Una visión

Visualizo cosas mucho mejores sobre las que pasar una apisonadora que unas armas viejas

A Ignacio Jáuregui le agradezco, sobre todo, sus espléndidos libros de viajes, con una prosa tan transparente y visual que te ahorra tener que pegarte un viaje de aeropuertos y hoteles. Se puede recorrer el mundo muy bien de la mano de sus títulos desde casa. Y le agradezco otra cosa. Hace años discutía con dos partidarios del aborto y Jáuregui, que no compartía mi postura, hizo un alto en el fragor del debate para explicarle al otro interlocutor que yo consideraba que los fetos eran seres humanos talmente como él y yo. Y que entendiese, en consecuencia, el horror que me causaba la legalización del aborto, su promoción y la indiferencia casi general.

Aquello me conmovió por la empatía con quien defiende una tesis contraria, y porque ponía la cuestión en su sitio: ¿qué dice la genética que es el feto? De hecho, abortistas de postín como Peter Singer defienden que, puesto que, en efecto, no hay ningún salto ontológico, se pueda abortar después del nacimiento, que, para el caso, es lo mismo. No digo que Jáuregui me siguiese en eso, sino que entendía mi angustia y también la honda deslegitimación que yo considero que tiene cualquier sistema político que proclama el aborto un derecho. A mí aquella comprensión suya de entonces, que quizá él ha olvidado, me ha servido mucho, además, para examinarme y exigirme. ¿En mis posicionamientos pro-vida, estoy a la altura del convencimiento que él supo verme? ¿No pasan meses que no grito contra el aborto?

Para que no parezca que se enfría mi espanto, contaré una visión. Observando el ridículo acto de aplastamiento de las armas de Mari Castaña para escenificar una derrota de ETA que la asociación con Bildu niega, imaginé un Gobierno que organizase un acto similar con todos los bisturís, las tenazas, las jeringuillas de ácido y de soluciones salinas que se utilizan para abortar. Que causan (como sabe Jáuregui que yo sé) casi cien mil muertes al año, todos los años, sólo en España, sin que casi nadie mueva un dedo. Lo que ahora ha sido propaganda con las escopetillas de balines sería un acto mucho más significativo.

Además, lo que más repugna de este acto propagandístico del Gobierno, ese burdo trasladar la responsabilidad de los terroristas a unas armas viejas como chamanes supersticiosos, en el caso del aborto, tendría otro sentido. Ahí no interesa perseguir culpables, sino acabar ya con la sangría y aplastar sus instrumentos.

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