La firma invitada

Jaime Rocha / Marino

¿Nos engañan nuestros políticos?

Decir que España no funciona como país no resulta original a estas alturas. Estamos hartos de oír y decir: "La Justicia es lenta, luego no es justa"; "La Educación necesita con urgencia un Pacto de Estado"; "Nuestros militares en 'misiones de paz' deben estar mejor equipados"; "Batimos récords mundiales de paro"; "La corrupción esta generalizada"… y tantas otras cosas, en mente de todos, manifiestamente mejorables.

Habría que añadir, sin pretensión de originalidad, que la democracia en nuestro país tampoco funciona. Cuando un partido político, tras un proceso electoral, obtiene la confianza mayoritaria de los ciudadanos, se dice, y es verdad, que gobierna aplicando el rodillo. Por el contrario, si el resultado de las elecciones no concede a un determinado partido la posibilidad de gobernar en solitario, empieza el baile político, cada cual busca pareja y llegan a pactos que hacen posible la gobernabilidad.

Esto sucede a todos los niveles y en todas las administraciones y es, hasta cierto punto, correcto. Si una formación política expone claramente su programa, sin ánimo de engaño, y su victoria no es suficiente, debe buscar aliados, pero aliados que se aproximen y acepten las líneas programáticas mas importantes.

Lo ideal serían unas alianzas preelectorales en las que cada elector conociera de antemano lo que vota, pero eso aquí es imposible, las distancias ideológicas y de intereses entre partidos son tan importantes que lo hacen inviable.

Lo que sucede después es sencillamente un engaño a la ciudadanía. Los pactos postelectorales, considerando lo dicho más arriba, son simples pactos de conveniencia, pactos donde partidos políticos con programas e idearios totalmente opuestos se unen para aprobar leyes que nos afectan a todos y en las que, generalmente, es el pequeño partido el que impone desmesuradas condiciones.

Se echa de menos a Julio Anguita y su famoso "programa, programa, programa". Se podía no estar de acuerdo con él, pero la coherencia y responsabilidad ante sus votantes eran dignas de admiración. Eso hoy no existe.

"Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros", decía Groucho Marx y esa es lo norma ahora en España. Se cambian programas y principios por votos o dinero y se llega a alianzas absolutamente incomprensibles y contra natura. Ya todo vale con tal de sacar adelante unos Presupuestos o una ley.

Pongamos por caso que Vd., o yo, hemos votado al PSOE -es solo una suposición- en la últimas elecciones generales, y que, siendo, como somos, personas responsables, hemos leído los distintos programas, al menos en sus líneas maestras. Después de eso, responsablemente, hemos decidido votarles, y lo mismo que nosotros, otros once millones de españoles. Pues bien, sin saber por qué, haciendo uso de esa mayoría y por conveniencia política, se busca unos aliados, que casi caben en un taxi, y se sacan de la chistera una "Ley de la despenalización del aborto" que nadie, salvo los del taxi, habían pedido. "Pero, oiga, ¿y sus electores? No estaban informados de esas intenciones, para el caso de que ya las tuvieran". "No importa, quedan todavía dos años para las generales, para entonces ya se han olvidado".

Así nos va. Prometen, ofrecen, hacen programas y nos juran por lo que haga falta que si ganan cumplirán escrupulosamente lo pactado. Luego… ya vemos cómo se comportan y fían su futuro electoral a nuestra mala memoria.

Muchos de estos males de nuestra democracia, que la desvirtúan hasta extremos de hacerla irreconocible como tal, tendrían remedio si los dos grandes partidos llegaran a un acuerdo que permitiera modificar la actual Ley Electoral. Soñar es gratis.

Esto no sucederá y esta pésima ley tendrá aún larga vida. Los dos grandes partidos, salvo fenómenos imprevisibles, tienen asegurada la alternancia y, como las mayorías absolutas son difíciles de alcanzar, los pequeños partidos, los separatistas o los del taxi, encantados de una situación que les permite hacer su voluntad ejerciendo el viejo sistema del chantaje. ¡Bonito panorama para un país que se dice moderno!

Creo recordar que fue Alfonso Guerra quien certificó la muerte de Montesquieu en nuestro país y no le faltaba razón. Asistimos atónitos -bueno, por lo que se ve, solo algunos- a la concentración del poder en unas solas manos, las del Gobierno, y eso tiene otro feo nombre.

El Poder Legislativo ejerce sus funciones a base de pactos y más pactos del Gobierno, ahora con estos, mañana con los otros, no importa quiénes sean ni sus objetivos (a veces la desmembración de España), es la conveniencia del momento de quien manda. ¿Control al Gobierno? ¿Quién se lo cree?

El Poder Judicial está absolutamente contaminado. Sus órganos rectores, sus altos tribunales, son nombrados por los propios partidos en función de su representación parlamentaria y resulta cada vez más evidente y descarado que quienes deberían ejercer como Poder del Estado no lo hacen y se limitan a seguir las directrices del gobierno de turno.

¿Y el cuarto poder? Tampoco. Los grupos editoriales independientes casi no existen. Podemos elegir ver una televisión o leer un periódico sabiendo siempre de antemano lo que nos van a decir, hacia dónde inclinan sus opiniones, quién está detrás.

Afortunadamente, en todos los casos existen honrosas excepciones. Aún quedan españoles dignos y honrados, políticos, jueces, periodistas y en todas las profesiones, pero el sistema está viciado y ahoga, casi hasta la asfixia, a las buenas gentes.

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