María Jesús Montero

Ministra de Hacienda

Una noche con dos maestros

Teníamos una cita nocturna con uno de los grandes maestros de la pintura: El Bosco. Aquella noche de septiembre de 2017 pudimos pasear entre los susurros a pincel que cuelgan de las paredes de El Prado para disfrutar de una visita reducida a la exposición sobre el pintor holandés que entonces acogía la pinacoteca nacional.

Nuestro anfitrión fue José Pedro Pérez-Llorca, a quien todos tenemos en la memoria por ser uno de los padres de la Constitución Española, ministro en la Transición y diputado en Cortes pero que en los últimos años disfrutaba de su vinculación con el Museo del Prado de cuyo Real Patronato era presidente.Mientras asistíamos a la evolución de la técnica y la pintura imposible de El Bosco, pudimos conversar mucho de la actualidad, de política, con una altura de miras y una sagacidad que no había perdido desde que fue el joven ponente. Esta sagacidad, aliñada con esa picardía gaditana que conservaba, me hizo entender cómo consiguieron entonces el imposible del consenso y la concordia que fue la Constitución de 1978.

Por eso no me extrañó cuando meses más tarde dijera en la comisión encargada de la revisión del Estado de las Autonomías en el Congreso que antes de siquiera valorar emprender una reforma de la Constitución había que limpiar la atmósfera porque “en la España actual hay mucha ira”. José Pedro atesoraba mucho de la generosidad, la empatía, la altura política que resultan imprescindibles para alcanzar el consenso, y tenía la cercanía, calidez y sabiduría de quienes forman parte ya de la historia. Tanto El Bosco como José Pedro nacieron en ciudades de comerciantes, de talento de supervivencia que impregna los genes de generaciones; ambos materializaron una obra imposible para su época, sendos ejemplos de osadía, maestría y magisterio, que perdurarán en la memoria del arte y de la convivencia social, respectivamente.Aquella noche de septiembre tuvimos una cita con dos maestros. De José Pedro me quedo con el recuerdo de esas conversaciones que tuvimos entre los susurros a pincel que cuelgan de las paredes de El Prado.

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