Fue el canonizado Adolfo Suárez el primero que perdió la oportunidad de democratizar la precaria TVE que heredó -como tantísimas cosas- del franquismo. El Chuletón de Ávila, como lo bautizó algún malvado, sí se atrevió con la privatización de la Prensa del Movimiento, ese conglomerado de periódicos donde convivían en extraña armonía los camisas viejas de Girón y los jóvenes rojos que, una vez desteñidos, harían el nuevo periodismo de la Transición. Suárez, sin embargo, fue consciente de lo importante que era para sus intereses políticos retener RTVE, a la que manipuló sin ningún pudor. Luego llegó el felipismo y redobló la apuesta. Algún malas pulgas ha contado que José María Calviño, en su época de director general de RTVE, se ponía literalmente en posición de firmes cada vez que Alfonso Guerra lo telefoneaba a su despacho para dictarle los titulares. El padre de la actual ministra de Economía pasó a la historia como ejemplo de sectarismo en la gestión de un medio público y, entre otras perversidades, echó a Paloma Gómez Borrero, la entrañable monja alférez de TVE, de su corresponsalía en el Vaticano.

Los chicos del PP, pese a su gusto britanizante en las cosas del vestir y del beber, también optaron por un modelo caribeño de televisión. Todavía hoy, la mención de nombres como Alfredo Urdaci o Ernesto Sáenz de Buruaga produce urticaria en los televidentes progresistas. Lo curioso es que los populares se centraron sólo en la inmediatez de los informativos y en la rentabilidad demoscópica a corto plazo, dejando hacer a sus adversarios en todo lo demás. Un ejemplo: cuando la muerte de Fidel, en plena era Rajoy, se escucharon programas en RNE que parecían producidos por el más brutal de los gorilas del castrismo. Pero el eterno desprecio de la derecha española por la acción cultural es un tema oceánico que sobrepasa el aliento de esta humilde columna. Gramsci nunca se leyó en los salones conservadores.

La llegada de Sánchez añade, al fin, una novedad a la cuestión. No se trata, como se prometió, de convertir a RTVE en un instrumento al servicio de todos los ciudadanos, sino de entregarla a Podemos -un partido extramuros de la Moncloa- en pago por su colaboración en el salto al poder de Sánchez. El consejo de administración del ente estará compuesto en su mayoría por elementos morados y afines (y alguna migaja nacionalista), con lo que Iglesias se asegura un peso decisivo en la mayor maquinaria propagandística de España cuando la liebre de las elecciones puede saltar en cualquier momento. Claro que "sí se puede". Y más con un presidente como Pedro Sánchez, que Dios guarde.

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