Cuarto de muestras
Carmen Oteo
Tanta hambre
FUE la periodista Berta González de Vega la que nos avisó desde su Twitter de la belleza del gesto. El líder de Podemos en Castilla y León había sido capaz de despedirse de la dimitida Rosa Valdeón con una inusitada elegancia. Escribió: "Ha sido coherente @rosavaldeonZam. Lo mejor que tenía el PP. Una mujer valiente, honesta. Desde la diferencia política, una gran pérdida. Pena". He corregido algo la ortografía del tuit de Pablo Fernández, pero ante su gesto no tengo más que quitarme el sombrero. El mismo día, yo había publicado un artículo doliéndome del clima de crispación y golpes bajos no sólo entre los rivales políticos, sino entre los miembros del mismo partido. Fue un placer verme enseguida tan hermosamente refutado.
Además, confieso mi incomodidad con estas dimisiones sumarias cuando a un político se le pilla en un traspiés grave, como puede ser conduciendo, como Rosa Valdeón, superando la tasa de alcoholemia. Comprendo, por supuesto, que los políticos tienen un deber mayor de ejemplaridad, pero a la vez me resulta inquietante que se imponga una pena social que va más allá de la prevista por la ley para cada ilícito. Vamos adoptando imperceptiblemente un puritanismo positivista que termina por superar los términos propios de la misma ley cuyo incumplimiento nos escandaliza. La responsabilidad política va más allá de la responsabilidad jurídica, se dice, y me lo creo, pero con la desazón del que piensa que las penas tienen que estar previstas y no ser retroactivas ni aproximativas ni estar al albur de la alarma social o el escándalo mediático.
Soy un mar de dudas y un laberinto de sentimientos enfrentados, y por esto me ha gustado tanto el gesto de Pablo Fernández, porque incide en mi única certeza. Vale que haya que dimitir, y más, quizá, Rosa Valdeón, si cabe, pues ella había sido muy dura con el nombramiento de Soria para el Banco Mundial por Guindos, y tenía que ser, como subraya Fernández, coherente con sus exigencias éticas; vale, digo, que tenga que dimitir, pues lo de la tasa de alcoholemia y la conducción no es ninguna broma, pero hacer leña del árbol caído y darle la lanzada al moro cesado es algo que podemos evitarnos. Se debe reconocer siempre la valía personal del rival, y se puede hacer sin disculpar su error, pero sin ocultar sus méritos y la pena, sobre todo, de que alguien meritorio abandone así, por la puerta de atrás, la vida pública.
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