Escaqueándome del presente en los intersticios de mis días, sigo leyendo los aforismos de Miguel Catalán. Uno de ellos me retrotrae a 1500 años antes de Cristo, qué bien, sólo para traerme de vuelta a la más rabiosa actualidad, ay. Dice: «Cuando Tutmosis III emprende una campaña contra el recuerdo de su odiada madrastra Hatshepsut cubriendo con paneles de piedra los textos de sus obeliscos, lo único que consigue es mantenerlos en perfecto estado de conservación hasta nuestros días. A diferencia de las imágenes y cartuchos de nombres que el hijastro dejó a la vista, porque no le molestaban, fueron justamente aquellos que escondió a los ojos de sus súbditos lo que ha legado al futuro en una impecable legibilidad».

Esto se escribió en La nada griega, libro de 2013. Por supuesto, no era la intención de Catalán, pero, como ya han adivinado, yo me he puesto a pensar en Franco, presente en nuestro día a día gracias, precisamente, al empeño oficial de que lo olvidemos.

Como Tumotsis III me ha pillado por la espalda, voy a terminar soltando una idea que llevo callando demasiado tiempo. Contra Franco, como no le van a culpar por los embalses, aducen el número de víctimas represaliadas. Realmente, frente a eso no hay mucho que decir. Algunos oponen las víctimas del bando republicano, que las hubo y las hubiese habido más de haber ganado la guerra, pero no es un caso de sumas y restas. Una sola víctima inocente clama al cielo.

Lo que no obsta para que uno se plantee paralelamente la autoridad moral de este sistema político para hablar de las víctimas de los demás. Pensemos en el aborto y en sus números espeluznantes, que superan lo conocido hasta ahora. Cuando las evidencias científicas terminen de apagar los eslóganes de quienes se empeñan en sostener, contra toda evidencia, que un feto no es un ser humano, ¿qué cara se le va a quedar a nuestra época? Son víctimas, además, perfectamente asumidas por nuestro sistema legal, aplaudidas en los parlamentos más democráticos y subvencionadas por el Estado del Bienestar.

Como entenderán todos, piensen lo que piensen, a los que estamos convencidos de la dignidad humana del ser humano, nacido y por nacer, se nos hacen muy cuesta arriba las lecciones que este tiempo imparte por doquier con tanta suficiencia. Por eso, uno, inconscientemente, busca refugio y amparo en el reinado de Tutmosis III, aunque no siempre (ya lo ven) con éxito.

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