La joya discreta
El crucificado propiedad de la orden de los agustinos se realizó en el año 1648 por encargo de uno de los hermanos que pagó 3.000 ducados al imaginero
Como boca de lobo. Ciega la calle Cristóbal Colón. Las horquillas presentidas. Shh. Que viene el Silencio. Avanza la joya muda. La joya discreta. Shh. Susurros que apenas violan la quietud. Y la joya tranquila marcha con sobriedad castrense, arrastrando los lastres de sus misterios, de sus leyendas. Y a su paso los creyentes y no creyentes se sienten inspirados por la belleza de la muerte. De la Buena Muerte. Una joya callada. Silencio. Una escultura sin padre. Silencio. Una imagen que vino para Cristo de ánimas y que creció en el esplendor de la calle. Silencio, que viene el Silencio. Shh. Por la calle Cristóbal Colón. Como boca de lobo.
La tenebrosidad que acompaña al crucificado es gemela a la oscuridad de su leyenda. Santísimo Cristo de la Buena Muerte. Una obra sin firma. “La autoría sigue siendo desconocida. Se sabe la fecha de la factura, 1648, y que fue encargada por un agustino para la capilla de los enterramientos de los hermanos del convento”, relata con el verbo hermoso de los buenos contadores el hermano mayor de la cofradía, Joaquín Fernández Repeto.
Muchos han sido los nombres ligados a la espectacular talla barroca, de Martínez Montañés a Alonso Cano pasando por Mena. “Pero a ciencia cierta no se sabe con seguridad. Puede que fueran discípulos aventajados. Al Cristo se le han hecho radiografías, se le han buscado posibles indicios, pues en otras piezas se han encontrado firmas en lugares insospechados o algún papelito escondido con el nombre del autor... Aquí nada. No sé si ahora con las técnicas nuevas, podría aparecer algo, pero en las radiografías que se le hicieron en el año 1987 cuando lo restauró José Miguel Sánchez Peña no se le encontró nada”, asevera.
La perfección anatómica de la imagen, el cuidadoso detallismo y las complicadas formas apuntan a los más importantes imagineros que trabajaron en Andalucía en la época del apogeo barroco. Pero el misterio aún está por desvelar. “Yo creo que esta incertidumbre le suma a la imagen porque es una nebulosa más que la rodea. Dicen que el experto Enrique Hormigo, que murió hace unos años, junto con Sánchez Peña, estaban casi por descubrir quién era. Pero es el último quien tiene los documentos”, señala Fernández-Repeto.
La mano creadora es sólo una incertidumbre más que cruza la trayectoria de una imagen que a lo largo de su historia nunca salió de Cádiz y siempre retornó a sus dueños. Los monjes agustinos. “Aunque no hay ningún documento que lo demuestre”. Tal como cuenta el hermano mayor de la cofradía, “el padre Ulloa –posiblemente el agustino que encargó la talla– pagó 3.000 ducados al imaginero y le hicieron el Cristo que estuvo en el convento de San Agustín, donde la gente le rezaba, hasta 1835”.
Con la desamortización de Mendizábal, subastaron la imagen en la plaza de San Juan de Dios. “Allí la compró un particular pero ese mismo día se la devolvió a los agustinos”, se maravilla. Una práctica habitual ya que una vez regalada la imagen no se podía enajenar de nuevo ese bien.
Pero los agustinos se fueron de la ciudad. Se instalaron en El Puerto de Santa María, de donde regresaron entre 1904 y 1906. “En todo ese tiempo el Cristo no se movió de Cádiz. No se lo llevaron. De hecho, en esa época se hizo cargo de él el clero secular de la iglesia”, cuenta el regente de la cofradía que añade que “cuando los agustinos volvieron, el Obispado les devuelve la iglesia con todas sus pertenencias, entre ellas el Cristo”. Así fue. Así manda la tradición. Sin documentos.
