Notas al margen

Como buen fenicio

El gaditano, quizá porque vive donde otros sueñan con pasar un fin de semana, trabaja para vivir y no al revés

La calle Plocia aún mantiene fresco el recuerdo de la época dorada de aquel muelle en que corría tanto dinero, que al gaditano no le hacía falta echarse a la mar para ganarse el jornal. Todo lo que necesitaba le llegaba a su puerto y, como buen fenicio, obtenía el mayor rendimiento con el menor esfuerzo. No pocos abusaron más de la cuenta, lo que acarrearía cierta mala fama. No pensaron en las generaciones venideras. Otros, en cambio, cuidaron del negocio y sus descendientes viven todavía de las rentas heredadas. Los más pícaros se negaban por ejemplo a venderle hielo a los barcos que navegaban hacia aguas marroquíes y que, en mitad de la tormenta, buscaban refugio en Cádiz antes de regresar al norte. Se veían obligados a malbaratar su mercancía y se los llevaban los demonios. Los beneficios eran evidentes, pero a la larga estos buques encontraron en El Puerto el hielo y no volvieron por estos lares. Amigos gallegos y vascos aún recuerdan entre risas la mordida en especie a pagar para descargar a buena hora y que a nadie le diera por romper las cajas de pescado -siempre sin querer, por supuesto- mientras las cubrían de hielo con las palas. Eran otros tiempos.

Ese espíritu cortoplacista también dio al traste con la industria automovilística. Cuando cientos de jóvenes antes de irse al instituto ya se habían acostumbrado a ver a sus padres en pijama desayunando tras prejubilarse, fue tarde para reaccionar. Por culpa de estas imágenes fijas en la retina, tampoco logramos que a los astilleros no se les discuta la carga de trabajo. Cádiz no merece que le nieguen los programas más ambiciosos por decreto.

Por fortuna nuestro espíritu es hoy mucho más ambicioso y cultiva la cultura del esfuerzo con más determinación. El tirón del astillero de reparaciones y el convenio con EEUU para mantener los destructores de Rota dan fe de ello, aunque muchos nos vean como si nada hubiese cambiado porque, para más inri, no aprovechamos nuestro potencial. El cierre de la planta de Airbus, a pesar de presentar los mejores niveles de absentismo, lo dice todo sobre nuestra falta de unidad. Ahí es donde Cádiz ha de volcarse, defendiendo desde la capital los intereses de la Bahía y de su provincia por extensión, huyendo de los localismos que espantan a los inversores. El turismo es un gran filón, pero conviene pensar a lo grande y apostar por la calidad sin dudarlo. No es cierto que el gaditano no es caliente para el trabajo. El gaditano, quizá porque vive donde otros sueñan pasar un solo fin de semana, trabaja para vivir y no al revés. A nadie en su sano juicio le gusta trabajar como una mula. Pero como proclama Ángel Gago con el cuarteto de Los ultraortodoxos..., sólo el gaditano lo confiesa abiertamente. Muchos se preguntan si sabe vivir mejor que nadie o si es simplemente un flojo y tal vez la respuesta a la eterna pregunta es que Cádiz, como esas ciudades antiguas que han visto pasar tantas cosas, está de vuelta de la catedral, de vuelta de todo.

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