La degeneración macular gana peso como problema de salud pública

La DMAE es ya una patología crónica que obliga a reorganizar los servicios

Nuevos fármacos y dispositivos buscan reducir el número de inyecciones y mejorar la calidad de vida del paciente

Las ‘salas blancas’ de Oftalmología son entornos cerrados y controlados asépticamente para poder administrar inyecciones intravítreas.
Las ‘salas blancas’ de Oftalmología son entornos cerrados y controlados asépticamente para poder administrar inyecciones intravítreas. / Miguel Ángel Salas

La degeneración macular asociada a la edad (DMAE) se ha consolidado como uno de los grandes retos asistenciales de la oftalmología moderna. No solo por su elevada prevalencia en una población cada vez más envejecida, sino también por el impacto organizativo y económico que su tratamiento tiene en los hospitales. Así se puso de manifiesto en el reciente congreso de la Sociedad Andaluza de Oftalmología, celebrado la pasada semana, donde la retina y, en particular, la DMAE, ocuparon un lugar central del programa científico.

En los últimos años, el tratamiento de la DMAE ha experimentado un cambio de paradigma gracias al uso generalizado de las inyecciones intravítreas, que han permitido frenar la progresión de la enfermedad y preservar la visión central en un número creciente de pacientes. Sin embargo, este avance ha traído consigo nuevos retos asistenciales y organizativos.

“Uno de los grandes objetivos ahora es identificar mejor qué pacientes van a responder a los tratamientos, a través de las pruebas diagnósticas, y disponer de fármacos más eficaces que permitan alargar el tiempo entre una inyección y la siguiente”, explica el doctor Rafael Giménez, presidente de la Sociedad Andaluza de Oftalmología. No en vano, las terapias intravítreas suponen actualmente uno de los principales capítulos de gasto dentro de los servicios de oftalmología de los grandes hospitales.

Más allá del arsenal farmacológico, la DMAE ha obligado a repensar la organización de los servicios hospitalarios. “Estamos ante patologías crónicas. Los pacientes van a necesitar muchas visitas al año y tratamientos repetidos, no solo en la degeneración macular, sino también en el glaucoma”, advierte el presidente de la sociedad científica.

El oftalmólogo Rafael Giménez, presidente de la SAO, en una imagen de archivo.
El oftalmólogo Rafael Giménez, presidente de la SAO, en una imagen de archivo. / Juan Carlos Vázquez

En este contexto, cobra especial importancia la dotación de infraestructuras adecuadas. “Los hospitales tienen que contar con salas blancas y, sobre todo, con circuitos eficaces de diagnóstico y tratamiento, porque la demanda no deja de crecer”, subraya. La planificación asistencial se convierte así en un elemento clave para garantizar la sostenibilidad del sistema sanitario y la calidad de la atención.

Pese a que el tratamiento implica inyecciones directamente en el ojo, la aceptación por parte de los pacientes es alta. “Existe ya una cultura generalizada. La mayoría de los pacientes conocen a algún familiar o amigo que recibe este tratamiento y saben que permite detener la enfermedad”, afirma Giménez. El miedo a la pérdida de visión central, añade, actúa como un poderoso factor de motivación: “La gente lo acepta porque entiende que es la mejor opción para conservar la vista”.

Mirando al futuro, los expertos se muestran prudentes pero optimistas. A corto y medio plazo, las principales innovaciones no vendrán tanto de moléculas completamente nuevas como de mejoras en la forma de administrar los tratamientos. “Lo más cercano son los dispositivos de liberación sostenida de fármacos, que permitirán espaciar aún más las inyecciones”, apunta el oftalmólogo.

El congreso de la Sociedad Andaluza de Oftalmología también puso el foco en el papel creciente de la simulación quirúrgica como herramienta clave para mejorar la capacitación de los futuros oftalmólogos. “Estamos muy comprometidos con la formación de calidad en Andalucía”, concluye Giménez.

La detección precoz no pasa, de momento, por cribados masivos

A diferencia del glaucoma, donde una parte importante de los pacientes no está diagnosticada, la DMAE suele detectarse cuando comienza a afectar a la visión central. “Cuando aparece una membrana neovascular, la pérdida de visión es llamativa”, explica Giménez. Descartando un problema de infradiagnóstico, el especialista se muestra cauto respecto a los cribados poblacionales. “Un programa específico de cribado puede ser muy costoso y poco eficiente”, señala, aunque reconoce que pruebas como las retinografías realizadas a pacientes diabéticos ayudan de forma indirecta a detectar alteraciones maculares incipientes.

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