Su propio afán

De cabeza

Nuestra sociedad ha vuelto la espalda a la muerte;y eso es cegarseal sentido de la vida

Araíz de la muerte del profesor Luisma Calleja (1947-2020), su hijo Ricardo ha publicado una foto de los años 60 en la que está lanzándose desde el trampolín de una piscina. A nuestra amiga Marcela Duque la imagen le recordó mi poema "Salto", escrito tras la muerte de mi madre, y donde, muy joven y delgada, ella, al borde de una piscina azul con un bañador rojo, sonríe y da un salto y: "allí estás y así voy a recordarte/ siempre, alta y elástica, entre el agua y la tierra,/ grácilmente arqueada, suspendida en el aire".

Ni Ricardo ni yo hemos sido originales. En el siglo VII antes de Cristo, en Paestum, en la Magna Grecia (recuerda Antonio Moreno en su El sueño de los vencejos ante otra foto de su padre), habían adornado la tumba de un joven con el fresco de un picado salto de cabeza. Se conoce como Il tuffatore, o sea, el saltador o el clavadista. La imagen es evocadora: por el vuelo, el vértigo y el nuevo elemento. En mi último libro hay otro salto a otra piscina, pero esta vez de mi hijo pequeño y la muerte no se mienta, aunque late implícito en el sobresalto tácito del padre, y en la inesperada presencia. Se titula "Epifanía" y reza: "En el instante/ en que el niño se lanza/ a la piscina/ pueden verse a su espalda/ las alas de u ángel".

Ha querido la suerte que el día de la foto hubiese oído una exuberante tertulia (que está en iVoox) del programa "Platón regresa a la caverna" en la que hablaban los profesores Domingo González, Fernando Muñoz y Marín-Blázquez sobre el olvido de la muerte en nuestra sociedad. La muerte -explican- es el nuevo tabú y ha podido comprobarse en la actual pandemia. La cuestión tiene una lógica paradójica: cuando la muerte era apenas un paso (¡un salto!), resultaba un momento crucial, definitivo; y, en cambio, el materialismo, en vez de engrandecer una muerte que con él triunfa del todo, la empequeñece de pleno nihilismo. Esto trae consecuencias, porque una vida de espaldas a la muerte se pudre de frivolidad. La cuestión tiene, además, una lectura política: la muerte personal es el último reducto de propiedad de cada ser humano y, por tanto, de su libertad frente al poder.

Diría que Ricardo y su padre, y mi madre, seguro, e Il tuffatore, estarán encantados de que, cada vez que estos días de calor nos lancemos de cabeza a la piscina, hagamos un veloz y refrescante memento mori. Saldremos del chapuzón más vivificados que nunca.

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