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Tribuna

Esteban fernández-Hinojosa

Médico

'Ars moriendi'

'Ars moriendi' 'Ars moriendi'

'Ars moriendi' / rosell

De acuerdo con los datos del INE, el 27% de las muertes en España en 2017 se debieron al cáncer. A consecuencia del crecimiento de población y de su mayor exposición a factores de riesgo, su incidencia crece anualmente en el mundo. Se estima que en 2012 fueron 14 millones de casos nuevos, y en 2018 más de 18 millones. Para el año 2040 los casos nuevos podrían acercarse a los 30 millones, lo que duplicaría su número en 25 años. Todo apunta a que en la próxima década el cáncer superará a las patologías del sistema circulatorio como primera causa de muerte en la mayoría de los países occidentales. Y aunque no hay en toda la historia universal una época mejor que la actual para caer enfermo, las enfermedades fulminantes son ahora excepcionales, la mayoría de enfermos llegan a su destino funerario después de un largo batallar con el cáncer o con los invalidantes problemas vasculares. El ars moriendi no es ya la liturgia que fue en el medievo, sino una de esas densas cuestiones de nuestro tiempo, y lidiar con la muerte despierta, en aquellos que no quieren abandonar la trinchera del mundo, más angustia que nunca. Recogido queda para la posteridad en la obra maestra La muerte de Iván Ilich del venerado Tolstói. Las ambiciones del funcionario zarista quedan repentinamente reducidas con la conciencia de fragilidad, pero ahora que sólo anhela estar acompañado, nadie lo comprende.

Entre profesionales de la medicina -que en su mayoría se muestran remisos a frustrar las más que dudosas expectativas de los pacientes terminales-, conceptos como futilidad o ensañamiento terapéutico cobran profundo significado y van reorientando necesariamente el lenguaje médico corriente. Si uno padeciera un cáncer avanzado e incurable o una enfermedad cardiaca en fase terminal, ¿qué esperaría de sus médicos? En este árido desierto se levanta ahora la polvareda de un debate trascendente que compromete la función de la medicina. Naturalmente que consiste primariamente en curar la enfermedad y evitar la muerte. Pero cuando el lobo asoma sus orejas no ceja en su empeño por ganar. Como el militar que reconoce a tiempo, en su afán de conquista, una batalla perdida, conviene reservar cierta sabiduría para discernir, en medio del debate, una diferencia ontológica fundamental: la que existe entre ofrecer al enfermo la libertad de interrumpir procedimientos que prolonguen artificialmente su vida y conceder el derecho a interrumpir procesos naturales para alcanzar el mismo fin.

Enfermeros y médicos nos enfrentamos con inusitada frecuencia a conversaciones difíciles y delicadas, en el afán de ayudar a los pacientes sin remedio a afrontar la hora de su salida del mundo, antes que inducirles el sueño profundo de la sedación institucionalizada, al tiempo que sus seres queridos se sacudirían cualquier atisbo de mala conciencia en la fe de que, en último extremo, así se dignifica la muerte. Pero a menudo ocurre que el horizonte más sensato del enfermo no comparece con claridad al ojo clínico del equipo profesional responsable. Estamos aprendiendo que uno de nuestros grandes errores -quizá de los más implacables- es olvidar que los pacientes mayores son portadores de valores que a veces trascienden el mero afán de quedar fuera de peligro o de ganar días de vida, que muchos sienten gratitud cuando se les permite contemplar y decidir lo que quieren mientras mueren, o creen firmemente que en los límites de la experiencia mundana no se agota todo lo humano. Casi nadie controla su destino final, y uno de los beneficios legados por las enfermedades de larga evolución -como es hoy el cáncer- puede que sea la oportunidad de ofrecer un suplemento de sentido a la ultimidad, ocurra o no de la forma imaginada.

Facilitar un final digno a la novela de la vida es una condición de posibilidad para que el vacío de propósito no domine por entero la súbita conciencia de mortalidad. Reformar la cultura de nuestras instituciones, de una forma que no quede abducida por las corrientes utilitarias del cientifismo, impulsaría un movimiento tectónico en favor de que el último y natural capítulo de la vida humana no fuese percibido como una travesía por el túnel de los horrores. Siendo poco -como enseña Tolstói- aquello que el moribundo anhela en su conciencia de decrepitud, resulta sin embargo de magnitud cósmica, sea reconciliar maltrechas relaciones, quedar en paz con Dios, donar un legado a los seres que ama o sentir la compañía de estos durante su más débil y abundosa humanidad... La medicina, y sus instituciones, puede brindar apoyo a los seres finitos que somos, a veces ensanchando los límites para curar, otras para aliviar, y siempre aprovechándolos para que el epílogo de la vida se ilumine y el dolor natural no se lastre con tanto sufrimiento adicional.

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