Laurel y rosas

Juan Carlos Rodríguez

Una novelista francesa en la Chiclana romántica

24 de enero 2016 - 01:00

A Fernán Caballero le fascinaba dos escritores franceses: Chateaubriand y Madame Staél. "Eran los dioses nuevos de su prerromanticismo personal que, antes de 1808, flotaba en la luminosa paz de su retiro «amueblado a la griega», como vago ensueño poético", dice Blanca de los Ríos Lampérez. Pero entre el uno y la otra en su fascinación por la literatura francesa también leyó a una escritora contemporánea con múltiples paralelismos con ella misma: Madame de Genlis. Ambas, a pesar de moverse en un ambiente conservador que defendían y promovían, intentaron abrirse camino con su literatura. Madame de Genlis -también conocida como Felicité de Genlis o Madame Brûlart-, francesa de Bourgogne, vivió entre 1746 y 1830, y tuvo una vida azarosa con cierto protagonismo -y fama- en la corte parisina por sus modernos métodos educativos, que le llevaron a ser tutora del futuro Luis Felipe de Orleans, último rey de Francia. La revolución de 1789 le obligó a huir a Suiza, a Alemania y, finalmente, volvió a París con la indulgencia de Napoleón. Murió pocas semanas después de ver cómo su antiguo pupilo, Luis Felipe I, subió al trono. ¿Pero qué vinculación tiene Chiclana con Madame de Gelis más allá de sus cercanía literaria con Fernán Caballero?

La respuesta está en una breve novela romántica: "La apóstata y la devota", o sea -como dice su subtítulo- "El poder irresistible de los buenos principios", publicada ya en España en 1832. En ella, Chiclana está muy presente: narra la historia de un "joven y desgraciado", llamado Delrive, que en mal de amores por la traición de Calista, viaja primero a Suiza y, finalmente, cruza Europa para establecerse bajo la tutela de un banquero llamado Mellos, "uno de los comerciantes más ricos de Cádiz". De Lausana llega directamente a la capital gaditana, donde, escribe Madame de Gelis: "Dijéronlé que el banquero Mellos estaba en Chiclana, pueblo distante cuatro leguas de Cádiz; y como hay la proporción de poderse embarcar para ir allá, en menos de dos horas hizo esta corta travesía". Prácticamente toda esa segunda parte de la novela transcurre en Chiclana, en donde Delrive acaba viviendo, por supuesto, en casa de Mellos y su hija Elvira, a la que "declaró su amor en términos apasionados" frente a la oposición del padre. La historia, ya lo ven, posee todas esas características de aquel romanticismo decimonónico que, mal que bien, hoy se lee en la mal denominada literatura romántica: traición, nostalgia y pasión.

Lo que nos interesa es, sin embargo, la estampa que se transmite de aquella Chiclana de, no sabemos el año, muy a principios del siglo XIX, seguramente antes de 1805. La descripción de la ciudad comienza por hermosa casa "situada por la altura que domina el valle". De ella dice Mellos: "Yo estuve ayer, las obras se concluyeron, los jardines son deliciosos, y como vamos mañana a pasar una temporadita a Chiclana, mañana mismo puede usted ir a verla; se lo aconsejo a usted… Delrive lo hizo así, y reconoció que en efecto esta casa aislada en la cumbre de una loma era reparable por su elegancia y por su soberbia situación. Puesto allí, de un golpe de vista se percibe la isla de León, Cádiz, la bahía. Todos los pueblos que están en su orilla, y el mar que está más allá; se sigue el curso del río de Sancti Petri y su embocadero en el mar de poniente. Al mirar hacia levante se distingue Medina Sidonia y las vastas llanuras de la Andalucía meridional. ¡Feliz, dijo Delrive, el dueño de esta deliciosa habitación si sus principios, su fe religiosa y sus opiniones están acordes con los sentimientos de su corazón!". En esas casualidades urdidas en toda narración romántica, aquella casa la habita una bella joven, Lucila, quien le recuerda inmediatamente a su añorada Calista.

¿Cuál era aquella casa? ¿Aquella colina? ¿Estuvo Madame de Gelis en Chiclana? ¿Leyó a Fernán Caballero y su "No trasinge la conciencia"? Todo indica que sí. Al día siguiente, Delrive se reúne con la joven "entre las ruinas de un antiguo castillo moro, inmediato a la habitación de Lucila". Cuando llega, la hermosa joven, apostilla: "Ya que estamos cerca de las ruinas de este hermoso castillo, parémonos en él: es imposible escoger un sitio más a propósito para descansar". Es el narrador quien describe a continuación aquel castillo, aunque con más detalle de lo que lo hizo Fernán Caballero: "En efecto, entrando Lucila en el castillo , condujo a Delrive a un patio ovalado rodeado de elegantes y grandiosos arcos , en cuyo centro había una porción de naranjos y limoneros cargados de flores: allí se sentó Lucila junto a Delrive en un trozo de una columna de mármol". Es allí en ese castillo hoy inexistente, quizás entre restos fenicios, donde le confiesa ser íntima amiga de aquella Calista por la que moría de amor en Francia y que, casada con el señor Serilly, en los próximos días se esperaba en Chiclana. ¡Era Lucilla! ¡Calista era Lucila! El final, por supuesto, acaba en boda aquí mismo. No dice en qué templo. ¿Qué realidad hay, no obstante, en aquella Chiclana tan romántica y exótica, escenario de amor y de resurrección para una escritora francesa singular y sus lectores?

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