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Lo que aprendí de mi abuelo

Hasta el día en que murió, repitió el mismo ceremonial feliz e ilusionado cada vez que había que votar

Entre el 22 de julio y el 9 de agosto de ahora hace un siglo, cerca de la localidad marroquí de Annual, el general Silvestre sufrió una de las derrotas más trágicas de la historia de los ejércitos españoles. La batalla ocasionó la muerte de alrededor de 11.500 miembros del Ejército español y el fatídico hecho pasó a la historia con el nombre de El desastre de Annual, del cual quedaron muy pocos supervivientes. Yo conocí a uno de ellos, se llamaba Gerardo y fue mi abuelo.

Reclutado en su Vizcaya natal, fue trasladado a una guerra en el norte de África cuando era incapaz de expresarse en castellano. Fue la única vez que salió del pequeño pueblo en el que había nacido; a su regreso trajo como herencia unas fiebres tifoideas que le acompañaron hasta su muerte y un miedo pavoroso a contar lo que había visto. Tras casarse y con hijos aún pequeños estalló la Guerra Civil. Miembro de una familia numerosísima y humilde, la contienda le hizo ver cómo fusilaron a ocho de sus parientes alistados en el bando republicano, cuando las tropas franquistas tomaron el valle en el que vivían. Dos más huyeron a Francia, de donde nunca regresarían. Se quedó solo.

Tenía 77 años cuando se convocaron las primeras elecciones democráticas, había visto morir a tres de sus hijos y emigrar a otro; y estaba viudo de la mujer que amaba con locura y a la que visitaba en su tumba todos los días. Como yo era el mayor de sus nietos y el primero de la familia que cursaba estudios universitarios, me llamó para pedirme que le acompañara a votar porque consideraba que ello exigía ciertos conocimientos que probablemente yo tendría. Me recibió sentado en la cocina de su casa, un edificio semiderrumbado construido con su trabajo como zapatero remendón. A su lado tenía un sobre en blanco y un folio del mismo color que había recortado para que entrara en él con total exactitud. Le dije que, si quería votar en blanco, que no fuera a votar y se ahorrara el viaje. "Hay que votar", me dijo. Le pregunté que por qué en blanco. "No me quiero enfadar con ninguno", añadió rotundo. Le dije que no era necesario llevar el voto desde casa, que había papeletas en blanco en el colegio electoral. "Ya -concluyó-, pero no me fio de nadie". Hasta el día en que murió con el final del siglo, repitió el mismo ceremonial feliz e ilusionado cada vez que había que votar. Creo que hubiera tenido dificultades para entender estos tiempos, en los que vivir de las heridas del pasado se lleva más que la bondad de aquellos a los que no les gusta discutir.

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