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rutas turísticas La huella de Camarón en La Isla, 20 años después de su desaparición
Muchos son los amantes del flamenco que durante todo el año cruzan sus fronteras para respirar ese aire tan cañaílla que José Monge nunca olvidó por más lugares que su fama internacional le llevara a conocer.
Esta búsqueda insaciable del mito se intensifica durante el periodo estival, cuando parejas, familias y aventureros solitarios procedentes de todas partes encuentran el momento idóneo para visitar aquellos sitios que lucen el nombre del cantaor grabado a fuego.
Es todo lo que ofrece la ruta Camarón, una retrospección al mundo del artista que comienza en lo que hoy se considera baluarte del flamenco en La Isla, la Venta de Vargas, el mismo donde José Monge cogió las tablas que más tarde lo convertirían en un mito internacional.
Muy cerca de allí, la estatua de Camarón se alza imponente frente a un niño desnudo que no es otro que su 'alter ego' infantil. Los moluscos de su trono revelan la procedencia de un pueblo marinero captado con maña por el escultor Antonio Mota.
Ya en el interior de la mítica Venta, cada foto cuenta una historia relacionada con este templo vivo del cante. El origen de la tortilla de camarones o el hermanamiento entre el flamenco y el toreo son algunos de los hechos que han pervivido como ecos hasta convertirse en anécdotas. La Venta de Vargas fue siempre punto de encuentro entre artistas que se ganaban el jornal encerrándose con los señoritos para animar sus juergas flamencas.
El siguiente paso de la ruta corresponde a la fragua. De gran valor etnográfico y con los vestigios de un oficio tan ligado a los gitanos como los metales lo están a la historia de la humanidad.
Y no podía faltar durante el recorrido la visita a la Iglesia Mayor, donde la gran devoción de Camarón preside su retablo neoclásico. Una imagen muy querida en La Isla que originó la letra del tema 'Mi nazareno' tras toda una vida escuchando las plegarias del cantaor que la entonaba.
El cuarto punto del trayecto está reservado al mausoleo de José Monge, en el cementerio, donde hasta 50.000 personas se concentraron durante su entierro en 1992. Desde entonces, una estatua esculpida por Berraquero preside su propio féretro, que cada día se llena de flores y muestras de cariño por todos aquellos que allí acuden para rezar sus plegarias.
Aunque puso la primera piedra, Camarón no pudo gozar del arte que se respira en la última parada del recorrido, la peña que lleva su nombre, un lugar del que sin duda se mostraría orgulloso y donde recibiría con cariño a todos aquellos que a La Isla llegan para sentir más cerca su legado. Un legado que seguirá haciendo historia mientras esta ciudad continúe velando por su recuerdo.
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