La esquina
José Aguilar
Óscar Puente no está para Adamuz
El presidente del Gobierno se confiesa arrepentido de los incumplimientos con Junts, el partido liderado por un señor que se marchó escondido en el maletero de un coche y que no da la cara ante la Justicia. El catecismo sanchista reconoce un solo dios (Pedro), un único templo (Moncloa), con una sola sucursal (Ferraz) y una sola ideología (el poder por el poder). Sánchez admitió el otro día en dos entrevistas de diseño que no ha cumplido su palabra con Puigdemont. Y que no conocía la “dimensión personal” de Ábalos, el otrora Algarrobo fortachón de su Gobierno, a quien convirtió en el todopoderoso secretario de Organización del PSOE. Repasen los estatutos del partido y consulten la cantidad de funciones que se confían al titular de ese cargo orgánico. Si se oye una y otra vez la confesión del arrepentido presidente sobre su sorpresa por los desvaríos de Ábalos, se recuerda aquel ejemplo de un importante y prestigioso cofrade andaluz que llegó a la capilla de su hermandad, quiso abrir la puerta con la llave y no pudo porque habían cambiado la cerradura. Preguntó al tesorero, quien, en un evidente estado de nervios, no acertaba a pronunciar palabra. Alegó que no sabía nada de las nuevas llaves. “Si usted, que es el tesorero, no conoce que se ha cambiado la cerradura, ¡valiente tesorero! Y si lo sabe y no me dice la verdad, ¡valiente clase de persona!”. Verbigracia, el presidente aparece como un mandatario negligente, muy negligente, o como alguien que, una vez más, tiene un problema con la verdad, por decirlo con fineza, sutileza y muchos cuantos algodones. Por no decir mentiroso, que es lo que reclama el teclado. Una de dos, como cantaba Aute. No hay otra disyuntiva. El presidente es la persona mejor informada de España. Ábalos ha sido y es un político transparente en su estilo y en sus formas, que mantiene una muy buena relación con muchos diputados de diferentes partidos. El presidente tiene un gravísimo problema de falta de credibilidad. Gobierna a duras penas al mismo tiempo que gestiona malamente la pérdida de las amistades (peligrosas) que le ayudaron a alcanzar la Moncloa. Se mueve bien en la precariedad, porque los valores del sanchismo son muy elementales: la capacidad de supervivencia, la conversión de la necesidad en virtud y el cultivo de una serie de “cantores de las hazañas”, pues siempre está a la búsqueda de un Homero en su particular Ilíada.
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