueva donde a finales del siglo XIX se encontraron restos de piel y huesos de un extraño animal. Estaban en tan buen estado de conservación que incluso se organizaron expediciones para localizar milodones vivos, nombre que se dio al enigmático animal, que llegó a convivir con los primeros pobladores de la Patagonia hace 12.000 años. Bruce Chatwin se obsesionó con una muestra de piel de milodón que vio cuando era pequeño en su Inglaterra natal, lo que le llevó a un memorable viaje que describe en su libro En la Patagonia, cuyo éxito contribuyó a aumentar el mito patagónico.

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