Gafas de cerca
Tacho Rufino
Trump, con un par
Hoy, desgraciadamente, mi respetado lector, va en serio. No era éste, ni mucho menos, el tema que preparaba. Ni jamás lo hubiese sospechado. Ni es la primera vez que me asomo a este cierro para contar esas virtudes y bondades de un familiar o de un amigo que se nos ha ido. Lo he hecho cuando no tenía más remedio al no tener otra ocasión para poder demostrar mi cariño, mi afecto o mi respeto.
Y esta vez, que nunca lo hubiese querido, es a mi compañero de instituto -recientemente jubilado-, vecino también, mi amigo y tan amigo de tantos, Sebastián Rubio Salamanca, a quien le dedico este artículo con fondo de obituario, y repito, lo que nunca hubiera deseado. Un profesional de la enseñanza de una envergadura inusitada, una persona buena, excelente esposo y padre. Un gran amigo de todos. Una persona discreta, elegante en su trato, inteligente y muy afectuosa, pero, sobre todo, alguien que transmitía serenidad, tranquilidad…Hijo de maestros y esposo, que llegó y apareció por esta Isla -a la que tanto quiso- a principios de la década de los ochenta, de origen cordobés del bello pueblo de Pozoblanco. Su primer destino aquí fue el colegio Manuel de Falla, luego se sucedieron el Tofiño, Puente Zuazo y el Isla de León, donde nos conocimos. Lugar en el que congeniamos y fue surgiendo nuestra amistad, y todo se inició al reconocer mi parentesco con Gabriel González Camoyano, pues me ofreció un manuscrito fotocopiado de poemas y una pieza teatral de mi admirado tío abuelo que yo no guardaba. A partir de ahí encontré en él a la persona amiga y a un compañero fiel.
Y me duele pensar y creerme que ya no estarás con nosotros, Sebastián, pero que, no obstante, tu ejemplo nos sirva a todos, a los que aún son jóvenes y te conocieron, los cuales se encuentran hoy en la actividad docente, ya de una manera feliz o trastocada; y, también para aquellos, como este dolido jubilado, que aprendimos de ti tu denodado quehacer en el aula o tu paciente y sosegado comportamiento con la vida. Una vida que no te ha sido agraciada ni ha sabido tratarte como tú a ella. Que te ha sido demasiado corta para lo que tú tanto la querías. Y me da pena y más coraje que no nos volvamos a ver -por ahora-, porque me he perdido más de tu amistad. Amistad corta, pero en la que pude apreciar tu buen estilo ante los inconvenientes propios de este discurrir diario y en esa bendita profesión que compartíamos.
Sé que el dolor de Visi, tu esposa e inseparable compañera, y de tu hija Mercedes es inmenso y sé lo que me acordaré de ti cuando frecuente aquellos lugares donde nos saludábamos y charlábamos de cómo nos iba la jubilación y de otras cosas. Perdona, mi añorado Sebastián, que sé que los calificativos de halagos no te gustaban, pero tú te los mereces y hay que revelarlos. Las buenas personas -dicen- se mueren pronto. Yo no sé si esto es así o no, pero en ti, todos estamos de acuerdo, irremediablemente se ha cumplido. Y ya sólo me queda despedirme y decirte en la esperanza: hasta la vista, buen amigo.
También te puede interesar
Gafas de cerca
Tacho Rufino
Trump, con un par
Crónica personal
Pilar Cernuda
Pedro Sánchez de rebajas
Postrimerías
Ignacio F. Garmendia
Marienbad
El pinsapar
Enrique Montiel
Cerrar el grifo
Lo último