¿Y si se fueran los agustinos? ¿Se llevarían la talla? Joaquín no lo cree. “Me extrañaría mucho que hicieran algo así. Además creo que en Cádiz se crearía un movimiento muy fuerte porque este Cristo, aunque no lo parezca, levanta mucha devoción”.
Devoción y admiración. No en vano se cuenta que su musculatura perfecta ha sido ejemplo en más de una clase de anatomía. “No es leyenda, es cierto”, responde el hermano mayor que certifica el mito con las historias relatadas por su padre “que era médico”. “Los estudiantes de Medicina venían a verlo. En los años 50 y 60 venía el catedrático de Medicina de Madrid, el doctor Marañón, con sus estudiantes a Cádiz para que vieran al Cristo y explicar anatomía delante de la imagen”. Una escultura que, entre otras dotes, “tiene muy marcado el músculo coracobraquial –que va del codo hasta el corazón– y que nosotros ya tenemos atrofiado”, advierte.
La minuciosidad en el trabajo de la boca y los dientes, que exageradamente ha provocado que popularmente se diga “tiene tallada hasta la campanilla”, los detalles de las costillas y la columna han despertado el interés y la emoción de cuantos han visto al crucificado o, con suerte, lo han llegado a tocar. “La primera Semana Santa que entré en la junta de gobierno coincidió con la visita de un agustino que vino de Brasil a ver la imagen. La pusimos en el suelo y le cogí la mano y se la pasé por la espalda del Cristo. Inmediatamente, pegó un gran respingo y fue tal la sensación de recorrer una espalda que no es lisa sino rugosa, con el movimiento marcado, que se fue arriba, pidió un hábito y dijo que tenía que salir en la procesión para acompañarlo”, recuerda.
Esa salida fue una de las incontables procesiones de la Buena Muerte cuya cofradía fue creada en 1894 por Cayetano del Toro, el que fue alcalde de la ciudad, y recuperada, principalmente, por los hermanos Pemán (César y José María) en 1921, que le dotaron del carácter austero actual y fueron los artífices de que se acompañara de la oscuridad. “Con eso se conseguía un efecto tétrico y teatral, del gusto de Pemán”, narra el hermano mayor que rememora que en su reestreno procesional “sólo se apagó calle Ancha coincidiendo con la luna llena del Viernes Santo”. Nada fue al azar.
Dejando a un lado su sobrio e impactante paseo por las calles gaditanas cada semana de gloria, el Cristo de la Buena Muerte experimentó un emocionante y curioso periplo hasta la calle Feduchy hace más de setenta años. “Cuando la época de la quema de los conventos, no sé muy bien si en 1931 o 32, salvaron la talla sacándola de la iglesia y llevándosela a la casa de una familia”, explica Joaquín. Así, bajaron la escultura de la cruz y, al advertir que venían unos milicianos, buscaron una gabardina “que le echaron por encima” y “lo llevaron cogido entre dos simulando que era un hombre borracho”. Su destino fue la mesa del comedor de una familia “que lo custodió durante mucho tiempo”. “Antes lo habían intentado emparedar dentro de un armario y en una alacena, pero no se pudo”, puntualiza Fernández-Repeto que sabe que “el único daño” que sufrió la escultura policromada “fue que se rompió un dedo” al sacarla de San Agustín, “pero inmediatamente se lo arreglaron”.
Y es que la conservación de esta pieza es “muy importante” para la cofradía. “Se limpia cada vez que se le cambia de ropa a la Virgen. Para ello, nos subimos a una escalera y con un plumero se le quita el polvo, nada más”, asegura. Para revisiones más importantes se llama al restaurador.
La lluvia, enemiga procesional, siempre se cierne como una amenaza. La conservación del patrimonio es lo primero. Y aunque, como en una ocasión, la talla tuviera que hacer parte del recorrido de espaldas, nada es suficiente para preservar a la joya discreta. Shh. Silencio.
También te puede interesar
Lo último