La tribuna

La España plural

Ildefonso Marqués Perales
- Profesor Titular De La Universidad De Sevilla

Con insistencia, se nos repite que España es un país plural. Tanta riqueza inagotable sólo puede afinar nuestra sensibilidad. Y, de soslayo, ya se nos apunta: puesto que España es un país diverso, también es un país harto complicado en términos políticos. ¿Cómo gobernar un país que tiene 246 tipos de quesos?, se preguntaba De Gaulle sobre Francia.

Nuestro país sólo puede ser plural si confrontamos nuestra diversidad con la de otras naciones. ¿Es diversa España en términos lingüísticos? Pues parece que no. Según el Linguistic Diversity Index (LDI) de Greenberg, España se encuentra en la parte baja del ranking mundial, ocupando un lugar cercano al puesto 150 de los aproximadamente 180 países analizados. En el contexto global, Papúa Nueva Guinea tiene 840 lenguas, Indonesia 700 y Nigeria 500. Tampoco, si nos ceñimos a Europa –escenario principal tras la II Guerra Mundial de desplazamientos motivados por la búsqueda de homogeneidad étnica–, parece que seamos los más diversos lingüísticamente. Ocupamos el octavo lugar de dieciséis países de Europa occidental. Además, todos los españoles manejan el español a la perfección, más allá de sus diferencias educativas.

¿Es diversa en términos religiosos? Tampoco parece que España destaque en este aspecto. Según el Pew Research Center (Global Religious Diversity Index, 2022), basado en la European Social Survey (2020–2022), España no se encuentra entre los diez países europeos más plurales en materia religiosa. La inquisición arrasó con moriscos, judíos, herejes y ateos.

En términos de estructura social, tampoco parece que los españoles y españolas seamos muy plurales. De hecho, lo somos mucho menos que los países de nuestro entorno. He calculado empleando la ISSP (International Social Survey Program) la variación por ocupación del prestigio según la escala SIOPS. España tiene una menor puntuación que Estados Unidos, que el Reino Unido y Alemania. Como señalaba Durkheim, cuanto más heterogénea es la división del trabajo de una sociedad, más diversas son sus formas de pensar y más difícil su cohesión social. Tengo un amigo que reside en EEUU, al que un buen día le pregunté cómo podía vivir allí. Es sabido que los estadounidenses son profundamente individualistas e incultos. Su respuesta fue sorprendente: “Qué va, colega, la gente allí no es como aquí; es muy diferente. En cualquier ciudad conoces a gente de cualquier tipo. Aquí, en realidad, somos todos muy parecidos. Nos dedicamos a lo mismo”. En efecto, en España, no tenemos diversidad suficiente para contar con un Wall Street, una City o una Defense. Los brokers españoles están obligados a relacionarse con un padre tendero, con un cuñado psicólogo y con un amigo peluquero. Los españoles nos dedicamos más o menos a lo mismo. De ahí que nuestros temas de conversación siempre sean los mismos. De hecho, nuestras élites son, en términos de gusto, muy conservadoras: tanto en el Madrid libertario, como en el hacendoso País Vasco o en la plurilingüe Cataluña.

En términos de consumo cultural, según la Encuesta de Hábitos Culturales 2014, la media de libros comprados por persona fue de 7,3 en Extremadura (el valor más bajo entre las comunidades autónomas) y de 8,5 en Madrid. En cuanto a los resultados de PISA 2018, Castilla y León obtuvo 515 puntos y Extremadura 470 puntos, con una desviación típica de 100 puntos. Como vemos, todo un abismo antropológico infranqueable.

Tanta insistencia en la diversidad y regodeo en las nimiedades se transforma en un narcisismo de las pequeñas diferencias. Diferencias que se transforman en votos que se transforman en exigencias políticas. Y de ahí toda una plétora de vaciedades que cuesta expresar: “falta de sensibilidad periférica”, “déficit nacionalista”, “miopía territorial” y un sinfín más de mejunjes creado con las mismas romántico-bobadas que se ha repetido una y otra vez a lo largo de la historia. Lo único singular entre tanta diversidad son sus votos. Y no me digan que esto es expresión de identidad: ¿éramos los andaluces más andaluces cuando teníamos parlamentarios andaluces? ¿No tenemos ahora ninguna identidad? Votos legítimos y poder legítimo, claro está, pero basados en creencias más falsas que un duro de cartón.

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