El crucifijo de la Aurora
Se trata de una imagen poco conocida pero de gran interés
La pieza presenta un estado preocupante
Analizamos hoy una extraordinaria imagen poco conocida pero de un gran interés artístico: el crucifijo de tamaño académico que procede de la capilla de la Aurora y actualmente se custodia en la de san Pedro de la Prioral.
Ignoramos cronología, cliente, primitiva localización y autor, aunque no dudamos en atribuirlo al buen hacer de Ignacio López. Podemos pensar que llegaría a la capilla de la Aurora antes de mediado el siglo XIX desde alguno de los conventos desamortizados, aunque tampoco debemos descartar que fuera un encargo de algún hermano de la cofradía del Rosario de la Aurora o benefactor de la misma, fundada en 1692 con un carácter piadoso y a partir de 1706 también docente. En los inventarios de la capilla de la Aurora se recoge la existencia de un crucifijo del que escuetamente se comenta que es del siglo XVIII y que se encuentra en mal estado, muy posiblemente el que estudiamos ahora.
ICONOGRAFÍA
Los elementos iconográficos más destacados de esta imagen son la representación de Cristo muerto con signos de relajación sujeto a una cruz arbórea mediante tres clavos, con herida en costado por lanzada y sudario de tipo cordífero. Los brazos cuelgan del travesaño, las manos han quedado abiertas con dedos extendidos y la cabeza inclinada hacia adelante y su derecha e interpretada sin corona de espinas ni potencias. El cuerpo, semidesnudo, concilia el carácter cruento de la representación con la trascendencia de la Redención. El rostro refleja una combinación entre el agotamiento físico producido por las sucesivas fases del martirio infligido y la placidez de la muerte.
La policromía de la talla se reduce a la encarnadura del rostro, tronco y extremidades. Sobre ella destacan algunas huellas de los distintos momentos de la Pasión previos a la muerte de Cristo: heridas, golpes y contusiones marcan la anatomía de este Crucificado. Se aprecian igualmente las gotas y regueros finos de sangre distribuida por todo el cuerpo partiendo de heridas (sienes, frente y rostro, brazos y manos, torso, piernas, laceradas rodillas y pies, incluyendo las discretas manchas sobre el sudario.
ESTILO Y AUTOR
Se reconocen como rasgos típicos de Ignacio López los pómulos muy resaltados, el perfil de cejas, nariz y boca o el tratamiento de la cabellera, así como el realismo en la interpretación de una anatomía pormenorizada (tendones y venas, huesos -destacan las costillas muy marcadas- y algunos signos de muerte (extrema delgadez, músculos relajados, etc.). Muy significativo es también el sudario: corto, cubriendo caderas y pelvis pero abierto y recogido en el costado derecho con una lazada en la soga y por medio de una vuelta de un extremo sobre sí mismo en la cadera izquierda. Esta disposición del paño de pureza con sus vueltas y multiplicidad de pliegues en su parte delantera es repetida por su autor en otros modelos (el Atado a la columna y otros Crucificados como el arcense de la Buena Muerte). El resultado es muy dinámico y efectista, ya que dicho drapeado, de aristas cortantes y sinuosas, otorgan claroscuro a su composición.
El recuerdo de otros Cristos muertos (crucificados, descendidos o enterrados) de Roldán y Arce resultan más que evidentes. Sabemos por Moreno Arana que el único Crucificado documentado de Ignacio López es el que tallara para el púlpito de la iglesia de la O de Rota en 1691, de pequeño formato, y que se le pueden atribuir otros como el citado de la iglesia de San Pedro en Arcos, de tamaño natural y versión muy próxima al portuense.
Si quisiéramos realizar una valoración estética de esta imagen bastaría con observar como el escultor ha sabido compatibilizar y equilibrar la belleza formal que emana con su naturalismo anatómico y la carga expresiva, espiritual y emotiva que transmite, sin caer en excesivo dramatismo. Ciertamente, así ocurre en la mayoría de los crucificados de la imaginería sevillana del siglo XVII, que se caracterizan por su ponderación y sentido de la medida. El resultado es el de una obra elegante, sobria, realista y hermosa.
Finalmente debemos lamentar que este crucifijo de la Prioral de El Puerto, al que no se le conocen restauraciones, presenta un estado de conservación preocupante por varios motivos: faltan dedos y/o falanges en las manos, presenta ensambles abiertos a punto de desprenderse (sobre todo en hombros), sufre pérdida de soporte y policromía en ciertas zonas, grietas, suciedad, etc. Desde aquí instamos a una rápida intervención con el fin de preservar esta magnífica pieza de un progresivo y peligroso deterioro.
Crucifijo
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