Alto y claro

José Antonio Carrizosa

jacarrizosa@grupojoly.com

Las lecciones de la Historia

Cuando en 1975 murió el general Franco España no era monárquica. Estaba más bien en las antípodas. Durante las dos primeras décadas de la dictadura fue la Falange la que se encargó de emitir propaganda antimonárquica a todo trapo. En las dos últimas, cuando los tecnócratas del Régimen diseñaron la solución juancarlista para perpetuar el franquismo, fue la izquierda la que se encargó de demonizar la institución. Los comunistas, entonces ilegales pero muy influyentes entre los intelectuales, estudiantes y obreros, estaban convencidos de que a la dictadura la iba a suceder una república heredera de la derrotada en la guerra civil y trabajaban duro para ello. Entonces no existía el CIS ni Tezanos, ni falta que la hacía a Franco para quien la única opinión que importaba, pública o privada, era la suya. Pero ya en los últimos años de la dictadura algunas entidades privadas como, por ejemplo, la Fundación Foessa, empezaron a hacer estudios demoscópicos en aquella España del desarrollismo. En fecha tan temprana como 1970 el Informe Foessa preguntó a los españoles por el "sistema preferido para después de Franco". Un 49,4% se declaró por una república y solo el 29,8% a favor de que hubiera un rey.

Cinco años después Juan Carlos I llegó al trono y se dedicó a ser útil. Tremendamente útil para llevar el país desde una dictadura personalista hasta una democracia avanzada que proporcionó décadas de estabilidad y de progreso. Fue esa utilidad lo que atornilló a Juan Carlos en la Jefatura del Estado con el apoyo y el respeto de una sociedad que no era especialmente inclinada a la monarquía. La institución es la persona que la encarna y el Rey, que tres años después de la desaparición del dictador había convocado unas elecciones democráticas y promulgado una Constitución surgida desde el consenso, comprendió cuál era el papel que la Historia le había destinado. Pasó el tiempo y con él todo lo que después se ha sabido. Juan Carlos abdicó en junio de 2014 porque comprendió que su permanencia podría arrastrar a la Corono y que lo único útil que podía hacer era pasársela a su hijo y ahora se exilia por la misma razón. Felipe VI ha intentado en estos seis años que la Corona sea una institución al servicio de los españoles. Lo estaba haciendo bien y no había en España quien cuestionara la utilidad del Rey, como se demostró en el conflicto catalán, más allá de los radicales de siempre. Pero han pasado dos cosas graves. La primera es que los radicales de siempre forman parte com o partido coaligado del Gobierno de España. La segunda, es la losa que Juan Carlos ha puesto sobre los hombros de su hijo. A Felipe le toca ahora la responsabilidad de poner las cosas otra vez en su sitio. No lo tiene fácil. Las lecciones de la Historia hay que saber leerlas.

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