Su propio afán

El frac fraccionado

El frac del presidente... ¿no habrá sido una jugada maestra de Iván Redondo, su asesor?

El frac que se plantó Pedro el guapo para una recepción real ha derramado ríos de tinta: la chaqueta es corta, el chaleco largo, la banda se arruga, la medalla resbala, el pantalón es de pitillo y los zapatos, de brillo posmoderno. Por lo visto. Yo, por desgracia, lo ignoro todo de fracs. Mi mayor logro indumentario es pasar desapercibido. No doy para árbitro de la elegancia.

En condiciones normales, jamás habría escrito este artículo. Si alguien va tan mal que hasta yo me doy cuenta (como es el caso), miro hacia otro lado. Hay cosas más importantes que criticar. Sin embargo, ya no me atrevo a restarle importancia a nada. Hace unos días dije que el ridículo libro Manual de resistencia era un tiro en el pie que se había dado el presidente en funciones (electorales), y alguien que sabe mucho me corrigió. Cualquier cosa sirve si sirve para que hablen de ti y, si lo hacen mal, mucho mejor, porque hablan mucho más. Eso me dijo y después me ha mandado las astronómicas cifras de venta del libro de Sánchez para demostrármelo.

Si escribir un libro malo puede ser bueno, se ha hundido mi mundo. Ya dudo de todo: mucho más de un frac. ¿No habrá sido una jugada maestra de Iván Redondo, el asesor de Sánchez? Para que hablemos de él mucho y mal. Su foto vestido o disfrazado de frac ha dado la vuelta a las redes sociales. Además del bulto mediático, están las minorías a las que halaga el gesto. Para empezar, los enemigos de la elegancia, que abundan, y que la sienten como una afrenta y como una vulneración del principio de igualdad, que sólo campa en el feísmo. Seguirán los modernos partidarios del pantalón pitillo. Muchos más aún son los dogmáticos de que el gusto es subjetivo, aunque otro tenga el gusto de preferir la objetividad. "¿Quién eres tú para juzgar?", te sentencian. No hay que descartar una sombra de republicanismo ejercido en no ir impecablemente vestido a la recepción real. Sánchez ya ha guiñado varias veces en esa dirección. La última, tan evidente que ha tenido que dar marcha atrás, fue con los colores del logo de la correspondencia del ministerio de Exteriores, nada menos.

Lo de provocar críticas para conseguir beneficios electorales tendrá un límite. Espero que la vergüenza ajena se apiade de nosotros algún día y venga a salvarnos. Pero todos los indicios nacionales e internacionales nos dicen que queda todavía lejos. Veremos y oiremos cosas que ni imaginamos.

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