Gafas de cerca
Tacho Rufino
Trump, con un par
AYER se cumplieron nueve años de los atentados terroristas del 11 de marzo de 2004 en Madrid, que dejaron un balance de 191 muertos y 1.858 heridos. En EEUU, los atentados del 11 de septiembre de 2001 constituyeron un trágico episodio histórico que marcó un antes y un después en la política y las costumbres, y que fue llevado al cine y a la literatura como reflejo de unos acontecimientos decisivos. Sin embargo, en España, el 11-M sólo se recuerda con unos actos en su fecha, cada cual por su lado. Críticas de Pilar Manjón, que protesta cada año, y bla, bla, bla. A menos de una década de distancia, parece un suceso vergonzoso, que hasta conviene olvidar. Es verdad que tuvo secuelas de vergüenza, para desgracia de las víctimas.
Probablemente, sin querer, el 11 de marzo de 2004, con sus consecuencias inmediatas, se pasó de la política a la politiquilla en España. Desde entonces va a ser imposible el consenso. Desde entonces todos los grandes problemas del país, incluido el terrorismo, se van a abordar con miras partidistas, con un electoralismo exacerbado. Desde entonces las culpas de las miserias van a ser siempre de los otros. Desde entonces incluso las desgracias del pueblo van a ser aprovechadas en beneficio propio. Desde entonces las mentiras se utilizan sin disimulo. Desde entonces quizá empieza la peor crisis: la de confianza, que nos ha llevado a lo más bajo.
En un primer momento, todos pensamos que los atentados del 11-M eran obra de ETA. Había motivos racionales para creer lo que dijo Acebes. No habían pasado ni tres meses desde que el 24 de diciembre de 2003 fueron interceptadas dos maletas con 28 y 20 kilos de titadine, preparadas para estallar a las 15:55 en la estación de Chamartín, tras ser introducidas en el Intercity que iba de Irún a Madrid. En la operación fueron detenidos dos etarras. Sin embargo, se comprobó que los explosivos del 11-M eran Goma 2-Eco y que fueron colocados por yihadistas fundamentalistas, aunque no hubo ningún suicida, como se oyó en la Ser, en la tarde del 11 de marzo. El problema no fue equivocarse al principio, sino aprovechar los errores (y las mentiras) para buscar el triunfo en las inmediatas elecciones.
A partir de ahí, los consensos básicos han sido imposibles. Seguimos penando las consecuencias, intentando olvidar y tapar; en vez de admitir los errores y afrontar el futuro con más dignidad.
También te puede interesar
Gafas de cerca
Tacho Rufino
Trump, con un par
Crónica personal
Pilar Cernuda
Pedro Sánchez de rebajas
Postrimerías
Ignacio F. Garmendia
Marienbad
El pinsapar
Enrique Montiel
Cerrar el grifo
Lo último