Cuarto de Muestras

La libreta vacía

Durante un tiempo llevé una libreta para escribir las posibles ideas que se me ocurrieran

Durante un tiempo leí mucha literatura sobre literatura, sobre el misterio de escribir. Lo hacía no tanto porque quisiera llegar a escribir algún día sino porque quería leer bien, algo que también considero muy difícil. Leí a Cioran, a Flaubert, a Stevenson, a Humberto Eco, a Ray Bradbury, a Monterroso, a Hemingway, a Carlos Pujol, a Paco Bejerano, a Miguel D´Ors. A otros que no recuerdo porque la literatura también es olvido. Leí sobre todo a los clásicos, buscando en todos ellos la escritura más que el argumento, la reflexión más que el hecho. Era una época en la que no existían los tallares literarios (lo de taller siempre me ha recordado a neumáticos, a tornillos, a desguace… poco a texto, a verso, a libro) pero también he asistido a ellos más por pasármelo bien y por ver lo que los demás escriben y cómo lo hacen que por descubrir lo poco que yo soy capaz de hacer.

Me despiertan mucha envidia esos escritores a la antigua usanza que tenían una mesa fija en un bar desde la que recibían a sus compañeros y amigos a diario como si fuese su casa. Uno de esos veladores dando a la calle desde el que escribían mientras la vida les pasaba por delante de sus narices una y otra vez. En el ruido de la calle, en los jóvenes que pasan, en el silencio que pocas veces se da, pensaba yo que estaba el verdadero secreto de la escritura, toda una paradoja porque yo no sé hacer nada más que mirar si estoy sentada en la calle, incapaz de encontrar en esa fugacidad el poder de abstraerme y escribir algo. Durante un tiempo llevé una libreta para escribir las posibles ideas que se me ocurrieran, pero siempre se quedaban en el pensamiento o se diluían como una fuga de agua que no se puede aprovechar en nada. Recuerdo ahora un libro de Muñoz Molina “Un solitario andar entre la gente” sin más argumento que lo que encuentra en la calle, en un cartel, en una conversación al paso, en un papel en el suelo.

Lo que me quedó de aquella indagación fue el decálogo de Hemingway que lo mismo sirve para el escritor, para el lector o para estar vivo: Permanece enamorado, esfuérzate en escribir, mézclate estrechamente con la vida, frecuenta a escritores consagrados, no pierdas tiempo, lee sin tregua, escucha música y mira pintura, no intentes explicarte, sigue el impulso de tu corazón, y calla: la palabra mata el instinto creador.

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