La firma invitada

Purificación González De La Blanca

El lince y la Conferencia Episcopal

LA noticia de la muerte de otro lince, una lincesa en este caso, que ha aparecido muerta en una carretera de Doñana, viene a coincidir con la campaña de la Conferencia Episcopal, que utiliza a un cachorro de lince con el mensaje subliminal de que está más protegido que un niño (o un feto). Qué equivocados están. La lincesa muerta estaba siendo sometida a radioseguimiento y portaba un enorme collar coloreado, rígido y provisto de una antena que, sin duda, le hizo imposible la vida.

Hemos insistido hasta la saciedad en que tales artilugios condenan al lince a la muerte porque con su colocación se borra de un plumazo el mimetismo con el que fueron dotados por la naturaleza, en un proceso evolutivo de miles de años y que es su principal arma de caza (la de cazar sin ser vistos). Con ellos no pueden cazar.

En fechas recientes hemos tenido conocimiento de la muerte de dos linces en una finca próxima al Santuario de la Virgen de la Cabeza, en Andújar, en donde fueron recluidos en un cercado y murieron de hambre; y la de otro lince, muerto dentro de una caja trampa, que dejaron a pleno sol con el animal dentro, en Cazorla. Pero estas informaciones, bajo cuerda, no fueron noticias, dado el ocultismo existente sobre el lince. Sólo trascienden los casos de muertes públicas y notorias que no pueden ocultarse.

Trampas, capturas, anestesias, collares, revisiones reiteradas, análisis de sangre, de orina, de esperma, de parásitos, ecografías, vacunas masivas sin saber contra qué (pero financiadas), manipulación de las camadas (hasta se filman partos con cámaras de televisión), a veces impregnando a las crías con olor a tabaco, a colonia o a coñac… El lince es acosado sistemática e implacablemente por legiones de investigadores y capturadores.

Perseguidos, acosados, sin poder cazar, se acercan a cortijos, zonas urbanas, basureros, en los que pueden encontrar comida más fácil. Pero cruzan carreteras, y mueren atropellados, tiroteados, apaleados.

Cuanto más amenazada está la especie más sustanciosas son las subvenciones que se reciben "para salvarla" (es un decir). Y las subvenciones que en principio sufragaron la extinción ahora se dedican a la cría en cautividad, que consiste en robar linces de aquellos lugares a los que no accedían estos investigadores, y las poblaciones iban en aumento (pese a tratarse en algunos casos de cotos de caza), para someterlos a un plan de cría en cautividad ("ExSitu", le llaman pomposamente, al igual que llaman "traslocación" al robo y suelta en otro lugar), con la finalidad de reintroducir a los hipotéticos linces obtenidos en los lugares en donde ellos mismos los hicieron desaparecer, como Doñana. Es la secuencia de una noria: dinero para aniquilar, dinero para reintroducir. La rueda gira.

Aunque se sepa de antemano que un lince nacido en cautividad, con una madre también cautiva, que no le puede transmitir unas pautas de comportamiento de campeo, de juego, de supervivencia, de caza… no tiene posibilidad alguna de supervivencia.

Informan en la nota de prensa que el cadáver será transportado al Centro de Análisis y Diagnóstico de la Fauna Silvestre Amenazada (CAD). La autopsia será realizada por los mismos que le llevaron a la muerte. Es decir, ellos se lo guisan y ellos se lo comen. Los resultados serán los que convengan en cada momento porque al lince se le han infligido todos los daños imaginables, pero jamás hubo auditoría ni investigación alguna sobre unas actuaciones continuadas en el tiempo que han acabado con los linces de Doñana, ni sobre la utilización de unos fondos presuntamente destinados a la conservación del lince (con indicios más que evidentes de presunta malversación).

Y la cosa se agrava, porque al olor del dinero -del Life-Junta- de 26.000.000 de euros, una cohorte de vividores del lince, además de los habituales de la Estación Biológica, se ha lanzado a exprimir a los últimos ejemplares de esta especie. Aunque son muchas las cantidades de las que han venido disponiendo, ya que el anterior Life era nada menos que de 30.000.000 de euros. Y las fuentes de financiación no sólo provienen de la Unión Europea sino también del MMA, CMA, distintas CC.AA., Tragsa, Egmasa, empresas privadas (como Visco), laboratorios norteamericanos como Glaxo Wellcome, etcétera.

Acabado el lince en Doñana, ahora se plantean la cría en cautividad, para la que hay que robar los últimos ejemplares supervivientes (ni más ni menos que 60). Y con un despliegue económico sin precedentes: centros de cría, centros concertados, cámaras, alambradas, equipos de captura, rastreadores, veterinarios, biólogos, anilladores, ambientólogos, ingenieros forestales, asesores en los temas más variopintos, directores, coordinadores, comités multidisciplinares, comisiones científico-técnicas, subcomisiones, etc. La inmensa trama que parasita al lince tiene distintas cabezas y colas infinitas. Y se ramifica cada vez más, como un cáncer maligno.

Y estos ingentes presupuestos económicos hasta permiten pagar la producción de una película que transmite el mensaje subliminal de que el lince es gafe y, por más que lo miman -que no es precisamente el caso-, no parece tener solución.

Dicen que quedan pocos linces, pueden ser quince, pueden ser veinte… Y la Conferencia Episcopal está convencida de que los linces ibéricos están mimados hasta la saciedad, pero estos pobres y tristes linces vienen soportando sobre sus débiles lomos el peso de un enjambre de vividores a su costa. Y sería bueno clarificar a cuántas personas mantiene cada lince y a dónde han ido a parar tan ingentes presupuestos destinados supuestamente a la salvación de esa especie.

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