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CRECÍ en una generación que no sólo le tenía miedo a la Policía, sino a cualquier personaje uniformado, ya fuera bombero, conserje o músico de la banda municipal. Nos daban miedo los vidrios granulados de las ventanillas oficiales, los escritorios de madera oscura, las fotos colgadas en la pared o incluso los rótulos que se veían en las oficinas de Correos ("Pólizas, Certificados y Urgentes", decía un letrero que no he conseguido quitarme de la cabeza). Todo, hasta lo más trivial, nos sonaba a grito de mando por parte de un señor que llevaba un bigotito gris y siempre estaba cabreado. Y cualquiera que estuviera al otro lado de una ventanilla oficial nos inspiraba tanto respeto que le hablábamos sin atrevernos a mirarlo a los ojos, no fuera a considerarlo un signo de indisciplina.
Este miedo, me temo, duró mucho tiempo, y eso hizo que la gente de mi generación -los nacidos en los años 50- tuviera al principio una actitud muy ambigua hacia ETA. De alguna forma, pensábamos, ETA estaba haciendo el trabajo sucio que la política conciliadora de la Transición había dejado sin hacer. Los jóvenes, ya se sabe, suelen ser insensibles al dolor ajeno (aunque el propio, por leve que sea, les resulte insoportable). Haciendo memoria, recuerdo que los atentados continuos de ETA en los primeros 80 no me interesaban gran cosa. Los consideraba una molestia inevitable de la política, igual que los feos carteles electorales o el ruido de los mítines callejeros. Nunca defendí a ETA, por supuesto, pero tampoco la critiqué en público ni me puse en el lugar de las víctimas. Y lo peor de todo es que nunca pensé que aquellos policías y aquellos militares asesinados hacían posible nuestra democracia. Si yo podía escuchar tan tranquilo a Nick Drake en mi casa, era justamente gracias a ellos. Pero los jóvenes suelen ser egoístas, ensimismados e ingratos. Y mi generación, quizá más que ninguna otra, lo fue en especial con ETA y sus crímenes. Nos parecía de mal tono hablar de ellos, como si fueran una cosa tan aburrida y sombría como aquellos letreros grises en las paredes: "Pólizas, Certificados y Urgentes".
Sería bueno que cualquiera de nosotros se hiciera la misma pregunta: ¿cuándo fue la primera vez que critiqué a ETA ante gente de mi misma edad y de mis mismas ideas y gustos? Si somos sinceros y tenemos buena memoria, nos llevaríamos muchas sorpresas. Y nuestra respuesta, además, podría explicarnos muchas cosas. Entre otras, la causa de que en España no haya todavía una ley de cadena perpetua (revisable) para los casos más graves de terrorismo o para los crímenes más monstruosos. Y es que en el fondo seguimos siendo adolescentes que se asustan ante las ventanillas oficiales.
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