Confabulario
Manuel Gregorio González
Un viejo principio
NINGUNO regresó con vida… Cuantos se marcharon tras el terremoto del 1 de noviembre de 1755 buscando refugio en la Isla de León perecieron bajo las aguas y sus cadáveres nunca aparecieron. Tal vez sigan sepultados bajo los fangos salineros del río Arillo o quizá las corrientes les arrastraron a playas lejanas donde la Santa Caridad daría sepultura a sus cuerpos. Nunca sabremos el número exacto de los que perdieron la vida en el intento. Quienes salieron de la ciudad tras el fuerte terremoto que había abatido la cruz que remataba la torre de Santo Domingo y que hizo sonar a su libre albedrío la campanilla del colegio de la Compañía, no tuvieron ninguna oportunidad en medio de aquel camino llano y descubierto que debían recorrer entre las Puertas de Tierra y Camposoto.
Cuando estaban a punto de alcanzar las faldas del cerro de los Mártires, en un lugar conocido como La Alcantarilla donde solían recibirles apostados los guardias de aquel fortín, una ola de varios metros de altura se abalanzó sobre ellos y les barrió a todos sin excepción. Eran las once y diez de la mañana cuando aquella columna de espuma impactó contra el arrecife, avanzando sobre la tierra firme hasta unirse con las aguas interiores de la bahía. Desde las murallas de Cádiz les vieron ahogarse sin remedio. Cualquier auxilio habría sido una temeridad inútil.
El mar anegó las huertas de la Viña y del Corralón hasta alcanzar los portones de la Iglesia de la Pastora y la esquina de Porriños, cerca de las escalinatas de San Lorenzo. La garita de los Diablos fue arrancada de un zarpazo y bordeando la Alameda las olas abrieron las puertas del Mar y de Sevilla inundando la gran plaza de San Juan de Dios, el callejón de los negros y la calle Guanteros, hasta llegar a la Aduana.
Cuando al día siguiente la ira de la naturaleza se aplacó, solo aprovechando la bajamar se podía salir del perímetro amurallado y alcanzar el continente. Cádiz volvió a ser una isla durante varios días. El camino que habían levantado los romanos dieciocho siglos antes en la época del emperador Augusto y de los Balbos había desaparecido. El basamento fue descarnado y los muros que lo soportaban se quebraron, volcaron, y sus restos quedaron esparcidos entre las arenas. La atalaya de la Torre de Hércules cayó también a los pies de la duna que la sustentaba. El joven Jean Racine, nieto del famoso dramaturgo francés, fue el único cadáver que se encontró, desnudo, un poco más allá de los límites de Torregorda; veintiún años y apenas llevaba unas semanas en Cádiz para iniciar la explotación de unas ubérrimas viñas que había comprado en San Fernando. Sus amigos le trajeron hasta Cádiz y lo depositaron en la cripta de la Iglesia de Santa Cruz, donde le rindieron una emotiva despedida.
De las demás víctimas ni siquiera sabemos sus nombres; pero la mayoría logró superar esta prueba del destino, aunque solo fuera por mero instinto. Y sus descendientes estamos aquí para sentar cátedra de cómo se puede sobrevivir a un maremoto o ante cualquier otro riesgo natural. Es una cuestión de conocimiento y de fe. Si fuimos capaces de sobrevivir a un maremoto, lo haremos también en el próximo. Y no cabe ninguna duda de que ese día llegará más tarde o más temprano, aunque no existan en la actualidad medios técnicos que nos permitan predecir cuándo la tierra volverá a desgarrarse. En el Golfo de Cádiz y al suroeste del Cabo de San Vicente, las fallas de la tierra se pueden estar cargando de energía y en algún momento, no sabemos si ahora o dentro de cientos de años, esa energía se liberará de la misma forma como lo hizo en 1755. No sabemos cuándo sucederá esto que a muchos nos empieza a inquietar; pero si volviera a ocurrir, que ocurrirá, aquí le estaremos aguardando. Sin miedo. Porque somos supervivientes de la mayor catástrofe que ha sacudido a Europa en tiempos modernos y eso nos convierte en un ejemplo a seguir.
Cuando la Asamblea General de las Naciones Unidas acordó en su resolución del 22 de diciembre de 2015 designar el 5 de noviembre de todos los años como Día Mundial de Concienciación sobre los Tsunamis, la Cofradía de La Palma ya llevaba 260 años conmemorando ese aniversario y bendiciendo las aguas que amenazaron con tragarnos también en un mes de noviembre. Ellos son los que han mantenido la memoria hasta el presente. La Fe en Dios y la filosofía se adelantaron a la ciencia en más de un cuarto de siglo, y ahora estamos todos, ciencia, experiencia y religión, preparados para la siguiente batalla con el mar. En realidad es una relación de amor y recelo la que guardamos los gaditanos con este mar aparentemente apacible que nos rodea. Por eso no es de extrañar que la Casa de Iberoamérica, la Cárcel Vieja, esa cárcel de la que intentaron fugarse desesperadamente los presos al percibir las vibraciones del terremoto, se llenara de público el pasado 26 de octubre para escuchar una larga historia de maremotos que sumerge a Cádiz en la leyenda de la Atlántida.
Recordando ese momento de indecisión que determina la vida o la muerte, hoy 1 de noviembre, a las once y diez de la mañana, tañerán por primera vez en el mundo las campanas de la ciudad en recuerdo del maremoto de 1755 y de las más de 250.000 personas que han sido víctimas de estos desastres durante la última década. La Palma, San Antonio, San Pablo, Rosario, San Francisco, Santiago, la Merced, Santo Domingo y Catedral son los campanarios que han sobrevivido al paso del tiempo. Tocarán por encima de nuestras cabezas. En las iglesias de San Pablo y la Merced lo harán a mano, a martillazos, porque sus mecanismos eléctricos hace tiempo que dejaron de funcionar. Y todas al unísono nos invitarán a la reflexión sobre un día que derribó el optimismo, pero que comenzó a poner los cimientos de un mundo resiliente y menos frágil.
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