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F ELIPE González confesó que en julio había votado al PSOE aunque le costó, pero advirtió que era su partido y que no votaría a otro. Después ha hecho declaraciones en una línea que hacía pensar que la abstención podía formar parte de las opciones a las que daba vueltas, visto en qué ciénaga se movía Pedro Sánchez, y cómo avanzaba en la aceptación de las exigencias y chantajes que le presentaban sus socios. El día de la jura de la Princesa de Asturias, el ex presidente pronunció una frase que dejó atónitos a los periodistas que le rodeaban. Le preguntaron si él se habría entrevistado con Puigdemont, como hizo el secretario de Organización del PSOE Santos Cerdán, y la respuesta fue tan inmediata que recordaba los movimientos reflejos: “¿Por quién me tomas?”.
No se puede mostrar más desacuerdo a la forma en que Pedro Sánchez busca los siete votos que necesita para gobernar, que esa frase.
Bien por Felipe González. Aunque su gesto no tendrá repercusión en los acuerdos a los que ha llegado Pedro Sánchez con los independentistas y los partidos que les hacen la ola. Pero se agradece que un hombre con la trayectoria de Felipe González exprese ya abiertamente lo que piensa del socialista que ocupa hoy el cargo que él ocupó durante catorce años en los que cambió, para bien, la España que intentaba quitarse de encima las leyes e imposiciones que habían imperado.
Cuando Felipe González pronunció su despectiva frase, aún no se sabía que el acuerdo con Junts y ERC ya estaba hecho, que la amnistía se ampliaba a más personas de las que se había dicho en el primer momento porque Puigdemont quería incluir a más; no se sabía que el nuevo letrado mayor del Congreso, que debe dar el visto bueno al decreto de amnistía acordado entre todas las partes, procedía directamente del gobierno y había asesorado sobre el texto para que pasara el filtro de las Cortes. Ni se sabía que no solo Santos Cerdán, sino dos ministros, Bolaños y María Jesús Montero, se habían entrevistado también con Puigdemont. Montero, evidentemente, para hablar de dineros a Cataluña.
Infinidad de españoles, asustados, decepcionados por un gobierno que negocia lo innegociable con un prófugo de la Justicia, habrían reaccionado de la misma manera que González si les hubieran propuesto verse con Puigdemont. Pero, por desgracia, contamos con un presidente que no tiene límites no ya en su ambición, sino en su falta de moralidad.
HEMOS pasado de conocer a verdaderos expertos en acudir a sepelios a sorprendernos con los malabares de auténticos ingenieros del pésame low cost. Todos hemos conocido a ciudadanos que a diario consultaban las esquelas para acudir al funeral nuestro de cada día. Tomaba posesión un presidente del Consejo de Cofradías, un decano del Colegio de Abogados o un presidente del Colegio de Médicos y siempre aparecía el impertinente de turno: “¡Enhorabuena, pero te vas a hartar de acudir a entierros!”. La sociedad del confort, la calidad de vida y la motivación perenne vive como si la muerte no existiera. Nos venden la inmortalidad con la misma naturalidad y poca vergüenza que un vendedor de crecepelo. La muerte es frivolizada y maltratada en el mejor de los casos (Halloween), pero poco más. La única certeza de este mundo (todos nos moriremos) nos es hurtada porque nos tratan como a niños que sólo buscan el alivio efímero y de corto plazo. Los pésames están a la altura de la sociedad de hoy: blanda, inconsistente, cumplidora de mínimos y vacía. Se busca la versión breve y rápida. Los tanatorios solo ofrecen el responso. El que quiera misa que se busque el cura. Son los sepelios del hágaselo usted mismo, como el desayuno en el hostel. Los propios curas no se ofrecen a oficiar, huyen del compromiso como el gato del agua. En todos los trabajos se fuma, reverendos. No se preocupen, que hay perdón para todos. Los pésames low cost tienen múltiples formas. Los no presenciales, que son los más extendidos, incluyen desde la llamada por teléfono al mensaje de texto. Los presenciales desde la visita breve al tanatorio (metisaca para que el parking no pase a una tarifa más alta) al cabezazo justo antes de la misa o responso para abandonar rápidamente el templo creyendo que no te han visto. La modalidad premium sigue siendo la asistencia completa a la ceremonia. Muchos cumplen, o creen cumplir, con el pésame de bajo coste cuando en realidad se han hecho el perfecto retrato para la posteridad. Antiguamente había familias que elaboraban una lista para apuntar quién había acudido al funeral del pariente y quién no. La pretensión era de darle el mismo trato cuando muriera el suyo. ¿Ojo por ojo? Tiene su gracia. La muerte a todos nos iguala, la muerte retrata a los vivos. Hay hasta quienes se quedan para ellos la información de una muerte. No avisan a nadie para que su presencia en el funeral sea la destacada. Todo es de bajo coste, rapidito y con escaso esfuerzo o sacrificio. Hay funerales con veinte personas cuando el muerto tenía 3.525 amigos en Facebook. Nada acaba bien cuando todo lo relajamos. La muerte es la hora de la verdad... para los vivos.
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